Kratzer homenajea a Stephen Gould en el regreso de 'Tannhäuser'

Bayreuth

29 / 07 / 2024 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 3 min

La producción de 'Tannhäuser' de Tobias Kratzer © Bayreuther Festspiele / Enrico NAWRATH
La producción de 'Tannhäuser' de Tobias Kratzer © Bayreuther Festspiele / Enrico NAWRATH
La producción de 'Tannhäuser' de Tobias Kratzer © Bayreuther Festspiele / Enrico NAWRATH

Festival de Bayreuth

Wagner: TANNHÄUSER

Günther Groissböck, Klaus Florian Vogt, Markus Eiche, Siyabonga Maqungo, Ólafur Sigurdarson, Elisabeth Teige, Irene Roberts, Le Gateau Chocolat, Manni Laudenbach. Dirección de escena: Tobias Kratzer. Dirección musical: Nathalie Stutzmann. Orquesta y coro del Festival de Bayreuth. 26 de julio de 2024.

Después de dar el cañonazo de salida con el estreno de una nueva producción de Tristan und Isolde (ver crítica en este enlace), el Festival de Bayreuth continuó sirviendo ópera, como es habitual, sin solución de continuidad. Al día siguiente de la inauguración, el pasado viernes, fue el turno de Tannhäuser, en la brillante producción firmada por Tobias Kratzer, que volvió a hacer las delicias de un público entregadísimo en su cuarta reposición. El hecho de que el montaje celebre su quinto año en la Verde Colina (el segundo bajo la batuta de Nathalie Stutzmann) no es banal, ya que en Bayreuth normalmente los ciclos de vida de los montajes son de cuatro años: la prórroga concedida a Kratzer es señal del éxito apabullante que ha tenido su trabajo en cada reposición, éxito al que a Katharina Wagner, la directora del Festival, le cuesta renunciar.

Investigar las causas de este hit puede ser de ayuda a la hora de imaginar nuevos horizontes para el Regietheater. En primera estancia está en lo que podría llamarse una modernidad*, sí, con asterisco: si el trabajo de Kratzer, como la obra de Wagner misma, convence a todos los segmentos del público, es porque es innovador sin ser incómodo, es estéticamente irreverente, pero no por ello menos complaciente, y es ligero y cargado de reflexión a la vez. A través de la introducción de la comicidad –de por sí un gesto arriesgado, tratándose de un texto como el de Tannhäuser– Kratzer consigue hacer digerible la autoreferencialidad. El tema del teatro en el teatro, la reflexión sobre el propio mester a través de la rotura de la cuarta pared, es el hilo conductor de muchas otras producciones que no cosechan tantos aplausos. En Bayreuth todo el mundo llega a comprender la potencia de esta idea y, por tanto, su centralidad. Otra de las claves del éxito es la actualización a la que Kratzer y su equipo someten la producción edición tras edición, claro guiño a la filosofía del Werkstatt Bayreuth. El video inicial de este año homenajeaba al recientemente fallecido Stephen Gould, quien estrenó este Tannhäuser en 2019 (ver crítica en este enlace). El público le dedicó un sentido aplauso.

"Klaus Florian Vogt, que venía cogiendo carrerilla en el rol protagonista desde Múnich, dibuja un Tannhäuser inimitable"

Si a alguien le tambalea el paralelismo que propone Kratzer entre el problema central de la ética, la distinción entre el bien y el mal –que es también el problema central de Tannhäuser–, y la distinción entre lo elevado y lo bajo en el arte, y más allá entre la normatividad y lo queer y disruptivo, siempre puede refugiarse en el casting, que en este quinto año vuelve a ser estelar. En primer lugar, hay que mencionar el trabajo extraordinario del coro: el ensemble ya avisó en el segundo acto con una precisa interpretación de las cabriolas fugadas del último número de conjunto, respondiendo con valentía al tempo valiente de Stutzmann, pero destacó especialmente en el tercero, tanto en la escena del retorno de los peregrinos, explotando el arco dinámico de extremo a extremo y dialogando magistralmente con los comentarios puntuales de Elisabeth, como en el apoteósico final. Con un grupo de esa calidad, la ocurrencia de esconder el coro precisamente allí donde brilla más –en la producción bayreuthiana, el concluyente “Der Gnade Heil ist dem Büsser beschieden” suena desde detrás del escenario–  no se cobra ni una pequeña dosis de piel de gallina.

El elenco de voces solistas, ovacionado al final de la función, también emocionó. Klaus Florian Vogt, que venía cogiendo carrerilla desde Múnich –donde había cantado el papel pocos días antes en la producción de Romeo Castellucci –, dibujó un Tannhäuser inimitable, redimiéndose con una Romerzählung llena de intención interpretativa de un primer acto vocalmente un tanto tímido. Günther Groissböck firmó un Landgraf muy competente, lejos de su rendición del Rey Marke del día anterior, y Markus Eiche fue un Wolfram von Eschenbach sólido, aunque un tanto precipitado en la maravillosa “Blick ich umher in diesem edlen Kreise” del segundo acto. Elisabeth Teige ofrece una Elisabeth cristalina y segura en “Dich teure Halle grüß ich wieder”, pero en la velada del viernes fue totalmente eclipsada por el timbre aterciopelado de Irene Roberts. La mezzosoprano estadounidense produjo una Venus muy singular a la altura interpretativa de Ekaterina Gubanova, quien parecía ser insustituible como contraparte de Elisabeth en esta producción reina del Bayreuth actual.  * Lluc SOLÉS, corresponsal en Bayreuth de ÓPERA ACTUAL

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