La Quincena a varias voces (II)

San Sebastián

01 / 09 / 2026 - Nora FRANCO MADARIAGA - Tiempo de lectura: 6 min

Matthias Goerne con la Seoul Philharmonic Orchestra © Quincena Musical
María José Montiel y el pianista Miquel Esterlich © Quincena Musical
Riccardo Chailly al frente de la Orquesta Filarmónica de la Scala de Milán y el Orfeón Donostiarra © Quincena Musical

87ª Quincena Musical Donostiarra

Mendelssohn: LOBGESASNG / Beethoven: SINFONÍA N.º 9 / Recital de MARÍA JOSÉ MONTIEL / Verdi: STABAT MATER

Schicksalslied (Canción del Destino), Op.54 de J. Brahms y Sinfonía n.2 en Si b Mayor, Lobgesang, Op.52 de F. Mendelssohn. Hilary Cronin y Sam Cobb, sopranos. Jonathan Hanley, tenor. The Constellation Choir & Orchestra. Dirección: John Eliot Gardiner. Kursaal. 22 de agosto de 2026.

The Wound-Dresser de John Adams; Sinfonía n.9 en re menor, Coral, de  Beethoven. Gloria Jieun Choi, soprano. A Kyeong Lee, mezzosoprano. Ji Hoon Son, tenor. Matthias Goerne, barítono. Easo Abesbatza. Seoul Philharmonic Orchestra. Dirección: Jaap van Zweden. Kursaal. 26 de agosto de 2026.

De puentes y almas. María José Montiel, mezzosoprano. Miquel Esterlich, piano. Chillida Leku (Hernani), 27 de agosto de 2026.

Obras de Verdi y Chaikovsky. Orfeón Donostiarra. Orquesta Filarmónica de La Scala. Dirección: Riccardo Chailly. Kursaal. 30 de agosto de 2026.

El 30 de agosto la Quincena Musical de San Sebastián bajaba el telón de su octogésima séptima edición, y unas pocas horas después, su director, Patrick Alfaya, hacía balance con las cifras sobre la mesa: las veladas en el Auditorio Kursaal alcanzaron el 92,3 por cien de ocupación —diez puntos más que en 2025—, con algo más de 15.000 espectadores y una recaudación en taquilla que supera los 900.000 euros, además del éxito en el resto de escenarios, tanto en la capital guipuzcoana como en otras localidades donde Quincena extiende su programación; un festival «brillante», con grandes nombres y una gran respuesta del público.

Más allá de las cifras, sin embargo, una edición también se mide por aquello que permanece después de que se apagan los últimos acordes. Y, en esta segunda parte de la Quincena, uno de los conciertos que más invitó a mirar —y escuchar— fue el protagonizado por John Eliot Gardiner y The Constellation Choir & Orchestra el 22 de agosto. En Brahms y Mendelssohn, el director británico llevó al repertorio romántico una mirada heredada de su larga dedicación a Bach y Monteverdi: sonoridades translúcidas, texturas poco densas, tempi firmes y un fraseo alejado del rubato. El resultado fue una música de tensión contenida y líneas perfectamente jerarquizadas, en la que cada elemento parecía ocupar un lugar preciso.

La contrapartida estaba en la propia concepción sonora: el reducido coro, de menos de 40 voces y con un vibrato restringido, se acercó más a la emisión barroca que a la calidez del Romanticismo, especialmente perceptible en las voces femeninas. También la orquesta renunció a parte de la densidad y el peso tradicionales para privilegiar la transparencia de las líneas. Entre los solistas, la soprano Hilary Cronin destacó por el aplomo y la proyección de una voz de centro carnoso y sólido, que en el agudo adoptaba una emisión más ligera, casi instrumental; la soprano Sam Cobb y el tenor Jonathan Hanley, en intervenciones más breves, se integraron en una concepción igualmente alejada de la exuberancia romántica. Una elección discutible, pero en absoluto gratuita: Gardiner buscaba embellecer, sino descubrir la arquitectura interna, la tensión rítmica y la energía que quedan ocultas bajo una lectura más expansiva, obligando a escuchar de otra manera.

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John Eliot Gardiner con The Constellation Choir & Orchestra en San Sebastián

Pero el peso del canto colectivo encontró el día 26 de agosto una de sus expresiones más contundentes en el segundo concierto de la Seoul Philharmonic Orchestra, dirigida por Jaap van Zweden, que enfrentó dos obras separadas por casi dos siglos unidas ante el dolor. En The Wound-Dresser, John Adams pone música al poema de Walt Whitman sobre un enfermero que atiende a heridos de la Guerra de Secesión desde una escritura de enorme intensidad y desprovista de sentimentalismo fácil. Matthias Goerne asumió el monólogo con una voz que, tras un comienzo algo comprometido por un vibrato excesivo en el grave, fue recuperando progresivamente el control y encontró en la sobriedad y la contención el mejor vehículo para un texto que habla de sufrimiento, muerte y compasión. La orquesta, siempre atenta a las densidades de la partitura, construyó un paisaje sonoro tan inquietante como contenido.

