El ‘Anillo’ más lírico completa su tercer ciclo entre ovaciones y abucheos

Bayreuth

18 / 08 / 2026 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 6 min

'Das Rheingold' en versión semiescenificada con imágenes creadas con IA © Bayreuther Festspiele / Enrico NAWRATH
'Siegfried' en versión semiescenificada con imágenes creadas con IA © Bayreuther Festspiele / Enrico NAWRATH

Festival de Bayreuth

Wagner: EL ANILLO DEL NIBELUNGO

En versión semiescenificada

Michael Volle, Camilla Nylund, Klaus Florian Vogt, Jochen Schmeckenbecher, Elza van der Heever, Mika Kares, Peter Rose, Gerhard Siegel, Anna Kissjudit, Christa Mayer. Dirección musical: Christian Thielemann. Equipo artístico: Marcus Lobbes, Nils Corte, Roman Senkl. Del 12 al 16 de agosto de 2026.

El Festival de Bayreuth cerró el pasado domingo el tercer y último ciclo de su flamante Anillo del Nibelungo. La nueva producción, llamada Ring 10010110 – vom Mythos zum Code (del mito al código) y firmada por un equipo artístico liderado por el curador Marcus Lobbes al lado de los artistas multimedia Nils Corte, Roman Senkl y Phil Hagen, ha suscitado una enorme polémica por situar la inteligencia artificial al centro del proceso creativo. La aclamada dirección de Christian Thielemann, seguramente el hombre más amado de Bayreuth, fue eclipsada por la pitada monumental que se llevó Lobbes cuando salió a saludar camuflado entre los intérpretes y el director musical. Poco acostumbrado a los pitidos, Thielemann sacudía la cabeza y fruncía el ceño.

Extraña hybris, la del público bayreuthiano, que con el precio de la entrada piensa haber obtenido el derecho de mostrarse irrespetuoso con el trabajo de los artistas. Es difícil satisfacer el gusto, estrecho y conservador donde los haya, por el Regietheater funcional y sin demasiados retos hermenéuticos característico del conoisseur medio que peregrina cada verano a la Verde Colina. La máxima parece ser: ni mucha interpretación –el ruido que generó el atrevido Ring de Valentin Schwarz todavía resuena en el Festspielhaus– ni muy poca. La estrategia de comunicación de la nueva producción, centrada en destacar la neutralidad interpretativa de la propuesta, ha vuelto a indignar en el público de Bayreuth, por razones opuestas a las de la última vez.

Lo singular del rechazo que ha generado este Ring en concreto, sin embargo, es que ha traspasado las fronteras del teatro y se ha hecho viral. Nunca antes una producción del Festival de Bayreuth había interesado a tantos influencers como ésta, y el motivo está claro: el uso de la inteligencia artificial como herramienta creativa. Es lícito, y necesario, preguntarse por lo potencialmente problemático de este gesto. Pero las preguntas deben ser las correctas y resultar de un análisis sólido. En una tergiversación típica de los discursos incandescentes, especialmente de los que circulan por redes, ha corrido la voz que en esta producción la inteligencia artificial hace de directora de escena y que toma las decisiones que normalmente tomaría un equipo artístico humano. Tal asunción ha dado pie a criticar la gestión del festival, que habría ahorrado mucho dinero dejando –¡traición!– la creatividad en manos de la inteligencia artificial.

"Es la primera vez en la historia que un solo tenor, la gran estrella Klaus Florian Vogt, canta en un mismo ciclo los papeles de Loge, Siegmund y los dos Siegfried. El experimento le salió redondo"

La directora del certamen, Katharina Wagner, ha ahorrado dinero, sin duda, con esta producción del Ring, pero no dejando la dirección de escena en manos de nada, sino programando una versión de la tetralogía sin dirección de escena. Nadie, ni nada, dirige esta producción, porque no hay ni interpretación del texto –como sus responsables han explicado tanto en entrevistas como en el mismo programa de mano– ni dirección de actores. El equipo de Lobbes firma lo que vendría a ser el acompañamiento visual a una versión concierto del Anillo con un mínimo asesoramiento dramatúrgico. Los cantantes-actores interpretan sus papeles frontalmente, situados entre dos pantallas semitransparentes sobre las cuales se proyecta un inquietante y cambiante mar de imágenes generadas por una inteligencia artificial. La máquina ha sido entrenada con dos tipos de información principales: por un lado, imágenes y datos sobre la historia de la escenificación de la tetralogía y sobre la historia del Festival, y por el otro el propio texto de la obra. La intención era homenajear 150 años de interpretaciones del Anillo creando un trasfondo de referencias visuales a las más diversas escenografías, personajes y eventos que han marcado esta historia.

