CRÍTICAS
INTERNACIONAL
El carnaval de Berlioz explota con mil colores en La Monnaie
Bruselas
La Monnaie / De Munt
Berlioz: BENVENUTO CELLINI
Nueva producción
John Osborn, Ruth Iniesta, Tijl Faveyts, Jean-Sébastien Bou, Ante Jerkunica, Florence Losseau. Dirección musical: Alain Altinoglu. Dirección de escena: Thaddeus Strassberger. 14 de febrero de 2026.
Ya no una rareza, pero tampoco un título de repertorio, Benvenuto Cellini, la primera ópera de Berlioz, nunca había subido al escenario de La Monnaie, circunstancia solventada con la que supone la primera nueva producción del mandato de Christina Scheppelmann al frente del teatro bruselense. El tiempo dirá si se trata también de una declaración de intenciones de la antigua directora artística del Gran Teatre del Liceu de Barcelona para diferenciarse del criterio estético de su antecesor, Peter de Caluwe. Sea como sea, el montaje de Thaddeus Strassberger se caracteriza por una explosión de colores chillones, una estética que bordea sin ambages lo hortera, un incesante movimiento escénico y, en definitiva, un irrefrenable horror vacui que aturde a un público que ha agotado las entradas para la mayoría de las funciones, situadas, en un perfecto ejercicio de sincronización, en pleno Carnaval, la época en que se desarrolla la trama alrededor del célebre escultor y orfebre renacentista.
Strassberger es el autor de la opulenta escenografía, una estructura giratoria que aglutina diversas referencias a la arquitectura de la Roma eterna, realzada por la iluminación demostrativa de Driscoll Otto y los vídeos desbordantes de Greg Emetaz, que también juegan con la arquitectura del teatro, mientras que el vestuario de Giuseppe Palella oscila entre la comedia costumbrista italiana de los años 60 y 70 y la fantasía de Fellini. Las musas que habitan en las pinturas del techo del teatro se hacen figuras corpóreas para acompañar a Cellini en su proceso creador (por si alguien tenía dudas de quién es el protagonista, su busto aparece por doquier) y, pese a la abundancia de personal en el escenario (monjas, carabinieri, pizzeros, malabaristas, acróbatas y un largo etcétera), Strassberger sigue con eficacia el argumento.
La culminación de la borrachera visual es, por descontado, la escena de carnaval en Mardi gras, en la que no falta un papa decapitado con una verga prominente y una pantomima de cosecha propia con dos drag queens con un humor de efecto limitado. La discontinua estructura del segundo acto aplaca un poco al director de escena, quien, no obstante, resuelve con brillantez la creación de la estatua de Perseo, encarnado por el mismo figurante que, antes como futbolista y como pizzero, había sido objeto de los esbozos de un Cellini que acaba uniéndose, de blanco impoluto, con su amada Teresa.
Un montaje de estas características, más alocado (pero no más inspirado) que la célebre producción de Terry Gilliam, corre el riesgo de ofuscar la música. Que ello no fuera así fue en gran medida gracias a la dirección musical de Alain Altinoglu, a quien Scheppelmann, con buen criterio, ha renovado el contrato como director musical de La Monnaie. La versión de Altinoglu enlaza con cierta tradición francesa en la interpretación de Berlioz, con sonoridades más limpias y precisas, huyendo de excesos en technicolor, y una pulsión rítmica irresistible que no excluye un lirismo sin afectaciones. Coro y orquesta respondieron con entusiasmo a una batuta que, mérito para nada menor, coordinó con firmeza las escenas más complejas.
John Osborn volvió a demostrar por qué es el Cellini de referencia de los últimos lustros: dicción meticulosa, fraseo cálido y elegante, brillantez del agudo (eso sí, atacado con más prudencia), y simpatía escénica fueron algunos de los recursos empleados por el magnífico tenor estadounidense, correspondido a la perfección por la Teresa ágil y luminosa de Ruth Iniesta, en un momento pletórico de forma. Jean-Sébastien Bou combinó una entrega física sin reservas y un canto de gran clase para un Fieramosca insidioso, Tijl Faveyts fue un correcto Balducci, pese a un instrumento menos rotundo que el de Ante Jerkunica como papa Clemente VII, y Florence Losseau fue un andrógino Ascanio, espléndida en sus dos arias y bien compenetrada con Iniesta en la plegaria con Teresa, uno de los bienvenidos momentos de respiro en una representación que fue un puro torbellino. * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL
CRÍTICAS RELACIONADAS





