Canciones rusas de despedida

Madrid

06 / 10 / 2021 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

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semenchuck-operaactual-cndm-zarzuela (1) Ekaterina Semenchuck y Semjon Skigin en un momento del recital © Teatro de La Zarzuela / Rafa MARTÍN
semenchuck-operaactual-cndm-zarzuela (1) Ekaterina Semenchuck cantó Glinka y Mussorgski © Teatro de La Zarzuela / Rafa MARTÍN
semenchuck-operaactual-cndm-zarzuela (1) Ekaterina Semenchuck y Semjon Skigin en un momento del recital © Teatro de La Zarzuela / Rafa MARTÍN

Centro Nacional de Difusión Musical

Recital de EKATERINA SEMENCHUCK

XXVIII Ciclo de 'Lied'

Obras de Glinka y Musorgski. Semjon Skigin, piano. Teatro de La Zarzuela, 3 de octubre de 2021.

Escuchar a Glinka en Madrid resulta algo exótico, y eso que el compositor ruso adoraba España y sus óperas tienen un atractivo y un gancho popular indudable. Por eso fue una gran idea abrir el nuevo ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) en el Teatro de La Zarzuela con un conjunto de canciones casi inéditas aquí, el titulado Despedida de San Petersburgo. No conforman propiamente un ciclo, a la alemana, y son más bien un conjunto de estampas sentimentales y costumbristas, amables y variadas, sin ambiciones trascendentes ni sublimes. Eso sí, van más allá de la canción de salón y permiten comprobar la sutileza y la variedad de registros del gran músico que fue Glinka y, más en particular, la capacidad de un cantante para ir más allá de lo simplemente agradable.

"Voz muy hermosa, como bien sabe el público de Madrid por sus actuaciones en el Real y en este mismo ciclo, amplísima de registro, que se complace en las zonas graves y despliega muy delicadas sutilezas en filados y adornos"

Ekaterina Semenchuk, la gran mezzo bielorrusa –que estudió en San Petersburgo– tiene la voz y el temperamento ideales para este cometido. Voz muy hermosa, como bien sabe el público de Madrid por sus actuaciones en el Real y en este mismo ciclo, amplísima de registro, que se complace en las zonas graves y despliega muy delicadas sutilezas en filados y adornos. Del ciclo destaca La alondra, una pieza lírica bien conocida en Rusia, que requiere una peculiar intensidad y amplitud  poéticas; A Molly, de un bel canto predecesor de Chaikovsky y de algún momento de las óperas del propio Glinka; una Canción de cuna que recrea sentimientos y modos musicales muy finos, estupendamente interpretados por Semenchuk; un Bolero incandescente, muy propio de una fantasiosa España romántica y una preciosa fantasía morisca en la que el denso y resplandeciente instrumento de la mezzo recreó un exotismo oriental tan ruso como español. Muy buena música, magníficamente interpretada.

La atmósfera cambió del todo en la segunda parte, con los cuatro Cantos y danzas de la muerte, de Musorgski, cargadas, como es bien sabido, de dolor, de ironía trágica y, por momentos, de espanto. Aquí Semenchuk sacó a relucir la espléndida variedad que le permite su voz, pero también su temperamento teatral, necesario en estas microescenas casi operísticas, narradas en un recitativo con rachas de melodismo popular que le confieren una peculiar humanidad. Nadie echó de menos la voz de bajo, que es la que suele abordar este ciclo, y Semenchuk recibió la ovación que se merecía. El pianista Semjon Skigin acompañó con eficacia, y tocó un Chaikovski y un Rachmaninov encantadores, que supo poner en valor en lo que tienen de pura música para piano. La preciosa Romanza española de Bizet puso fin a las propinas, que incluyeron –algo casi obligado, aunque no del todo imprescindible– la Habanera del mismo compositor.  * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL