CRÍTICAS
NACIONAL
Un tridente magníficamente avenido para un 'Werther' que se resiste a la rutina
Barcelona
Gran Teatre del Liceu
Massenet: WERTHER
Reparto alternativo
Matthew Polenzani, Elmina Hazan, Carlos Daza, Leonor Bonilla, Stefano Palatchi, Enric Martínez-Castignani, Josep Fadó, Cristòfol Romaguera, Marta Esteban. Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu. Cor Vivaldi-Petits Cantors de Catalunya. Dirección musical: Henrik Nánási. Dirección de escena: Christof Loy. 6 de mayo de 2026.
Programar diversos repartos es una fórmula que ayuda a engrosar la oferta de funciones y amortiza en parte el coste de las producciones, pero en algunas ocasiones la fortuna y un buen instinto programador rescatan al aficionado de la rutina operística para permitirle apreciar uno de los encantos más delicados que posee este género: la dimensión caleidoscópica de ciertos personajes del repertorio, dotados de una riqueza y una complejidad que a menudo supera y trasciende la misma imaginación de sus creadores. Werther es uno de ellos, y Matthew Polenzani, a sus 58 años, es un tenor lírico con la personalidad artística y la madurez interpretativa necesarias para hacer olvidar provisionalmente al público del Gran Teatre del Liceu, en una gran noche de ópera, el esplendor vocal que exhibió Xabier Anduaga en su esperado debut el día anterior.
Maravillosamente auspiciado por la producción de Christof Loy y por la batuta de Henrik Nánási, el tenor norteamericano construyó un Werther fascinante, perturbado y trastornado, que con una apariencia casi decrépita y un fraseo envenenado rompe todas las costuras del héroe romántico tradicional y se sitúa de lleno en una visión moderna y refrescante, en las antípodas de los referentes más cursis del rol; armado con una inteligencia artística afilada, se lo lleva a su terreno hasta el punto de convertir el estado actual de su voz en un poderoso recurso expresivo, con una línea marcada por el salto entre registros y un agudo oscilante y falto de lustre que aún se proyecta con autoridad. Así, hace suya la función desde el soliloquio final del segundo acto, extraordinariamente articulado, hasta el agonizante dúo final, período durante el cual se convierte en el carcelero tiránico de esa asfixiante prisión mental en que Loy convierte la casa del Alcalde. La propuesta escénica se revela como la de un gran hombre de teatro, en la cual sus señas de identidad brillan con todo su esplendor: el thriller psicológico y el minimalismo escénico, recurso, este último, con el que consigue lo más esencial en el teatro, la preeminencia de la figura, del rostro y del gesto.
Pero no hubiera sido posible cerrar el círculo sin una dirección musical coherente y sensible con esta visión de la obra como lo fue la del maestro húngaro Henrik Nánási, con una lectura sin duda atmosférica, que consiguió envolver con riqueza tímbrica el calvario psicológico que se iba hilando sobre el escenario y con una progresión dramática especialmente apreciable en un tercer y cuarto actos (aquellos que sustentan la ópera) ejecutados sin solución de continuidad.
Acompañó a Polenzani la Charlotte de la mezzo de Azerbaiyán Elmina Hazan, que debutaba en el Liceu y que todo augura que será esta la primera de muchas noches en la casa, porque con su radiante juventud (25 años) cuenta con unos medios canoros impecables y sabe llenar la escena con una prestancia actoral simplemente cautivadora; por el momento cuenta con un instrumento algo asopranado y no precisamente grande, pero que sabe imponerse, no obstante, con rotundidad dramática cuando la ocasión lo requiere.
Completaron el cuarteto protagonista el catalán Carlos Daza con un Albert elegante y enteramente cómplice con la idea de Loy, del mismo modo que la soprano Leonor Bonilla, con una entregada Sophie. El resto del elenco, de gran mérito, era el mismo del primer reparto ya reseñado en ÓPERA ACTUAL (ver este enlace). * Ferran VILA I RIERA, corresponsal en Barcelona de ÓPERA ACTUAL
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