CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Los dioses suben al altar de la Bayerische
Múnich
Bayerische Staatsopre
Wagner: DAS RHEINGOLD
Nueva producción
Nicholas Brownlee, Sean Panikkar, Markus Brück, Matthias Klink, Matthew Rose, Ekaterina Gubanova. Dirección musical: Vladimir Jurowski. Dirección de escena: Tobias Kratzer. Nationaltheater, 31 de octubre de 2024.
Múnich, por tradición y estatus en el panorama internacional, no podía quedarse al margen de la ola de nuevas producciones de Der Ring des Nibelungen que se extiende por toda Europa –de Londres a Bruselas, pasando por Milán o París–, pese a que la Bayerische Staatsoper se lo tomará con más calma y no culminará su Tetralogía hasta 2027. Por otro lado, entre los alicientes está tener como director musical del teatro una figura de la categoría de Vladimir Jurowski y haber fichado uno de los directores de escena más en boga de los últimos años, Tobias Kratzer, un nombre que, además, suele ser garantía de espectáculo vistoso y, por qué no, entretenido. Das Rheingold no ha sido una excepción.
Kratzer reconoce querer alejarse de la tradición de lecturas de carácter sociopolítico que han frecuentado el Anillo para centrarse en cuestiones metafísicas, como la mortalidad y la inmortalidad, focalizadas en las dos figuras antagónicas de Wotan y Alberich, y, de forma derivada, en el papel de la religión en la sociedad actual. La propuesta comienza en la penumbra total, incluso el foso de la orquesta mientras ataca los primeros compases del preludio, y de la oscuridad surge una figura ante una pintada: “Gott ist tot”, “Dios ha muerto”, la célebre fórmula de Nietzsche. Es Alberich, un punk envejecido cuya pulsión suicida es interrumpida por tres chicas con poderes mágicos, las hijas del Rin (Kratzer sitúa la historia en una contemporaneidad alternativa, donde la magia existe). Con violencia, Alberich se hace con el oro, una sustancia brillante que se esconde bajo el suelo de la catedral gótica que servirá de decorado giratorio para tres de las cuatro escenas.
La contraposición visual con los dioses es flagrante, todos ellos vestidos con túnicas medievales, Wotan no solo con la lanza, también con el casco alado que marcaba la tradición de hace décadas. El anillo es el vehículo para conectar los dos protagonistas, pese a sus intenciones contrapuestas: el nibelungo mortal lo utiliza para hacer realidad su nihilista sueño destructivo, el dios inmortal lo desea para afianzar su lugar en un mundo que le da la espalda. La segunda escena se desarrolla en un andamio de obras tras un altar bien alto, obra de los gigantes, que aquí son dos sacerdotes que exponen ante Wotan su infalible (y carísimo, el precio es Freia) plan de marketing. Kratzer hace honor a Loge, una de las figuras más fascinantes del prólogo de la Tetralogía, observador atento de todo lo que acontece (ya ha sido testigo del encuentro de Alberich con las hijas del Rin) y que ofrece a Wotan una alternativa: el robo del anillo. Un brillante vídeo acompaña el viaje de los dos dioses hacia el Nibelheim, o, más bien, hacia el mundo exterior, un trayecto que Kratzer trufa, como en todo el montaje, de detalles humorísticos (por ejemplo, Wotan intenta pasar con la lanza por el control de seguridad de un aeropuerto).
El destino final es una casa suburbial con un garaje como el que aparece en infinidad de películas norteamericanas (los ecos cinematográficos no están ausentes del montaje), un espacio repleto de armas y ordenadores desde el cual, y con la colaboración de un Mime con aspecto de nerd tecnológico, Alberich reúne sus huestes digitales. Como en la primera escena, Kratzer no rehúye emplear trucos escénicos como el humo para acompañar momentos de magia como las transformaciones de Alberich, primero como una enorme serpiente (que acaba con el pobre perro de Mime), después como una rana que, una vez capturada, será uno de los elementos hilarantes del video que muestra el regreso de Wotan y Loge. Kratzer exacerba la confrontación entre el dios triunfante, ahora con traje de ejecutivo, y el nibelungo humillado hasta el extremo de la desnudez total. En otra imagen potente, los dioses amontonan a toda velocidad el tesoro bajo los pies de Freia para impedir que perezca ahorcada por Fafner. Queda la última pieza, el anillo, que Wotan solo cederá ante la visión invocada por Erda, una imagen a cámara lenta adelante y atrás del infierno que le espera al dios si se queda con la joya.