Escuchada inmediatamente antes de la Novena de Beethoven, la obra de Adams adquirió una dimensión que iba más allá del programa. Si The Wound-Dresser contempla de cerca las heridas del individuo y la fragilidad de la vida, la Novena responde levantando la mirada hacia una idea de humanidad compartida. La interpretación apostó por tempi vivos y una energía que alejaba la sinfonía de cualquier solemnidad estática, aunque la masa orquestal llegó por momentos a imponerse sobre el centenar de voces. El coro mostró firmeza, especialmente en la exigente tesitura de las sopranos, y supo recuperar el pulso después de algunas entradas vacilantes. En el cuarteto solista, Gloria Jieun Choi, A Kyeong Lee, Ji Hoon Son y Matthias Goerne completaron el dispositivo vocal con solvencia, integrado en una lectura que buscó más la urgencia que la grandilocuencia. Y quizá ahí residió la fuerza de este último Beethoven: en recordar que la fraternidad no es una idea abstracta, sino una respuesta después de haber mirado de frente al sufrimiento. Y en ese tránsito del lamento a la fraternidad, la voz volvió a convertirse en el hilo conductor de esta segunda parte de la Quincena.

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Matthias Goerne con la Seoul Philharmonic Orchestra

Al día siguiente, el jueves 27, la voz regresó a Chillida Leku, donde María José Montiel protagonizó uno de los recitales más singulares de esta edición. Si el entorno del artista vasco parece pedir a la música que dialogue con el espacio, el timbre cálido, aterciopelado y rico en armónicos de la mezzosoprano encontró en él un marco especialmente apropiado. Acompañada al piano por Miquel Esterlich, Montiel recorrió en De puentes y almas un amplio repertorio con obras de Falla, Turina, Montsalvatge, Ravel, Debussy, Guridi, Sorozábal… Todo abordado con una voz amplia, densa y expresiva, capaz de modular su potencia con sensibilidad, que encontró en la intimidad del recital una dimensión distinta de aquello que una masa coral había construido en las anteriores convocatorias.

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Riccardo Chailly al frente de la Orquesta Filarmónica de la Scala de Milán y el Orfeón Donostiarra

Y si Beethoven había convertido el canto colectivo en una afirmación de fraternidad, Verdi lo llevó, en el concierto de clausura del domingo 30, a un territorio más íntimo y contradictorio: el de la plegaria. La Filarmonica della Scala, el Orfeón Donostiarra y Riccardo Chailly se encontraron en el “Stabat Mater” y el “Te Deum”, dos de las cuatro Pezzi sacri que, pese a su carácter religioso, difícilmente pueden desprenderse de la experiencia teatral del compositor. Hay en ellas una espiritualidad profundamente humana, atravesada por el dramatismo, el contraste y una extraordinaria atención al color de las voces. Chailly afrontó ambas páginas con una concepción amplia y rigurosa, dejando que la Orquesta de La Scala desplegara su extraordinaria riqueza tímbrica sin convertir el aparato sonoro en un fin en sí mismo. El Orfeón Donostiarra respondió con solvencia —aunque sin librarse de ciertas dificultades vocales, sobre todo en la cuerda de sopranos— a una escritura tan exigente como cambiante, capaz de pasar de la intimidad de la súplica a las grandes oleadas de sonido en las que Verdi parece volver, inevitablemente, al escenario. Más que buscar una religiosidad abstracta, la interpretación puso de relieve esa humanidad que atraviesa toda la obra verdiana.

Ahora bien, aunque las cifras hayan alcanzado unos halagüeños valores prepandemia, seguramente hubiera sido necesario otro balance más allá de los números: uno capaz de medir aquello que las estadísticas no recogen, el poso que dejan las propuestas, la capacidad de una programación para generar interés y, en definitiva, la trascendencia, porque los valores que más importan son los más difíciles de medir. La próxima edición contará ya con una cita confirmada de especial interés, la del tenor donostiarra Xabier Anduaga, que regresará a la Quincena en una edición que tendrá, una vez más, el difícil cometido de demostrar que el éxito de un festival no se mide con la calculadora.  * Nora FRANCO MADARIAGA, corresponsal en San Sebastián de ÓPERA ACTUAL

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