Kathryn Lewek, una Violetta de manual

Niza

01 / 06 / 2026 - Jaume ESTAPÀ - Tiempo de lectura: 3 min

La producción de Silvia Paoli de 'La Traviata' con Kathryn Lewek © Opéra de Nice / Nathan CASSAR
La producción de Silvia Paoli de 'La Traviata' con Kathryn Lewek © Opéra de Nice / Nathan CASSAR
La producción de Silvia Paoli de 'La Traviata' con Kathryn Lewek © Opéra de Nice / Nathan CASSAR

Opéra de Nice – Côte d’Azur

Verdi: LA TRAVIATA

Kathryn Lewek, Majdouline Zerari, Julien Behr, Cecile Lo Bianco, Jean-Sébastien Bou, Luca Lombardo, Frédéric Cornille, Wolfgang Rauch, Mickaël Guedj, Emmanuelle Bono, Dario Luschi Stéphane Marianetti. Orquesta Filarmónica de Niza. Coro de la Opera de Niza. Dirección musical: Andrea Sanguinetti. Dirección de escena: Silvia Paoli. 27 de mayo de 2026.

 

Esta coproducción, recientemente comentada a su paso por Montpellier, pudo verse en Niza con un reparto totalmente distinto. Kathryn Lewek puso cuerpo y alma en la interpretación de Violetta; la soprano estadounidense pareció estar habitada por el complejo personaje en el escenario. Vocalmente incomparable, dio a cada acto lo que el rol le pedía, y así, se podría decir que fue, no una sino que fueron tres las cantantes que vistieron a la mundana enferma, sucesivamente alegre y desenvuelta, verdugo de su repentino amor, desesperada al cabo. Su desenfado teatral, sus impecables coloraturas en el primer acto asombraron por su elegancia y la tranquilidad de factura. En su diálogo con Germont tradujo sabiamente la responsabilidad y el sacrificio adquiridos por el personaje, en un canto de gran emoción sostenida, que mantuvo hablando luego con su amado incluso en el momento de mayor intensidad (“Amami Alfredo!”) antes de su huida precipitada a París. Coronó su actuación con un tercer acto inigualable, gracias, en parte a la complicidad de la directora de escena, Silvia Paoli, que la hizo morir sola, perdida en su delirio, abandonada por todos prácticamente durante todo el acto; suspendió el dramático pasaje “Addio per sempre” en un filo di voce digno de los de las mejores de todos los tiempos (y dejó constancia al tiempo de una proeza teatral que heló la sangre de la sala entera.

"Vocalmente incomparable, dio a cada acto lo que el personaje le pedía, y así, se podría decir que fue, no una sino que fueron tres las cantantes que vistieron a Violetta"

Secundó sus sueños y sus decepciones un equipo de cantantes coherente, artistas que se complementan a la perfección en escenarios nacionales e internacionales. Julien Behr, como Alfredo, mostró su amor hacia la desconocida desde el flamante y chispeante brindis que entonó con voz ligera y firme; decepcionado luego, se mostró hostil y violento, mediante una igual arrogancia vocal, para concluir (en la mente de la moribunda, fuera del escenario) en la desesperación. Su timbre claro, su perfecta emisión con algún metal bienvenido, fueron muy apreciados.

Jean–Sébastien Bou campeó un Germont de altos vuelos con un registro grave, precisión y claridad en su voz que pisaron fuerte en la sala. Luca Lombardo fue con arte y empeño un Gaston solicito y presente. Completaron el reparto a un buen nivel, Majdouline Zerari (Flora), Cecile Lo Bianco (Annina), Frédéric Cornille (Douphol), Wolfgang Rauch (Grenvill), Mickaël Guedj (Obigny), principalmente.

El coro de la casa (Giulio Magnanini) contribuyó con su presencia física y vocal a dar fe de una sociedad entre pudorosa y desvergonzada, que la directora de escena, a juzgar por el vestuario de Valeria Donata Bettella, situó en un momento impreciso entre el Second Empire (1850-1870) (el coro femenino) y los felices años veinte (Violetta vestida de hombre) que recordó a Marlene Dietrich en Blonde Venus.

Al frente de la orquesta Andrea Sanguinetti ahondó en los aspectos melódicos por fortuna, sin olvidarse de subrayar ritmos tristes o jocosos, verdianos en definitiva, que tanto cuentan de los sentimientos ocultos de los personajes. Su acompañamiento valorizo el trabajo de los cantantes todos. Más allá del acierto, innegable, de haber dejado morir sola a Violetta, la puesta en escena de Paoli presenta ideas acertadas, como por ejemplo la transición entre los dos primeros actos (en una escenografía de Lisetta Bucellato), pero rompió varias escenas cruciales creando un anticlímax a su alrededor: cítense los movimientos (graciosísimos por otra parte) de los camareros en constante vaivén alrededor de Violetta y Germont en la última parte (la más dramática) de su diálogo y la escenificación digna de un dramón barato alrededor de la frase “Amami Alfredo!”.  * Jaume ESTAPÀ, corresponsal en Francia de ÓPERA ACTUAL

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