CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Oropesa y Bernheim deslumbran en la 'Manon' dirigida por Quatrini
Zúrich
Opernhaus Zürich
Massenet: MANON
Lisette Oropesa, Benjamin Bernheim, Yannick Debus, Nicolas Testé, Daniel Norman, Andrew Moore, Yewon Han, Rebeca Olvera, Karima El Demerdasch, Valeriy Murga, Tomislav Jukic, Samuel Wallace, Henri Bernard, Caroline Fuss, Samuel Wallace, Juan Etchepareborda. Dirección musical: Sesto Quatrini. Dirección de escena: Floris Visser. 24 de septiembre de 2025.
Esta reposición de Manon en la Opernhaus Zürich se convirtió en un auténtico festival vocal, de los que marcan a fuego la memoria del aficionado. Rara vez se vive una noche en la que cada frase parezca cincelada con la misma naturalidad con la que se enciende una chispa de emoción. El protagonismo absoluto correspondió a una pareja de cantantes en estado de gracia que convirtió la velada en un hito, ya que Lisette Oropesa y Benjamin Bernheim formaron una pareja protagonista de auténtico lujo, dos intérpretes en estado de gracia que hicieron de la velada un evento inolvidable. Desde su primera aparición, la soprano estadounidense lució en el aria de entrada un timbre redondo y luminoso, mientras el tenor desplegaba un fraseo de impecable pureza. El dúo «À Paris, nous irons» confirmó su química: ella con ligereza juguetona; él con elegante complicidad.
El «Adieu, notre petite table» de Oropesa destacó por un fraseo impecablemente sostenido, con fiato generoso y un control dinámico que llevó la emoción a una intensidad íntima y sobrecogedora. Bernheim respondió de inmediato con «En fermant les yeux», desplegando una línea de canto homogénea y perfectamente apoyada, de pianos bien regulados y sutiles toques de falsete que reforzaron el carácter ensoñador de la página. En la escena del Cours-la-Reine, Oropesa deslumbró en «Obéissons quand leur voix appelle» con coloratura de manual, trinos perfectamente engastados y una línea de gran distinción que hizo brillar cada arabesco melódico; y, sin perder un ápice de frescura, culminó con una Gavotte de auténtica escuela francesa, ligera y danzante.
El gran clímax dramático llegó en Saint-Sulpice: Bernheim, primero con el aria «Ah! fuyez, douce image», desplegó un canto de línea purísima, messe di voce perfectamente graduadas y un timbre que en los clímax alcanzó un squillo radiante. En el dúo que sigue, «N’est-ce plus ma main… Manon! Manon!», ambos cantantes llevaron la emoción al límite: Oropesa oscilando entre la seducción y la desesperación, alternando mezza voce y delicados pianísimos en una tensión creciente; Bernheim encendiendo cada frase con ardor controlado y un fraseo de impecable elegancia.
En el hotel de Transilvania, la pareja sostuvo con igual intensidad los grandes concertantes: Oropesa coronó el final del cuarto acto con el tradicional Si♭5 sobreagudo, emitido con una facilidad apabullante que desató la ovación espontánea del público, mientras Bernheim mantenía la línea con un canto pleno y vibrante. En el dúo final, «Ah! Manon, pauvre Manon… ah! je t’aime!», ofrecieron una lección de emoción contenida: la voz de Oropesa quebrándose en un sollozo perfectamente controlado y la de Bernheim envolviendo el último aliento de la heroína en una ternura de hondura conmovedora.
El debut de Yannick Debus como Lescaut aportó un timbre atractivo y un instinto teatral de gran solidez; Nicolas Testé brindó la autoridad rotunda que exige el Conde Des Grieux. El trío de Poussette, Javotte y Rosette –Yewon Han, Rebeca Olvera y Karima El Demerdasch– destacó por su frescura y precisión, y el resto del elenco secundario mantuvo un nivel homogéneo y eficaz.
En el podio, el maestro italiano Sesto Quatrini dirigió a la orquesta titular con una lectura vibrante y profundamente teatral que supo extraer de la partitura de Massenet un perfume francés de refinada transparencia, sin renunciar a un impulso orquestal de gran energía. Alternó momentos de intimidad –que sostuvieron los dúos con una finura exquisita– con concertantes de arrebatadora brillantez. A veces privilegió el empuje de la orquesta, pero en conjunto se reveló un aliado ideal para un reparto que pedía y recibió todo su apoyo.
La puesta en escena de Floris Visser enmarca el drama con un prólogo mudo: una pequeña Manon contempla un baile burgués del siglo XIX, roba un guante de una invitada y es reprendida por quien podría ser su padre. Esa imagen de deseo y prohibición abre un recorrido que el director subraya con un gran espejo que aparece y se va resquebrajando a lo largo de la función, símbolo de la fractura interior de la protagonista. En el dúo final, mientras Manon muere, los personajes recogen los fragmentos de ese espejo ya completamente roto: un gesto de fuerte carga poética que resume el destino de una heroína devorada por su propio anhelo. * Albert GARRIGA, corresponsal en Zúrich de ÓPERA ACTUAL
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