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INTERNACIONAL
Yoncheva sostiene con su voz la sombría 'Vestale' que abre la Staatsoper
Berlín
Staatsoper Unter den Linden
Spontini: LA VESTALE
Nueva producción
Sonya Yoncheva, David Butt Philip, Marina Prudenskaya, Siyabonga Maqungo, Adrian Sâmpetrean, Hanseong Yun. Dirección musical: Carlo Rizzi. Dirección de escena: Lydia Steier. 26 de septiembre de 2026.
La llama sagrada de Vesta arde con libros. Alrededor, uniformes, prisioneros y mujeres sometidas a la disciplina de un régimen que invoca a los dioses para justificar la violencia. Así ha llevado Lydia Steier La Vestale de Gaspare Spontini a la Staatsoper Unter den Linden, que abrió su temporada con una producción de imágenes poderosas y una protagonista, Sonya Yoncheva, capaz de dar vida a un personaje que la escenografía amenaza a menudo con sepultar.
Julia, una sacerdotisa obligada a guardar la castidad y mantener encendido el fuego de la diosa, sigue enamorada del militar Licinius. Su encuentro secreto provoca que la llama se extinga y ella sea condenada a morir. Steier convierte esa historia en el retrato de una dictadura donde religión y ejército se protegen mutuamente. La acción transcurre en un anfiteatro inspirado en el de la Sorbona, diseñado por Etienne Pluss: un espacio monumental que permite desplegar las grandes escenas corales de Spontini, aunque empequeñece deliberadamente a quienes se mueven en él.
La propuesta tiene una imagen difícil de olvidar: la de los libros alimentando el fuego que Julia debe vigilar. Pero Steier acumula escenas de crueldad con tal insistencia que la violencia acaba perdiendo fuerza. El contraste con la música resulta especialmente acusado: mientras la partitura conserva momentos de ligereza y amplitud ceremonial, la escena se encierra en una oscuridad de la que no quiere salir. También la relación amorosa, motor de la ópera, queda poco trabajada entre los dos protagonistas.
Es ahí donde la soprano búlgara Sonya Yoncheva debe abrirse camino por sí sola, enfrentándose a una parte extensa, muy expuesta y de considerable peso dramático. Debutaba como Julia con unos medios vocales que le permitieron afrontar las exigencias del personaje, aunque en el primer acto el vibrato se hiciera demasiado presente en la zona aguda y alguna frase perdía claridad. La interpretación, sin embargo, iba creciendo a medida que avanzaba la función encontrando en los grandes monólogos algunos de sus mejores momentos. Es entonces cuando emergía el centro carnoso de su voz, junto con una notable capacidad para transitar de la súplica a la desesperación y, sobre todo, una presencia escénica que devolvía a Julia su condición de mujer enamorada y asustada, más allá del símbolo político que la producción pretende hacer de ella. Steier le exige, además, cantar en situaciones de notable violencia física, una circunstancia que Yoncheva afrontó sin perder la tensión dramática, incluso cuando la escena parecía más interesada en mostrar el castigo que en escuchar lo que el personaje tenía que decir.
El tenor británico David Butt Philip compone un Licinius muy distinto del héroe victorioso que podría sugerir su entrada en la ópera. Steier lo presentaba como un soldado quebrado por la guerra, una lectura que el cantante sostiene con seguridad gracias a un timbre oscuro y de apreciable cuerpo. Su personaje, sin embargo, quedó algo desdibujado frente a Julia, y entre ambos faltó la electricidad que haría más dolorosa la separación. La puesta en escena explica su amor e incluso recurre a imágenes del pasado para mostrarlo, pero rara vez consigue que esa relación se perciba con la misma intensidad en el presente de la acción.
Más convincente en escena resultó la mezzosoprano rusa Marina Prudenskaya como la Gran Vestal: su registro grave, sonoro y autoritario dotaba de una amenaza concreta a la jefa de las sacerdotisas, aunque la cantante evitaba reducirla a una figura meramente rígida o cruel. Prudenskaya presenta a una mujer que gobierna mediante el miedo, pero que también pertenece a un sistema capaz de prescindir de quienes lo sirven cuando dejan de resultar útiles. Esa dimensión se hacía especialmente visible en sus escenas con el coro, que dominaba con una presencia escénica de gran autoridad y que convertía a la Gran Vestal en uno de los personajes más definidos de la producción.
El tenor sudafricano Siyabonga Maqungo, miembro del conjunto de la Staatsoper, aportó a Cinna una voz bien proyectada, de timbre claro y agudos fáciles. La lectura de Steier concede al personaje una importancia mayor de la que cabría esperar, pues comienza como compañero de Licinius y acaba convertido en beneficiario del cambio de poder. Maqungo sostiene bien esta transformación y la acompaña de una interpretación musical precisa, sin perder la claridad vocal que caracteriza su intervención. Por su parte, el bajo rumano Adrian Sâmpetrean presta gravedad al Sumo Pontífice, mientras que el bajo-barítono surcoreano Hanseong Yun, integrante del estudio de ópera del teatro, completa el reparto como Cónsul.
Desde el foso, Carlo Rizzi dirige a la Staatskapelle Berlin atendiendo especialmente a los colores de una partitura situada entre la tradición clásica y la gran ópera del siglo XIX. El comienzo deja algún desajuste entre escena y orquesta, pero la ejecución va ganando fluidez y transparencia conforme avanza la función, permitiendo apreciar mejor la variedad de la escritura de Spontini. Destacan los pasajes de los metales y, en particular, la trompa que acompaña uno de los grandes momentos de Julia. También el coro ofrece un trabajo sólido, tanto en las escenas ceremoniales como en aquellas en las que debe asumir un papel teatral más exigente. * Coco RODEMANN, corresponsal en Berlín de ÓPERA ACTUAL
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