Cierre de temporada con una denuncia de la intolerancia

Frankfurt

01 / 07 / 2024 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 min

Halévy frankfurt La nueva producción de 'La Juive' de Tatjana Gürbaca © Oper Frankfurt / Monika RITTERSHAUS
Halévy frankfurt La nueva producción de 'La Juive' de Tatjana Gürbaca © Oper Frankfurt / Monika RITTERSHAUS
Halévy frankfurt La nueva producción de 'La Juive' de Tatjana Gürbaca © Oper Frankfurt / Monika RITTERSHAUS

Oper Frankfurt

Halévy: LA JUIVE

Nueva producción

Ambur Braid, John Osborn, Gerard Schneider, Monika Buczkowska, Simon Lim, Sebastian Geyer, Danylo Matviienko. Dirección musical: Henrik Nánási. Dirección de escena: Tatjana Gürbaca. 28 de junio de 2024.

La planificación de los teatros de ópera se suele realizar con años de antelación, lo que no obsta a que la casualidad haga que un título siempre pertinente como La Juive tenga una resonancia particular en estos momentos de creciente y preocupante antisemitismo en Europa, así como de ascenso de partidos políticos basados en la intolerancia. Seguramente, la sensibilidad contemporánea ha añadido unas capas de significado que poco debían imaginar Fromental Halévy (de quien en 2024 se conmemora el 225º aniversario del nacimiento) y su libretista Eugène Scribe, y no es menos cierto que en ocasiones se olvida la ambivalencia de algunas de las figuras protagonistas de este paradigma de la grand opéra francesa, en especial el protagonista, Éléazar. Sea como sea, esta obra estrenada en 1835 continúa estimulando la sensibilidad y impulsando la reflexión.

La Ópera de Frankfurt ha confiado la última nueva producción de la temporada a Tatjana Gürbaca, y la directora alemana deja claro desde buen inicio que el eje central de la obra es el odio destructor hacia el otro, hacia el diferente. Por ello, durante toda la representación una hoguera, destino final de herejes y otros enemigos de la norma, ocupa la parte anterior del escenario. Sería iluso esperar los fastos escenográficos propios del género, con lo que el espectador tiene que conformarse con el decorado único de Klaus Grünberg, un muro formado por diversos paneles inclinados y oberturas a varios niveles, que se eleva hacia al cielo al que aspiran tanto cristianos como judíos. Si en el primer acto la estructura evoca el interior de una iglesia, en los cuatro restantes, pese a una iluminación modulable del propio Grünberg que no rehúye efectos tópicos, el tedio visual se impone.

Las intenciones de Gürbaca son loables, su realización práctica, no tanto. El montaje añade buenas dosis de humor, algunas inspiradas, como el esfuerzo de los miembros del coro para disimular que no solo los judíos realizan tareas mundanas en una festividad religiosa (subrayando que las acusaciones racistas nacen más de los prejuicios que de los hechos reales). Otras dosis no son tan inspiradas, como la coreografía algo hortera del trío entre Eudoxie, Léopold y Éléazar. Para las celebraciones solemnes, el vestuario contemporáneo de Silke Willrett adopta formas pseudo-medievales de colores chillones, un giro irónico que culmina en la película proyectada durante el ballet del tercer acto, firmada por Nadja Krüger con animación, de nuevo, de Klaus Grünberg, durante la cual Léopold acaba de forma grotesca con los enemigos de la cruz.

La dispersión, no obstante, es el rasgo principal de un montaje que durante los primeros actos abandona un poco a su suerte a Rachel, la protagonista, hasta que Eudoxie la viste de prostituta, mientras la princesa, consciente desde el principio de la infidelidad de su marido, se pone sus ropas. El desequilibrio de la producción y sus excesivos cambios de rasante culminan en los dos últimos actos. Si el dúo entre Brogni y Éléazar acentúa la interdependencia de los dos personajes, el efecto final es pólvora mojada: ante una concurrencia salida a caballo de un Halloween lisérgico y un carnaval desenfrenado, bañada, cómo no, de una luz rojiza, una doble de Rachel desciende del cielo como un ángel vengador.

"El reparto estuvo encabezado por el Éléazar excepcional en todo punto de John Osborn: dicción meticulosa, fraseo aristocrático, línea de excelsa elegancia, arte consumado del matiz y el claroscuro, timbre sedoso y agudo brillante"

La versión musical fue más consistente que la teatral, aunque la batuta de Henrik Nánási se reveló en el fondo más servicial que reveladora. Todos los elementos de la vasta partitura estuvieron en su sitio y la tensión nunca decayó. Con la plena colaboración de la magnífica orquesta de Frankfurt, el director húngaro puso con acierto el foco en muchos detalles instrumentales, en especial de las maderas, pero en los grandes conjuntos el sonido fue demasiado espeso y fragoroso. El coro, por su parte, sobresalió por su entrega escénica y por un sonido compacto y equilibrado, tanto en los pasajes más contundentes como en los momentos de recogimiento.

El reparto estuvo encabezado por el Éléazar excepcional en todo punto de John Osborn, el único solista en escena que ya había interpretado La Juive: dicción meticulosa, fraseo aristocrático, línea de excelsa elegancia, arte consumado del matiz y el claroscuro, timbre sedoso y agudo brillante. Si la plegaria que abre el segundo acto fue un prodigio de unción, la escena de la prisión fue el punto culminante de la velada, con un “Rachel, quand du Seigneur” de una emotividad tan bien controlada como conmovedora. Ambur Braid desplegó un instrumento poderoso, quizá demasiado dramático para las partes más ágiles, pese a la cual su Rachel, de voz firme de arriba a abajo, fue ganando en acentos incisivos a medida que el destino trágico del personaje se acercaba.

Gerard Schneider negoció con valentía la aguda tesitura de Léopold: un sonido más ligero en algunos pasajes hubiera evitado puntuales tensiones en unas notas que el tenor evidenció poseer, pero Schneider hizo creíble las dudas, por no decir la inmadurez, del personaje (la escena con sus hijos fue una de las soluciones añadidas con acierto por la puesta en escena). Monika Buczkowska se adaptó sin problemas a una caracterización poso simpática, una pija de mal carácter, de Eudoxie, con un canto con la suficiente flexibilidad para los números más virtuosísticos, pese a cierta acidez en el sonido.

Junto a Osborn, el principal pilar de la función fue el cardenal Brogni de Simon Lim: en realidad, de cardenal solo aparecía en las escenas ceremoniales, ya que iba vestido como Éléazar: para condenar a un diferente que, en realidad, es un igual primero hay que deshumanizarlo (el judío vestirá de clown, su hija de prostituta). La voz extensa y sonora del bajo surcoreano se puso al servicio de una interpretación que evitó la caricatura para traducir las múltiples facetas del personaje: la caridad, la firmeza, la autoridad, la inflexibilidad y, al final, la fragilidad y la desesperación por la suerte de su desaparecida hija. La voz de la intolerancia ciega fue encarnada con energía por el Ruggiero de Sebastian Geyer mientras que Danylo Matviienko fue un impecable Albert.  * Xavier CESTER, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL

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