En principio, la propuesta cumple con lo prometido: ahí están las escenografías austeras de los sucesivos Anillos de Wieland y Wolfgang Wagner, dialogando con las más modernas de Frank Castorf y de Valentin Schwarz y con retratos históricos de personalidades claves para Bayreuth en particular y para la cultura alemana en general (los propios Wieland y Wolfgang aparecen repetidas veces, pero también Thomas Mann o Angela Merkel). Es una pena, por cierto, que Lobbes haya decidido prescindir, en su curación del trabajo aleatorio y acrítico de la IA, de casi toda referencia al pasado nazi del Festival. Estéticamente, el remolino de imágenes celebra explícitamente la indefinición de las formas transformativas tan característica de los contenidos visuales generados con inteligencia artificial, la cual cosa ha incomodado a la mayoría de espectadores. Fuera del teatro, una imagen de gran formato de Richard Wagner sonriendo con un Aperol Spritz en la mano preside la entrada a la exclusiva Rheingold-Lounge. Curiosa aversión contra la IA, que se activa y se desactiva según se trate de verla reivindicarse en escena o de tolerarla en la vida cotidiana.

La inconsistencia principal de este Ring no tiene que ver con el uso de la inteligencia artificial, sino con el hecho de querer homenajear la historia de la puesta en escena de la tetralogía con una versión concierto. Y la culpa no la tiene solo Lobbes y compañía, sino también Thielemann y la mayoría de los intérpretes. En los países de habla alemana no son raras las versiones del Anillo sin escena, pero los intérpretes –tanto cantantes como orquesta– deben evidenciar, en estos casos, que lo que interpretan es una ópera, y no una obra sinfónica con solistas vocales. La dirección musical preciosista, ancha y autocomplaciente de Thielemann, especialmente brillante en Die Walküre, se cobró el alto precio de hacer olvidar al espectador, por momentos, que se encontraba en una función teatral. La dramaturgia de mínimos, con decisiones incomprensibles como la de bajar el telón en los diferentes intermedios orquestales del primer y tercer acto de Götterdämmerung (como el viaje de Siegfried por el Rin o la marcha fúnebre), tampoco ayudaron.

En todo caso, este fue el Ring de las grandes voces wagnerianas del momento, la mayoría de las cuales encajan perfectamente en este paradigma lírico poco interesado en la importantísima dimensión teatral de la obra de Wagner. Es la primera vez en la historia que un solo tenor, la gran estrella Klaus Florian Vogt, canta en un mismo ciclo los papeles de Loge, Siegmund y los dos Siegfried. El experimento le salió redondo a Vogt, aunque le falta flexibilidad vocal y sobre todo calidad actoral para convencer como Loge en Das Rheingold y como Siegfried en los dos primeros actos de Siegfried. Su voz blanca casó especialmente bien con la de Elza van den Heever, quien ofreció una Sieglinde ágil y punzante en sus picos del tercer acto de Die Walküre. Con Camilla Nylund, Vogt firmó un tercer acto de Siegfried un tanto desajustado; a cargo de Brünnhilde, Nylund mostró algunos problemas de afinación que no había tenido en Die Walküre, donde estuvo más bien reservada, sin acabar de atreverse a ejercer de soprano dramática, pero se redimió con una gran interpretación del monólogo final en Götterdämmerung.

El otro gran héroe de esta edición fue sin duda el coloso escénico Michael Volle, capaz de reblar un Wotan dominante en Das Rheingold y emocionante en Die Walküre y un Wanderer hierático en Siegfried, siempre haciendo gala de un nivel de comprensibilidad inaudito (solo Vogt le sigue los pasos en este sentido); lástima que de cuando en cuando lleve el compás de forma involuntaria, saliendo así por momentos de su personaje. Mika Kares estuvo sólido como Fasolt, Hunding y Hagen, y Christa Mayer supo definir y diferenciar a la perfección los idiolectos de Erda y de Waltraute. Mención especial a Jochen Schmeckenbecher como Alberich y el experto Gerhard Siegel como Mime, por ser los dos únicos cantantes –parece mentira, en una obra con tantísimos personajes– que basaron su interpretación en una lectura atenta del drama wagneriano.  * Lluc SOLÉS, crítico de ÓPERA ACTUAL

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