Kosky y Mäkelä reinventan en Aix el corazón de Strauss

Aix-en-Provence

09 / 07 / 2026 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 4 min

La nueva producción de 'Die Frau ohne Schatten' de Barrie Koskky © Festival Aix-en-Provence / Monika RITTERSHAUS
La nueva producción de 'Die Frau ohne Schatten' de Barrie Koskky © Festival Aix-en-Provence / Monika RITTERSHAUS
La nueva producción de 'Die Frau ohne Schatten' de Barrie Koskky © Festival Aix-en-Provence / Monika RITTERSHAUS

Festival Aix-en-Provence

Strauss: DIE FRAU OHNE SCHATTEN

Nueva producción

Vida Miknevičiūtė, Ambur Braid, Nina Stemme, Michael Spyres, Brian Mulligan, Tijl Faveyts, Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, Martin Piskorski, Jürgen Sacher, Alina Wunderlin, Ilanah Lobel-Torres, Kseniia Nikolaieva. Dirección musical: Klaus Mäkelä. Dirección de escena: Barrie Kosky. Grand Théâtre de Provence, 6 de julio de 2026.

Pocas veces una producción logra que una obra centenaria parezca escrita para el siglo XXI sin traicionar su esencia. La lectura de Barrie Kosky sobre Die Frau ohne Schatten en el Festival Aix-en-Provence consigue ese milagro: lejos de racionalizar el simbolismo de Hofmannsthal, el regista desplaza el centro de gravedad hacia un territorio humano, en el cual la maternidad deja de ser el único eje para abrir una reflexión sobre la violencia, la libertad, la culpa y la responsabilidad afectiva. Sin alterar el recorrido moral de la Emperatriz, Kosky convierte a la Tintorera en el corazón emocional de la obra, logrando que Strauss interpele al espectador del siglo XXI.

La gran aportación de esta lectura reside en el matrimonio de Barak y la Tintorera; el mundo terrenal aparece con un realismo casi brutal que contrasta con el universo onírico del reino de los espíritus y la Tintorera deja de ser la esposa caprichosa y reacia a la maternidad para convertirse en una mujer atrapada en una relación asfixiante, cuya búsqueda de libertad resulta reconocible hoy. Adquieren fuerza devastadora escenas como la agresión de Barak al creer descubrir la infidelidad de su esposa, o la respuesta de ésta devolviéndole la violencia con el mismo martillo al cierre del segundo acto. No hay víctimas ni verdugos absolutos, sino una pareja destruida por la incomunicación cuya reconciliación final resulta mucho más conmovedora que en lecturas tradicionales.

Frente a ello, Kosky construye un mundo de los espíritus que renuncia a toda lectura ilustrativa del libreto para adentrarse en el sueño y el inconsciente, con un imaginario de resonancias freudianas y junguianas sin imponer nunca una lectura unívoca de sus símbolos. El balancín que ocupa el centro de la escena se convierte en la imagen de un mundo suspendido entre dos realidades, condenado a oscilar sin avanzar. El caballo de juguete sobre enormes cuchillas transforma la inocencia del cuento en amenaza permanente, mientras el gigantesco rostro que preside los momentos decisivos actúa como presencia inquietante que nunca se define del todo. El bailarín cubierto de purpurina —magnífico Prince Mihai—, proyección del deseo de la Tintorera, se integra en ese universo donde tentación, miedo y violencia se confunden. La fluidez de los cambios de escena, resueltos mediante un gran prisma que asciende y desciende, borra cualquier frontera entre realidad e inconsciente: la magia deja de habitar la escena para instalarse en la mente del espectador.

Esta propuesta encuentra en Klaus Mäkelä un aliado ideal: tras aquella juvenil Die Zauberflöte, esta es su primera gran producción operística plenamente escenificada; lejos de la monumentalidad de directores como Thielemann, el joven finlandés propone una lectura luminosa, transparente y flexible que revela la dimensión camerística de la escritura orquestal straussiana. Los interludios sinfónicos emergen con belleza arrebatadora gracias a una Orchestre de Paris excepcional, y Mäkelä cuida constantemente la respiración de las voces. Solo en el tercer acto el entusiasmo orquestal se impuso puntualmente sobre los cantantes, pequeño lunar en una dirección que confirma la irrupción de una personalidad straussiana propia, ajena a la tradición germánica.

"Ambur Braid fue la gran triunfadora: su Tintorera, de instrumento excepcional, generosa proyección y sorprendente flexibilidad, se entrega por completo al concepto teatral de Kosky"

El reparto fue extraordinario. Ambur Braid fue la gran triunfadora: su Tintorera, de instrumento excepcional, generosa proyección y sorprendente flexibilidad, se entrega por completo al concepto teatral de Kosky, transitando de la rabia a la vulnerabilidad sin perder jamás la elegancia del canto. Probablemente es la gran cantante de esta edición del Festival. Brian Mulligan compuso un Barak conmovedor, de voz amplia, homogénea y de noble color baritonal, equilibrando autoridad, ternura y sufrimiento sin idealización.

Vida Miknevičiūtė ofreció una Emperatriz de inequívoco acento straussiano, aristocrático, con centro bellísimo y agudos metálicos, deliberadamente tirantes, que subrayan su naturaleza aún inaprensible hasta desembocar en un tercer acto de gran intensidad. Nina Stemme sorprendió por su excelente estado vocal: su Nodriza, de entrega dramática absoluta y autoridad escénica incontestable, confirma que sigue siendo una de las grandes. Michael Spyres, tras Nemorino y Tristan, debutó como Emperador demostrando ser un fenómeno vocal difícilmente clasificable: el papel lo sitúa en el límite de sus posibilidades, pero su amplio rango, su inteligencia vocal y un compromiso interpretativo absoluto convierten este debut en una prestación tan valiente como notable.  * Albert GARRIGA, crítico de ÓPERA ACTUAL

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