CRÍTICAS
NACIONAL
‘Andrómeda y Perseo’, la sombra del deseo
Madrid
Fundación Juan March - Teatro de La Zarzuela
Hidalgo: ANDRÓMEDA Y PERSEO
Estreno en tiempos modernos
Pilar Alva-Martín, Maëlys Robinne, Rita Flipe, Andrea Rey, Gabriel Díaz, Javier Blanco. Actores de la 7ª Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Dirección musical: Aarón Zapico. Dirección de escena: Nuria Castejón. 30 de septiembre de 2026.
Andrómeda y Perseo, también conocida por el hermoso título de Las fortunas de Andrómeda y Perseo, es una comedia de Calderón de la Barca estrenada en 1653, reinando Felipe IV, con ocasión de una fiesta cortesana en el Palacio del Buen Retiro. Es una obra fastuosa por el despliegue poético y dramatúrgico de su autor, por la música, atribuida a Juan Hidalgo –autor de una versión de La púrpura de la rosa y de Celos aun del aire matan–, y por el aparato escénico, con cambios de decorado, efectos llamativos y entradas y salidas por los aires, de los que siempre son del agrado del público. A diferencia de lo ocurrido con La selva sin amor de Lope, cuya música se ha perdido, se conoce bien esta Andrómeda y Perseo por un manuscrito especialmente cuidado, con partitura y efectos escenográficos incluidos, conservado en una biblioteca norteamericana. Dice mucho de la mentalidad española que una obra maestra como esta, preservada íntegra, haya dormido el sueño de los justos hasta hoy.
En lo musical, la obra reserva las partes cantadas a las divinidades que presiden y se entrometen, como solían hacer los dioses clásicos, en la vida de los seres humanos. Cuando hablan entre ellos, lo hacen en forma de recitativo, y en tonadas estróficas, con compás ternario, eso sí –es decir de mayor intensidad dramática–, cuando se dirigen a los mortales. Hay por tanto una voluntad explícita de dotar a los dueños del destino de los seres humanos de una superior nobleza, expresada en formas expresivas desusadas, con escenas de gran belleza, como el precioso diálogo entre Palas y Mercurio (“Ya, hermoso galán Mercurio”), cuando deciden la suerte de Perseo, o la sobrecogedora “Pisa, pisa con tiento las flores” en la que Perseo adormece a las hermanas de Medea.
En esta coproducción de la Fundación Juan March, el Teatro de La Zarzuela y la Compañía Nacional de Teatro Clásico (ver previa en este enlace), estuvo estupenda la humanizada Palas de la mezzo Andrea Rey, la majestuosa Juno de la soprano Maëlys Tobinne, el patético y digno Atlante del bajo barítono Javier Blanco, además de Pilar Alva–Martín, de preciosa voz, que se reparten además los diversos papeles. En el personaje sobresaliente de Mercurio destacó el muy solvente contratenor Gabriel Díaz, aunque el contraste tímbrico, la gestualidad y el poco afortunado atavío, con dos alas absurdas, quitaron empaque al personaje sin añadirle gracia ni intención.
La música también se despliega en la loa inicial y, a modo incidental, a lo largo de toda la obra. La magnífica partitura, con los añadidos bien traídos del gran Aarón Zapico –incluida una obertura del italiano Biagio Marini– estuvo bien interpretada por dos flautas de pico (Tamar Lalo y Rita Rógar), una tiorba (Nacho Laguna ) y una viola de gamba (María Saturno), además del propio Zapico al teclado. A pesar de arrancar con cierta inseguridad, luego lograron empastarse y traducir con dignidad y expresividad las intenciones del compositor. Aun así, no dejó nunca de notarse lo exiguo de la formación instrumental, que la sensibilidad de los músicos y la experiencia y el saber de Zapico consiguen hacer olvidar, pero a muy duras penas.
Las partes no cantadas, pero no menos musicales –como ocurre siempre en el teatro clásico español– corrieron a cargo de los jóvenes actores de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Álvaro Tato, autor de la muy correcta adaptación, y Rafa Castejón, en funciones de asesoría, habrán contribuido a la correcta dicción del maravilloso verso calderoniano. Hubo entusiasmo y energía. Faltaron, en cambio, variedad y sutileza expresiva. También profundidad psicológica y moral. Este Perseo, que desconoce su identidad, es hermano pequeño de Segismundo. Solo eso da la medida de la densidad conceptual y poética de la obra.
La puesta en escena de Nuria Castejón estuvo bien planteada y resuelta, con fluidez, sentido teatral y respeto –casi siempre– del delicado equilibrio entre el mundo divino y el humano. Eso no palió del todo la modestia de la escenografía, que no llega siquiera a evocar el esplendor, y por qué no decirlo el lujo, que una obra como esta requiere. Se salvó la escena de la cueva de Morfeo, inspirada y evocadora.
Los méritos de la función son muchos, sin duda, pero es posible preguntarse si la recuperación de una obra maestra, en particular de nuestro teatro, como esta Andrómeda y Perseo, no debería haber sido hecha con mayores medios. Al menos los que se destinan a los Monteverdi y a los Purcell de turno, programados sin tregua y sin escatimar recursos. Cierto que esto no es responsabilidad de quienes han realizado este muy encomiable trabajo, pero como le dice al protagonista un Mercurio disfrazado, una función con esta viene a ser “la sombra de (tu) deseo”. Y eso no basta del todo. * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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