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El monumental 'Boris Godunov' revisitado por Shostakovich
Frankfurt
Oper Frankfurt
Mussorgsky: BORIS GODUNOV
Nueva producción
Alexander Tsymbalyuk, Karolina Makula, Anna Nekhames, Andreas Bauer Kanabas, Dmitry Golovnin, Sofija Petrovic, Michael McCown. Dirección de escena: Keith Warner. Dirección musical: Thomas Guggeis. 6 de noviembre de 2025.
La Ópera de Frankfurt ha estrenado una nueva producción de Boris Godunov, la gran hazaña músico-dramática del compositor ruso Modest Mussorgsky. El encargado de llevar este clásico a las tablas es el veterano director Keith Warner, invitado habitual en Frankfurt, al lado del joven Thomas Guggeis y la Orquesta de la Ópera y los Museos, escogidos ensemble del año el pasado septiembre por la revista alemana Opernwelt.
La superproducción capitaneada por Warner, con elementos escenográficos de grandes dimensiones, escenario giratorio y proyecciones a gran escala, parece querer corresponder a la magnitud de la obra, de proporciones wagnerianas con sus cuatro actos y sus más de tres horas y media de duración. Werner es plenamente consciente, sin embargo, de que la peculiar grand opéra mussorgskyana no se deja abarcar solo con grandilocuencia.
Boris Godunov es una versión moderna del drama historicista de Pushkin del mismo título, que lleva a la lírica, a la Don Carlo, un sangriento episodio de la historia de la corona. Como tal, la pieza es mucho más que dramaturgia shakespeariana y celebración de la identidad nacional: el coro, central en los actos inicial y final, cede el protagonismo al despliegue del carácter del zar, parábola del hombre moderno, acosado por sus propios fantasmas y por el paso inexorable del tiempo; y los ensembles solistas, a los que Mussorgsky renuncia casi por completo, desaparecen en la búsqueda del desarrollo de escenas naturalistas, con monólogos y diálogos extensos.
El resultado es una ópera heterogénea e idiosincrática, a la que Warner se enfrenta rompiendo una y otra vez la univocidad estética de la escena a través del recurso al kitsch y a la esfera simbólica. Claro ejemplo de ello son los omnipresentes huevos del cuarto acto, inadvertidos por los personajes de la obra, que remiten al eterno retorno: el bufón de la corte –un sólido Michael McCown– renace al final del acto de uno de ellos, advirtiendo a los moscovitas de la fragilidad del nuevo orden bajo el zar Dimitri, quien, como Boris, acabará derrocado por el instigador Shuiski en un futuro cercano que la trama de la ópera no prevé. Es en el tercer acto, sin embargo, el así llamado acto polaco, donde se deja notar más claramente la firma del director británico, interesado en recalcar lo histriónico del triangulo conspirativo-amoroso que forman los personajes de Grigori, Mniszech y la princesa Marina a través de una dirección de actores hilarante y un marco escénico ya desbordante de kitsch.
Es una lástima que, como suele ser habitual, las capacidades dramáticas de los cantantes no estuvieran a la altura de la propuesta de Warner, si bien es verdad que la rendición musical fue excelente, especialmente en el corto terceto final y con excepción de los picos melódicos del tenor, que Dmitry Golovnin no terminó de dominar; la arrebatadora presencia escénica y el timbre ancho y redondo de la soprano Sofija Petrović fueron lo mejor del acto. El Boris del bajo ucraniano Alexander Tsymbalyuk también brilló más por su calidad vocal que por sus dotes actorales, aunque su interpretación del monólogo del segundo acto convenció en su totalidad. Acompañándolo en su locura pasajera con la famosa imitación del sonido de las campanas y de las agujas del reloj estuvo la sólida orquesta frankfurtiana bajo la batuta de Guggeis, quien merece una mención especial por haber conducido con valentía su conjunto por la curiosa, intricada y poco establecida reinstrumentación que hiciera Dimitri Shostakovich de la partitura de Mussorgsky. * Lluc SOLÉS, crítico de ÓPERA ACTUAL
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