CRÍTICAS
NACIONAL
Errático debut de Sondra Radvanovsky en el Palau
Barcelona
Palau de la Música Catalana
Recital de SONDRA RADVANOVSKY
Obras de Rajmáninov, Chaikovsky, Bellini, Verdi, Tosti y Puccini. Anthony Manoli, piano. 21 de abril de 2026.
Era la primera vez en el Palau de la Música Catalana para una de las divas favoritas del público barcelonés de la última década, la soprano norteamericana Sondra Radvanovsky, en un recital que, con el fiel acompañamiento del también experimentado Anthony Manoli al piano, discurrió desde la primera pieza entre lo disparatado y lo sentimental.
Radvanovsky empezó excusándose por un resfriado que le sobrevino el día anterior, y lo cierto es que tan inoportuna fue la dolencia como oportuna la disculpa, porque la voz de la soprano reveló una sonoridad incómoda en todas las capas de la emisión, lejos de aquel timbre acostumbrado que, sin ser objetivamente bello, siempre ha desprendido una personalidad inconfundible auspiciada por su generosa proyección y por el control en la emisión. Puede que fuera esta la razón de la desconcertante y confusa velada del martes en el Palau, con vacilaciones, lapsus de memoria e interrupciones ya desde la primera canción, «Ne poy, krasavitsa, pri mne», en una tanda de Rajmáninov ejecutada con una emisión descontrolada, lejos de la contención lírica que corresponde.
Radvanovsky siguió por el mismo derrotero con el aria de La dama de picas de Chaikovsky, que sirvió además para demostrar que el Palau no es sitio ideal para voces operísticas del calibre, de las dimensiones, de la norteamericana. La soprano aprovechó para revelar al público su reciente compromiso con su actual pareja, casi en tono de confidencia, y en un flujo comunicativo con la concurrencia que ya no cesaría hasta el final, recurso empleado, quizás, para suplir la carencia de una excelencia artística a la que tiene tan bien acostumbrados a los barceloneses. Fue el turno luego para Bellini, con el que cerró la primera parte y en el cual la soprano ensayó una de sus grandes armas para enfrentarse al siciliano: sus superbos filados (que en esta ocasión se resolvieron sin suficiente limpieza por mor de la afección vocal), aun sin disponer de la pureza tímbrica ni del talante belcantista adecuados.
La segunda parte empezó con Verdi, un compositor con el que Radvanovsky ha tenido mucho que decir (¡y de qué calidad!) a lo largo de su carrera, y que en esta ocasión sirvió desafortunadamente para constatar que este definitivamente no era su día. Cierto es que tampoco ayudó su falta de italianità, como quedó patente en la canción «Stornello», pero la forma en que interpretó la escena inicial de Leonora de Il Trovatore, rol que supo bordar maravillosamente en otros tiempos, fue la prueba fehaciente del descontrol que se había apoderado de la velada. Curiosamente, con las inofensivas canciones de Tosti, y a pesar de no tenerlas completamente interiorizadas, aportó la mejor prestación del recital.
Ante el Puccini final, decidió cancelar el aria de Turandot y, aprovechando su reciente promesa de matrimonio, ofrecer en su lugar «O mio babbino caro», en una versión inexplicablemente confusa y errática, pero en la que apareció (¡por fin!) uno de esos bellos y cristalinos arcos dinámicos que son marca de la casa. Dedicó la propina a su madre, el aria in stile antico O del mio amato ben, de Donaudy, que fue lo más emotivo del recital.
Al final, el público optó por reconocer sin atenuantes la trayectoria de una artista que tantas noches de gloria ha brindado en el Liceu. A Sondra hay que quererla. * Ferran VILA I RIERA, corresponsal en Barcelona de ÓPERA ACTUAL
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