CRÍTICAS
INTERNACIONAL
La Bayerische retoma el ‘Ring’ de Kratzer y Jurowski con una espléndida ‘Die Walküre’
Múnich
Bayerische Staatsoper
Wagner: DIE WALKÜRE
Nueva producción
Joachim Bäckström, Ain Anger, Nicholas Brownlee, Irene Roberts, Miina-Liisa Värelä, Ekaterina Gubanova. Dirección musical: Vladimir Jurowksi. Dirección de escena: Tobias Kratzer. Nationaltheater, 1 de julio de 2026.
La espera ha sido larga (20 meses), pero por fin Múnich ha continuado con su esperada nueva producción de Der Ring des Nibelungen con una Die Walküre que ha inaugurado por todo lo alto el festival con el que la Bayerische Staatsoper cierra su temporada (ver crítica de Das Rheingold en este enlace). Tobias Kratzer mantiene las grandes líneas interpretativas expuestas en Das Rheingold, profundizando en la reflexión sobre mortalidad e inmortalidad, el principal hecho diferencial entre los personajes, y cómo esta característica afecta la gestión de traumas de humanos y dioses. Con una estética narrativa cercana a un thriller cinematográfico, el director alemán combina una dirección de actores minuciosa con una habilidad remarcable para unir hilos argumentales, sin renunciar a alguna sorpresa argumental, en una trama que bien podría titularse La derrota de Wotan o La venganza de Fricka.
Como en el prólogo de esta Tetralogía que podrá verse en el Liceu barcelonés, buena parte del impacto es fruto de los brillantes diseños de vestuario (la contemporánea cotidianidad de los humanos frente a las túnicas medievales de dioses y valquirias) y escenografía de Rainer Sellmaier, con la iluminación de Michael Bauer envolviéndolos en una noche sugestiva a la vez que amenazante. El primer acto se sitúa en un chalet alpino en medio del bosque, una estructura giratoria donde mora Hunding, un fervoroso creyente del panteón divino, con una reproducción a pequeña escala del altar que presidía Das Rheingold, y su sometida esposa. La creciente pasión entre Sieglinde y Siegmund está bien delineada, con la joven destrozando el altar antes de huir con su hermano bajo la mirada de los cuervos de Wotan. No en balde, en la parte superior se proyectan de forma intermitente escenas en blanco y negro de la infancia en el bosque con sus padres, una etapa truncada bruscamente por un terrible incendio.
La primera escena del segundo acto sucede en la misma casa, con Fricka eviscerando con fruición el carnero que Hunding le había ofrecido antes, una actividad sanguinaria con la que refuerza la victoria dialéctica sobre su infiel esposo. Con una ingeniosa transformación del decorado, Wotan se confiesa ante su hija frente a una iglesia dedicada a su culto y vandalizada por punks como Alberich. La inmortalidad es una losa cada vez más pesada para el padre de los dioses, incapaz de morir pese a acuchillarse con rabia para dejar atrás sus cuitas, añorando el tiempo en que fue feliz con su familia en el bosque. Y es a este bosque donde huyen Siegmund y Sieglinde, hasta llegar, en un magistral golpe de efecto de Kratzer, a los restos calcinados de la cabaña de su infancia. Huida trágica que acaba con la muerte del volsungo, y una fugaz reunión de Wotan con sus hijos, antes de que el dios liquide con su lanza a un Hunding postrado en devoción ante Fricka.
El humor que caracterizaba el prólogo estaba bastante ausente de esta primera jornada del Anillo hasta la célebre cabalgata, con un video que sigue las valquirias recogiendo cadáveres a caballo o helicóptero por media Múnich, para llevarlos hasta el Nationaltheater, ante la mirada atenta de un hombre encapuchado y un bebé (Alberich y Hagen, ¿quién si no?). El regocijo de los espectadores se incrementó al levantarse la pantalla y mostrar uno de los salones del propio teatro, donde las valquirias limpian los cadáveres para convertirlos en un ejército de zombis. El hiperrealismo de Kratzer a veces peca de prosaísmo (nadie esperaba una roca, pero un triste colchón para la dormición de Brünnhilde sabe a poco), pero las buenas intuiciones dramáticas se mantuvieron a buen ritmo en la confrontación final entre la hija y un padre que le muestra con un cuchillo que ya no es inmortal. La tristeza de Wotan aumenta con la reaparición de Loge (nada de fuego mágico, sólo una vela) y Fricka. En una nueva vuelta de tuerca, se descubre quiénes fueron los responsables del incendio de la cabaña, con la diosa dejando a los pies de su marido la piel del lobo, último vestigio de una felicidad perdida para siempre.
La Bayerische Staatsoper está apostando por una nueva generación de cantantes wagnerianos, con un éxito más que notable en esta Walküre. Joachim Bäckström fue un Siegmund de recio heroísmo y canto apasionado, en perfecta sintonía con la Sieglinde de Irene Roberts, de voz carnosa, capaz tanto de delicadas gradaciones como de fáciles expansiones, y de un lirismo desbordante. El más veterano Ain Anger no necesitó de efectos vociferantes para ser un amenazador Hunding.
La Brünnhilde de Miina-Liisa Värelä desplegó registros bien equilibrados en una encarnación valiente que alcanzó altas cotas de intensidad en su autoafirmación ante Wotan, un Nicholas Brownlee de inagotables recursos vocales al servicio de un dios muy humano en sus reacciones; el cantante norteamericano confirma una vez más su estatus como uno de los bajos barítonos de referencia de la actualidad. Pese a cierta debilidad en el registro grave, Ekaterina Gubanova caracterizó a la perfección a la altiva Fricka, mientras que el octeto de valquirias, algo desigual a nivel individual, funcionó mejor como conjunto.
Desde el podio y ante una orquesta excelente, Vladimir Jurowski volvió a ofrecer un Wagner sin grasa sonora superflua, con una claridad en las texturas instrumentales para nada reñida con la brillantez sonora (tras un primer acto envolvente, en los actos segundo y tercero acentuó la dimensión épica del discurso) y con tiempos elásticos que contraponían urgencias irresistibles con meandros ensimismados. El listón del Ring de Múnich se mantiene en lo más alto para la finalización del ciclo en la próxima temporada. * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL
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