La memoria fragmentada de 'Butterfly' golpea en el GTG

Ginebra

04 / 05 / 2026 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 3 min

La nueva producción de Barbora Horáková © GTG / Carole PARODI
Heather Engebretson como Cio-Cio San © GTG / Carole PARODI
Heather Engebretson como Cio-Cio San © GTG / Carole PARODI

Grand Théâtre de Genève

Puccini: MADAMA BUTTERFLY

Nueva producción

Heather Engebretson, Stephen Costello, Andrey Zhilikhovsky, Kai Rüütel-Pajula, Mark Kurmanbayev, Denzil Delaere, Charlotte Bozzi, Vladimir Kazakov. Dirección musical: Antonino Fogliani. Dirección de escena: Barbora Horáková. Bâtiment des Forces Motrices, 25 de abril de 2026.

La nueva Madama Butterfly del Grand Théâtre de Genève se sitúa deliberadamente en un territorio intermedio entre la tradición y una relectura contemporánea que evita la ruptura frontal. Barbora Horáková propone un desplazamiento de perspectiva que, sin alterar el desarrollo narrativo esencial, reconfigura su lectura: la tragedia ya no se articula únicamente desde el punto de vista de Cio-Cio San, sino desde la memoria fragmentada de su hijo, convertido en adulto, que reconstruye —o intenta recomponer— los restos de un pasado irreparable.

Este planteamiento, ya sugerido desde el preludio con la irrupción de ese hombre japonés que observa la acción desde fuera, encuentra una potente traducción visual en la escenografía móvil de Wolfgang Menardi: una casa de Nagasaki que gira sobre sí misma, casi como un artefacto mental, delimitando un espacio cerrado donde el tiempo parece suspendido. La imagen inicial de un muñeco suspendido que estalla en fragmentos marca con contundencia el eje conceptual de la producción: la identidad rota, la memoria como reconstrucción imposible. Horáková articula así un dispositivo escénico en forma de flashback continuo, donde conviven dos temporalidades —el pasado vivido por Butterfly y el presente del hijo— sin necesidad de subrayados excesivos. La utilización del vídeo, firmado por Diana Markosian, aporta una dimensión sensorial y evocadora particularmente eficaz: imágenes en blanco y negro, casi oníricas, que funcionan como proyecciones de la memoria, ecos de un mundo perdido que nunca termina de recomponerse. Lejos de ilustrar la acción, estas intervenciones visuales la tensionan, reforzando la sensación de encierro emocional que rodea a la protagonista.

El segundo acto, dominado cromáticamente por los colores de la bandera estadounidense, introduce sin ambigüedades la dimensión política y cultural del conflicto, mientras que la figura de Kate Pinkerton aparece aquí con una frialdad casi incómoda, subrayando la violencia silenciosa del desenlace. Todo ello configura un espectáculo de fuerte impacto visual y dramático, quizá no siempre perfectamente integrado en sus distintos lenguajes, pero indudablemente incisivo y, en sus mejores momentos, profundamente conmovedor.

En el podio, Antonino Fogliani firmó una lectura de notable pulcritud y gran atención al detalle orquestal; su aproximación privilegió la transparencia de la escritura pucciniana, con un trabajo especialmente cuidado en la articulación de planos y en la respiración del fraseo. Si en algunos pasajes se percibieron tempi ligeramente apresurados —particularmente en los momentos de mayor expansión lírica—, el conjunto respondió a una concepción dramática coherente, que evitaba el sentimentalismo fácil y buscaba sostener la tensión interna de la partitura. La Orquesta de la Suisse Romande respondió con precisión y riqueza tímbrica, ofreciendo una base sólida sobre la que se construyó el discurso escénico.

"De instrumento esencialmente lírico y de emisión cuidada, la soprano convenció en el primer acto, donde su fragilidad física y su sensibilidad musical encajaron de manera natural con la ingenuidad del personaje"

La Cio-Cio San de Heather Engebretson planteó, sin embargo, ciertas reservas desde el punto de vista estrictamente vocal. De instrumento esencialmente lírico y de emisión cuidada, la soprano convenció en el primer acto, donde su fragilidad física y su sensibilidad musical encajaron de manera natural con la ingenuidad del personaje. A medida que la escritura se densifica, el rol exige una mayor densidad y proyección para superar la habitual barrera orquestal pucciniana: es ahí donde su centro pierde consistencia, el grave resulta prácticamente inexistente y el agudo tiende a tensarse en los momentos de mayor exigencia. Ya en “Un bel dì vedremo” se percibió esa falta de cuerpo para sostener el arco lírico, mientras que en el pasaje “Che tua madre dovrà” el discurso quedó algo desdibujado, falto de peso y proyección. Tampoco el final del tercer acto logró imponerse plenamente sobre la masa sonora. Con todo, su comprensión teatral del rol y su implicación dramática le permitieron sostener una Butterfly creíble, más desde la verdad escénica que desde la plenitud vocal.

Stephen Costello compuso un Pinkerton de línea vocal homogénea y proyección suficiente, aunque algo tosco en el fraseo y falto de refinamiento estilístico; su prestación, sin resultar especialmente memorable, funcionó precisamente por esa cierta falta de elegancia que encaja con la dimensión antipática del personaje. Resultó llamativa, en este sentido, la reacción del público, que dirigió sus abucheos al personaje más que al intérprete, en una confusión poco habitual en este contexto.

Más interesante resultó el Sharpless de Andrey Zhilikhovsky, que aportó al conjunto una voz de barítono bien timbrada, de emisión redonda y fraseo cuidado, construyendo un personaje de gran dignidad musical y escénica. En cada intervención, logró introducir un necesario contrapunto humano y cálido dentro de la brutalidad del conflicto.

Menos convincente se mostró la Suzuki de Kai Rüütel-Pajula, cuyo timbre, algo ingrato, y una línea vocal irregular no terminan de consolidar el personaje, pese a su presencia escénica. Entre los comprimarios, destacó con autoridad el Bonzo de Mark Kurmanbayev, de sólida proyección y contundente presencia.  * Albert GARRIGA, corresponsal en Ginebra de ÓPERA ACTUAL

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