CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Tcherniakov lleva a juicio a la Juana de Arco de Chaikovsky
Ámsterdam
Nationale Opera & Ballet
Chaikovsky: LA DONCELLA DE ORLÉANS
Nueva producción
Elena Stikhina, Allan Clayton, Nadezhda Pavlova, Vladislav Sulimsky, Andrey Zhilikhovsky, John Relyea, Oleksiy Palchykov, Gábor Bretz. Dirección musical: Valentin Uryupin. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov. Nationale Opera & Ballet, 15 de noviembre de 2025.
Con La doncella de Orléans Chaikovski se acercó al universo de la grand opéra que tanto había marcado el siglo XIX, un género que, pese a ser más pasado que presente en el momento de su exitoso estreno en 1881, se caracterizaba por una grandiosidad a años luz del anterior opus lírico del compositor ruso, el drama íntimo de Evgeni Onegin. Quizá Chaikovski se hubiera sorprendido al comprobar que Oneguin ocupa un puesto eminente en el repertorio mientras que La doncella de Orléans sigue siendo una rareza en los escenarios, en parte por causas intrínsecas a la propia obra. El libreto del mismo Chaikovsky, basado en gran parte en el drama de Schiller sobre Juana de Arco, acentúa una trama amorosa entre la heroína y su enemigo Lionel como mínimo precipitada (y con un dúo de amor justo antes del ajusticiamiento de la protagonista), mientras que la partitura combina pasajes de una inspiración arrebatadora con momentos convencionales salvados con oficio. Tampoco ayuda que la pieza más divulgada esté en el primer acto.
Se trata, en definitiva, de una ópera que necesita un tratamiento de shock para demostrar su validez y quién mejor para aplicarlo que Dmitri Tcherniakov. Cierto es que su sistema habitual de superponer un nuevo hilo narrativo al original produce no pocos chirridos y desajustes, y en esta ocasión la propuesta, además, puede generar confusión. El director ruso hace bien en concentrar su mirada en Juana, ya que el resto de los personajes son satélites alrededor de la protagonista, aquí una joven rebelde a juicio por algún hecho indeterminado. La brillante escenografía del propio Tcherniakov nos sitúa en un tribunal, cuyas paredes exteriores giran mientras la estructura interior se presta a diversas configuraciones, siempre con la jaula en la que está encerrada la acusada como epicentro. No hacen falta concreciones superfluas, los noticiarios van llenos de juicios similares en regímenes autoritarios (o no tanto). Con su perenne sudadera roja, Juana se sitúa al margen del resto de personajes a quienes Elena Zaytseva viste con una amplia gama de grises y negros.
Con la dirección precisa que le caracteriza, y no rehuyendo detalles gráficos, Tcherniakov explora los anhelos, los miedos y los traumas de la protagonista, alternando sin cesar presente con pasado, así como con las alucinaciones de Juana. El director aporta algunos referentes para que el espectador no se pierda (sobretítulos explicativos, la iluminación de Gleb Filshtinsky, un reloj con las manecillas moviéndose en sentido contrario), aunque algunos números musicales acaban en un hilo temporal distinto con el que empezaron. Un montaje potente, sin duda, aunque con algunos detalles prácticos no del todo bien resueltos, como la imposible relación entre Juana y Lionel, y la última escena, demasiado dependiente del texto escrito antes del, por otro lado, espectacular efecto final. Aspectos que pueden pulirse cuando la producción llegue, algún día, al coproductor Met, teatro que también deberá esmerarse si quiere reunir un reparto tan perfecto como el de Ámsterdam.
Elena Stikhina cosechó un triunfo fenomenal y del todo merecido como Juana de Arco: voz homogénea, luminosa, firme, con un fraseo efusivo y una entrega física sin reservas, hizo patente el dolor de la resquebrajada alma de la doncella. Allan Clayton pasó de la frívola despreocupación a la autoridad regia de Carlos VII con un instrumento percutante, bien complementado por la Agnès Sorel de una Nadezhda Pavlova expansiva (las miradas de desconfianza hacia Juana no tenían precio). Más apropiadamente melifluo fue el tenor de Oleksiy Palchykov como Raymond, el desafortunado pretendiente de Juana. La nómina de barítonos y bajos no tuvo desperdicio: un elocuente Vladislav Sulimsky como el fiel Dunois, un apasionado Andrey Zhilikhovsky que sacó todo el jugo posible de Lionel, un rotundo John Relyea como Arzobispo y un Gábor Bretz implacable como Thibaut d’Arc, padre y acusador de Juana.
Con una versión sin los números de ballet, Valentin Uryupin afrontó de cara la partitura de Chaikovsky, con una batuta vibrante que no se arredró en los momentos más espectaculares a la vez que hizo justicia a los pasajes más elegíacos. La ductilidad de la Filarmónica de Holanda jugó a su favor, así como el excepcional (por versatilidad escénica y precisión musical) Coro de la Nationale Opera preparado por Edward Ananian-Cooper. * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL
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