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Nicholas Brownlee y Asmik Grigorian triunfan en un ‘Holländer’ de alta tensión
Bayreuth
Festival de Bayreuth
Wagner: DER FLIEGENDE HOLLÄNDER
Nicholas Brownlee, Asmik Grigorian, Mika Kares, Benjamin Bruns, Nadine Weissmann, Kieran Carrel. Dirección musical: Oksana Lyniv. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov. 18 de agosto de 2026.
La producción de Der fliegende Holländer firmada por Dmitri Tcherniakov y liderada musicalmente por Oksana Lyniv ha celebrado este verano su cuarta y por el momento última reposición en el Festival de Bayreuth desde su estreno en 2021. Toda una efeméride, señal del éxito rotundo que ha conseguido en cada edición la relectura de la obra del regista ruso. Este Holländer continúa demostrando que el Regietheater de método aún tiene cabida en un Bayreuth pos-pandémico repleto de experimentos escénicos de dudosa reputación.
La leyenda del Holandés condenado a errar eternamente por los mares del mundo sin encontrar reposo hace parte de la estética romántica, pero la versión wagneriana del tema es mucho más cercana al realismo literario naciente en los años 30 y 40 del s. XIX. La producción aprovecha esta peculiaridad estilística para servir un Holländer a medio camino entre el cuento y el thriller psicologista, especialmente a través de la escenografía del propio Tcherniakov y el vestuario de Elena Zaytseva –ambos combinan elementos contemporáneos con cierto esquematismo propio de la fábula–, pero también a través de diversas soluciones dramatúrgicas, como la escenificación de una backstory para el personaje protagonista durante la obertura, o la modificación del final de la historia, donde Senta no se suicida, sino que el Holländer es asesinado por una justiciera Mary en un interesante deus ex machina.
La puesta en escena de Tcherniakov se caracteriza por su funcionalidad, basada en una inteligente actualización de los diferentes marcos escénicos y sobre todo en una delicada dirección de actores. Para que una propuesta de estas características despliegue todo su potencial hacen falta intérpretes capaces de entender y aplicar las indicaciones del director de escena. Ésta ha sido la gran virtud del joven casting de este año, liderado por un imponente Nicholas Brownlee como Holländer, quien dibuja un Holandés explosivo desde el monólogo del primer acto, «Die Frist ist um», haciendo gala de su barítono brillante y conciso, especialmente cómodo en el fortísimo pero también capaz de dialogar con otras voces. El intérprete norteamericano, que encaró la totalidad de su personaje como si fuera a cantar los compases más exigentes de Wotan, estuvo si cabe un poco descontrolado, quizás espoleado por la increíble Senta de Asmik Grigorian, de una locura descarnada y por ello mucho más convincente, en la versión de Tcherniakov que la quiere especialmente adolescente y salvaje. Su interpretación de la balada y sus picos en el dueto con el Holländer del segundo acto fueron de alto voltaje y vocalmente más bien arriesgados.
La otra gran protagonista de la velada fue Lyniv en el podio, al mando de una orquesta especialmente inspirada. La maestra consigue un nivel de transparencia cercano al de Thielemann, atenta a cada filigrana de la partitura wagneriana; ejemplo de ello fue su subrayado del acompañamiento orquestal al primer coro del tercer acto, la repetición del simpático «Steuermann, lass die Wacht», que contiene veladas referencias motívicas al personaje del Holländer, y con ello al desenlace de la ópera. Sobre el escenario triunfaba otra vez el experto coro del Festival, uno de los protagonistas indiscutibles de este año ante el doble reto de destacar en nueve funciones de Rienzi y en las cuatro últimas de este Holländer, que pasará a la historia como uno de los reclames escénicos del Bayreuth contemporáneo. * Lluc SOLÉS, crítico de ÓPERA ACTUAL
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