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Joan Laínez, tenor: "Radamès es uno de esos papeles que un tenor imagina y sueña durante mucho tiempo"
Considerado una de las voces españolas emergentes más prometedoras del repertorio lírico-spinto, el tenor mallorquín Joan Laínez continúa consolidando una carrera en rápida expansión en los principales teatros españoles e internacionales. Afronta a finales de junio de los compromisos más importantes de su carrera con su debut en el Teatro de La Maestranza de Sevilla como Radamès en Aida, mientras prepara una intensa agenda que incluye nuevos roles el próximo curso como Des Grieux en Manon Lescaut, Števa en Jenůfa y su esperado debut en el Gran Teatre del Liceu con Schiava e Regina de Lluïsa Casagemas.
Joan Laínez ya ha incorporado a su repertorio personajes como Pollione, Don José, Pinkerton, Turiddu o Canio, además de actuar en escenarios como el Teatro Real, el Campoamor de Oviedo, Ópera de Tenerife o el Teatre Principal de Palma. Ahora llega el turno de Radamès de Aida en el Teatro de La Maestranza de Sevilla, en las funciones del reparto alternativo de los días 24 y 27 de junio, en una nueva producción de Paco Azorín. En este nuevo montaje el tenor mallorquín regresa a un personaje que ha ido madurando desde su debut en Oviedo en 2024 y que considera uno de los mayores desafíos del repertorio verdiano.
¿Qué tiene de interesante este rol y qué diferencias encuentra entre las producciones de Oviedo y Sevilla en el tratamiento del personaje? Radamès me interesa porque, para un tenor, es uno de esos papeles que uno imagina y sueña durante mucho tiempo. Llegar a cantarlo ya es un momento muy importante en una carrera, y yo tengo la suerte de haberlo podido hacer primero en Oviedo y ahora de volver a él en el Teatro de La Maestranza. Es un personaje que te pide muchísimo, vocal e interpretativamente, y además estamos hablando de un Verdi maduro y de una de las óperas más conocidas del mundo, con todo lo que eso implica. Las dos producciones son muy distintas: en Oviedo estábamos en un Egipto de película, casi el Egipto de Cleopatra, de Tutankamón, de grandes estatuas de dioses y de una imagen muy cinematográfica; en Sevilla, Paco Azorín se va mucho más hacia lo que le pasa por dentro a Radamès, no tanto hacia la imagen grandiosa de Egipto.
Vocalmente, Radamès es un rol verdiano por excelencia, temido por sus agudos sostenidos y su exigencia en el control del fiato. ¿Cuáles son los pasajes que más respeto imponen y cómo los trabajas? ¿Qué te voy a contar de Radamès que no se haya dicho ya? Lo que más me preocupa no son solo los agudos. Claro que están ahí y hay que tenerlos, pero lo difícil es aguantar toda la ópera sin perder el control ni la voz. Muchas veces se habla de “Celeste Aida”, y es normal, porque sales prácticamente al inicio de la ópera, casi sin haberte quitado todavía los nervios de la levantada del telón, y ya tienes que cantar una de las arias más expuestas del repertorio. Pero cuando terminas esa aria todavía queda toda la ópera por delante, y luego llega un tercer acto durísimo. Para mí Radamès no se puede cantar desde la fuerza todo el tiempo: hay que administrar mucho, respirar bien y saber guardar. Si te pasas, no llegas al final.
Radamès está desgarrado entre amor, deber y patria. ¿Cómo ha preparado psicológicamente estos aspectos y cómo los gestionas emocionalmente en escena? Es un hombre con ambición, pero no una ambición superficial. Es un general, alguien que ha trabajado para llegar a ese lugar y que sabe que ocupar esa posición implica renunciar a muchas cosas. Quiere estar a la altura de Egipto, de su ejército y de lo que se espera de él, pero al mismo tiempo está enamorado de Aida, que es una esclava y pertenece al pueblo enemigo. Ahí empieza su gran conflicto: cómo seguir siendo ese general que todos esperan y, al mismo tiempo, no perder a Aida. Creo que, cuando lo nombran general y aparece toda esa invocación casi religiosa y militar, empieza a asustarle la situación en la que se está metiendo. En escena intento que se vea eso: no un héroe perfecto ni alguien que lo tiene todo claro, sino un hombre que empieza a comprender el precio real de lo que desea.
© Ópera de Oviedo Joan Laínez en su debut como Radamès en Oviedo en 2024
La célebre “Celeste Aida”, que siempre coge frío al tenor, es una declaración de amor, pero también un sueño de gloria militar. ¿Dónde pone el acento dramático en esta aria? Pongo el acento en la fantasía que Radamès construye en ese momento. En “Celeste Aida” todavía no mide las consecuencias de lo que está deseando: imagina la victoria, el reconocimiento y, como premio de todo eso, el amor de Aida. Cree que puede ganar la guerra y conservarla a ella, como si las dos cosas pudieran convivir sin romper nada. Cuando habla de hacerla reina de su corazón, de ese “trono vicino al sol”, para mí no es solo una frase amorosa: también está proyectando sobre Aida su propio sueño. Él todavía no está pensando en lo que ella puede sentir, sino en lo que él quiere conseguir. Y ahí está la fragilidad del aria: canta un ideal que todavía no sabe cómo se va a deshacer.
