Madrid: El trovador y la muerte

08 / 07 / 2019 - Jose María MARCO - Tiempo de lectura: 3 minutos

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La puesta en escena de Francisco Negrín encerró la trama de la ópera de Verdi en un cubo de hormigón armado y jugó con las alegorías sobre la muerte © Teatro Real / Javier DEL REAL
La puesta en escena de Francisco Negrín encerró la trama de la ópera de Verdi en un cubo de hormigón armado y jugó con las alegorías sobre la muerte © Teatro Real / Javier DEL REAL
La puesta en escena de Francisco Negrín encerró la trama de la ópera de Verdi en un cubo de hormigón armado y jugó con las alegorías sobre la muerte © Teatro Real / Javier DEL REAL
La puesta en escena de Francisco Negrín encerró la trama de la ópera de Verdi en un cubo de hormigón armado y jugó con las alegorías sobre la muerte © Teatro Real / Javier DEL REAL
La puesta en escena de Francisco Negrín encerró la trama de la ópera de Verdi en un cubo de hormigón armado y jugó con las alegorías sobre la muerte © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Verdi: IL TROVATORE

Francesco Meli, Maria Agresta, Ekaterina Semenchuk, Ludovic Tézier, Roberto Tagliavini, Cassandre Berthon, Fabián Lara, Moisés Marín. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección: Maurizio Benini. Dirección de escena: Francisco Negrín. 3 de julio de 2019.

El lugar común quiere que el argumento de Il Trovatore sea incomprensible, como desaforadamente melodramático parece ser el original de García Gutiérrez. La verdad es que si así fuera es difícil comprender por qué Verdi se fijó en esta obra, que desarrolla dos acciones simultáneas: la una basada en la venganza y la otra en el amor, un amor imposible, como sabe bien Leonora, el más melancólico de los personajes femeninos verdianos.

Dio vida al personaje, en esta nueva aparición del gran título en el Teatro Real, Maria Agresta, quien lució una voz limpia, expresiva, luminosa, con fácil llegada a los agudos, lo que compensó algún problema –poco importante, por otro lado- en las agilidades. Muy convincente en la actuación, como lo estuvo la Azucena de Ekaterina Semenchuk, que plantó una Azucena muy interiorizada y dramática, pero no para paliar la falta de medios, como a veces ocurre, sino para complementar estos, extraordinarios, de graves profundos y solvencia sobrada en el registro agudo, con un hermosísimo color oscuro.

Estupendo también el Luna de Ludovic Tézier, con un instrumento homogéneo, lírico y profundo a la vez, con un legato impecable y un fraseo exquisito con los que logró un gran retrato del implacable, pero perdidamente enamorado Conde. El Manrico de Francesco Meli presentó una voz cálida, precisa, fluida, consistente, de gran envergadura también, aunque le faltó algo de dramatismo interno, lo que paradójicamente se dejó notar en la esperada exhibición de “Di quella pira”, que resolvió con soltura, a falta de una más completa convicción. Muy bien, en cualquier caso.

© Teatro Real / Javier DEL REAL

Francesco Meli como Manrico junto a la Azucena de Ekaterina Semenchuk

Fue un lujo –que se agradece– el Ferrando de Roberto Tagliavini, sobrado de técnica y de sensibilidad en su crucial parlamento. Excelentes los demás. La Orquesta Titular del Teatro brilló a gran altura, en una obra exigente por la precisión y la economía de medios, aunque la dirección de Maurizio Benini, que osciló entre el gran despliegue en los coros y cierta morosidad en otras ocasiones, no logró transmitir la tensión que debe electrizar la obra de la primera nota a la última. Bien el Coro Titular.

La puesta en escena de Francisco Negrín, con toda la acción encerrada en un cubo como de hormigón armado, aportaba pocas cosas, salvo convertir a los gitanos y a la tropa en zombies en una alegoría sobre la muerte que funcionaba a ratos, como el fuego, demasiado domesticado. Todo eso contribuyó a que faltara el punto de exaltación total que Il Trovatore ha de transmitir. Gran éxito, en cualquier caso, y una buena función para terminar la temporada.