El último, y principal, golpe de efecto lo reserva Kratzer para el final. Una vez Fafner líquida, fusil en mano, a Fasolt, Donner retira el plástico que cubría un gigantesco altar gótico, donde, pese al trauma sufrido por Freia, todos los dioses ocuparán su puesto, Wotan presidiendo en el centro, en toda su gloria nórdica. Lejos quedan los lamentos de las hijas del Rin y los comentarios lúcidos de Loge, mientras la catedral se llena de feligreses. ¿O son admiradores de un arte que en no pocas ocasiones sirve de substituto de la religión?
Al éxito del montaje contribuye no poco la magnífica escenografía de Rainer Sellmaier, responsable también de un vestuario que contrapone una prosaica contemporaneidad con las túnicas de los dioses, así como la iluminación precisa de Michael Bauer y el virtuosismo visual de los tres realizadores de los vídeos. Será interesante ver hacia dónde evoluciona la propuesta de Kratzer; la primera entrega, al menos, aporta, junto a una cantidad ingente de detalles de dirección, entre reveladores e ingeniosos, muchos elementos para la reflexión, bien envueltos por una indiscutible habilidad teatral.
Al frente de la fantástica orquesta del teatro muniqués, Vladimir Jurowski prefiere la clara diferenciación de los planos tímbricos a una masa sonora opulenta. De esta manera, la articulación nítida de la cuerda, el sonido jugoso de la madera y la solidez del metal (descontando pequeñas escorias) conviven en paralelo y de forma simultánea con resultados fascinantes. La batuta de Jurowski siempre está atenta a la clara exposición del texto, adoptando tiempos de gran flexibilidad (más urgentes de lo habitual en no pocas ocasiones). Una mirada, si se quiere, más analítica, que rehúye los excesos bombásticos de páginas como la entrada de los dioses al Walhalla pero que, a cambio, ilumina muchos aspectos de la partitura wagneriana.
Tres nombres descollaron en un equipo vocal convincente en líneas generales. Para su primer Wotan, Nicholas Brownlee aportó una voz rica en armónicos, de extensión sobrada y fuerzas inagotables para un padre de los dioses autoritario y, a la vez, no carente de reacciones infantiles. Con el tiempo, sin duda, su canto, caracterizado por buen legato, ganará en matices. Vestido de negro como un filósofo existencialista, fumando sin cesar, el versátil y sorprendente Sean Panikkar fue un Loge de voz firme, traduciendo de la forma más apropiada la doble naturaleza, sagaz e irónica (sin olvidar la faceta manipulativa) del dios del fuego. A Markus Brück le faltaba mordiente vocal, sobre todo en el registro grave, y la fatiga se notaba en la maldición del anillo. Pero estas objeciones quedan del todo arrinconadas ante la entrega física sin reservas, hasta la desnudez total, del barítono alemán en un Alberich tan desesperado como venenoso.
Ekaterina Gubanova fue una Fricka de canto aplicado, algo que no fue suficiente para disipar la sensación que el personaje quedaba algo desdibujado, completando el apartado de dioses un rústico Donner (Milan Siljanov), un mate Froh (Ian Koziara) y una Freia algo ácida (Mirjam Mesak). Punto y aparte merece Erda, una Wiebke Lehmkuhl de timbre profundo y canto magnético. Matthias Klink fue un Mime de manual, el color noble del Fasolt de Matthew Rose contrastaba con la negrura del malévolo Fafner de Timo Riihonen, y Sarah Brady (Woglinde), Verity Wingate (Wellgunde) y Yaije Zhang (Flosshilde) fueron unas hijas del Rin de voz refrescante y bien conjuntadas. Para la continuación, habrá que esperar a la temporada 2025–2026. * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL
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