CRÍTICAS
INTERNACIONAL
El 'Siegfried' de Heras-Casado y Bieito, una inolvidable noche en la ONP
París
Opéra national de Paris
Wagner: SIEGFRIED
Nueva producción
Andreas Schager, Gerhard Siegel, Derek Welton, Brian Mulligan, Mika Kares, Marie-Nicole Lemieux, Tamara Wilson, Ilanah Lobel-Torres. Dirección musical: Pablo Heras-Casado. Dirección de escena: Calixto Bieito. 28 de enero de 2026.
En contadas ocasiones se habrá dicho y se podrá decir en el futuro que una noche de ópera ha sido inolvidable como lo ha sido la que acaba de vivir La Bastille con la producción de Siegfried en la Opéra de Paris. La segunda jornada de la Tetralogía wagneriana, juzgada con razón la menos atractiva, la más difícil de presenciar, no solo por su duración –más de cuatro horas–, sino también por su estructura –una larga sucesión de dúos encadenados por breves intermedios sinfónicos–, fue seguida esta noche con interés creciente por los casi tres mil espectadores que llenaban la sala. Los aplausos finales, largos y densos, estridentes, premiaron a cada uno de los componentes de la hazaña lírica.
El elemento más evidente del triunfo estuvo en el apartado musical y en las voces. Todas ellas. Parecía imposible reunir un elenco de ocho cantantes tan coherente, con tal fuerza, tal presencia y sensibilidad para soportar con entereza la carga vocal y física impuesta por la obra. Andreas Schager fue un Siegfried excepcional; el tenor mantuvo una intensidad vocal en forte, con varias efes, que correspondía con sus maneras bruscas hasta la crueldad por momentos y cambió su comportamiento sin menoscabo de fuerza vocal en la escena final, seducido –y atemorizado a la vez– ante el despertar de la valquiria. A su lado, Gerhard Siegel –Mime– mantuvo gestual y vocalmente la presión ejercida por Siegfried lo mismo en los dos largos diálogos del acto primero que en el que precedió su eliminación física por el héroe. El barítono bajo Derek Welton –El Caminante– añadió a sus consabidas cualidades vocales elegancia en el decir, no exenta de un cierto cinismo en su confrontación con Alberich al inicio del segundo acto. Casi lo mismo se dirá de Brian Mulligan como Alberich–, sin duda menos elegante, pero más incisivo y violento en particular contra Mime, su hermano y rival.
Tamara Wilson mantuvo la sala en vilo durante la escena final –su única aparición– durante la cual dejó en tablas su fuerza vocal con la del héroe en su aproximación a Brunilda. El bajo Mika Kares fue un Fafner a la altura; Marie-Nicole Lemieux mantuvo el nivel de Welton, su interlocutor en su relativamente breve diálogo, e Ilanah Lobel-Torres condujo al héroe hasta el lugar donde yacía Brunilda volando por los aires con un plumaje amarillo por orden del director de escena.
Determinante fue la actuación de la orquesta con los maestros parisinos bajo las órdenes de Pablo Heras-Casado (ver entrevista en este enlace), que no dejaron al azar un solo segundo de la representación. Siempre al servicio de las voces, el director granadino consiguió que los músicos se fusionaron de tal manera con los solistas que consiguieron una unión total y continua a lo largo de la noche. Solo la utilización de los metales –de proyección grandiosa y ejecución inmaculada– durante los momentos sinfónicos y sus enlaces con el resto de los instrumentos, cuerdas graves en particular, hicieron pensar que en el foso había una orquesta.
Calixto Bieito pidió a la escenógrafa Rebecca Ringst que colgara cabeza abajo unos cuantos árboles para esconder la escenografía final de la jornada precedente, en la que dormía la valquiria, y requirió que todo transcurriera en aquel bosque encantado. Dio un par de coces a todo cuanto demandaba realismo: Siegfried encontró a Notung ya forjada bajo la alfombra del escenario que representaba el césped, y para la escena final, apartó los árboles y allí, en el hielo (no en el fuego) pudo Siegfried descubrir a su Brunilda. Embadurnó al héroe con la sangre del infeliz dragón –como pide el libreto y nadie ha escenificado–, lo mantuvo así durante el acto final y de esta forma poco atrayente lo vio la doncella al despertar. El trabajo de Bieito pareció aunar íntimamente foso y escenario, y afinar los movimientos y los gestos de los actores en conformidad con las palabras centrando así la atención del público no en los efectos especiales –forja de la espada, cortina de fuego…– sino en la música y el libreto, verdadera base del relato.
Si las cuatro horas de espectáculo pasaron como un suspiro, fue gracias a lo que viene dicho sobre la orquesta y los cantantes, cierto, pero también al minucioso complemento dramático que Calixto Bieito impuso a los artistas. * Jaume ESTAPÀ, corresponsal en París de ÓPERA ACTUAL
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