Llega al Maestranza, ante un público exigente y de gran tradición operística, con un título popular. ¿Qué tiene de especial estas funciones para ti? Lo estoy viviendo con muchas ganas. El Maestranza impone, y con Aida no hay mucho margen para esconderse: el público la conoce muchísimo. Los ensayos son muy intensos, porque es una producción nueva y porque estamos ante una Aida muy diferente a la imagen clásica de grandes esculturas, pirámides y monumentalidad. Aquí todo es mucho más humano, más desnudo, y eso te obliga a estar muy dentro de lo que está pasando. Estas funciones son especiales para mí porque suponen mi debut en el Teatro de La Maestranza y porque vuelvo a Radamès, un personaje que ya he interpretado y que he ido madurando durante este año y pico desde que lo canté por primera vez.
© Ópera de Oviedo Joan Laínez en su debut como Radamès en Oviedo en 2024
En tu agenda próxima hay roles muy distintos: Steve en Jenufa, Des Grieux en Manon Lescaut, Marcellus en Hamlet, zarzuela (Los Gavilanes) y el Réquiem de Verdi. ¿Cómo afronta ese cambio de registro estilístico constante? Lo vivo como una locura bonita. Casi todo lo que viene ahora es repertorio nuevo para mí, así que cada papel me obliga a sentarme otra vez con la partitura y empezar casi desde cero. Pasar de Janáček a Puccini, de Verdi a la zarzuela o al Réquiem te obliga a cambiar la cabeza, el idioma, la manera de decir el texto y la energía con la que entras en escena. Vocalmente intento no cambiar la base: lo que cambia es el color, la intención, la palabra, el estilo. Pero la voz tiene que seguir siendo la mía. Ahí David Menéndez está siendo muy importante para ordenar este momento.
¿Nota que su voz ha evolucionado en color, resistencia o peso en los últimos años? ¿Qué está trabajando técnicamente ahora mismo? No sé si diría que la voz ha cambiado muchísimo. Lo que sí noto es que ahora tengo mucho más control sobre ella. Antes la sentía un poco como un caballo desbocado: había voz, había energía, pero no siempre sabía cómo administrarla. Ahora la siento más domada, más en su sitio. No porque haya perdido fuerza, sino porque puedo decidir mejor qué hacer con ella.
En abril de 2027 debuta en el Liceu con Schiava e Regina, de Lluïsa Casagemas. ¿Qué significa ese debut y cómo prepara una obra tan poco conocida?
El debut en el Liceu me emociona muchísimo. Recuerdo que hace unos años paseaba por las Ramblas con unos amigos y, medio en broma, medio como un deseo, les dije: “Algún día cantaré aquí”. Y ahora va a pasar. Me sigue pareciendo una locura. Además, no es solo debutar en el Liceu: es hacerlo con Schiava e Regina, recuperando una ópera de Lluïsa Casagemas, una compositora catalana cuya obra finalmente se va a estrenar allí. Por lo que he visto y por lo que comentó Víctor Garcia de Gomar, es una escritura muy exigente para el tenor, así que habrá que trabajarla desde la partitura y con mucho respeto.
Acaba de salir al mercado el disco L’Alè del record, un nuevo ciclo de Lied de Joan Manau. ¿Cómo presentaría esta música, tan diferente de tu repertorio operístico? ¿Qué explican los poemas de Feliu Formosa? L’Alè del record no tiene nada que ver con una gran producción de ópera, pero tampoco lo siento como algo ajeno. En el fondo también estás contando una historia, casi como un monólogo interior: tú, el piano y la palabra. Los poemas de Feliu Formosa parten del recuerdo de Maria Plans, su primera esposa, que murió muy joven. Van apareciendo recuerdos, frases, imágenes… como cuando uno recuerda a alguien que ya no está y no lo hace en orden, sino como le viene. Y para mí, que vengo también del piano, eso es muy bonito: no puedes esconder nada. Todo se ve.
Su carrera se ha consolidado de manera más pausada que la de otros tenores, pero con pasos muy seguros y roles difíciles. ¿Cómo lo ha vivido a nivel personal? Yo no siento que esto haya ido tan pausado. A veces me pellizco para ver si todo esto que está pasando de verdad. Hace cuatro años empecé cantando frases de partiquino y ahora, en mi quinto año como cantante, estoy afrontando personajes como Radamès, Don José, Števa o Des Grieux. Lo vivo con mucha ilusión, con sorpresa y también con un punto de vértigo: ¿quién me iba a decir a mí que en tan poco tiempo estaría en teatros como el Maestranza, Oviedo, el Real, A Coruña, Ópera de Tenerife, el Teatre Principal de Palma o Òpera de Catalunya, o que me escucharían en Italia, Austria o Francia? Es muy bonito, pero también te obliga a estar muy despierto y muy preparado, porque cuando llegan estas oportunidades no puedes tomarlas como algo normal.
Qué papeles o repertorio aspira a cantar en el futuro? ¿Qué personajes le hacen especial ilusión y por qué? Me hacen mucha ilusión personajes como Don Carlo y Don Álvaro, y también Calaf. Pinkerton ya lo canté en Italia, pero me gustaría volver a encontrarme con ese papel en otro momento de mi carrera. También tengo muchas ganas de volver a Turiddu y a Canio, roles que ya he trabajado y que me gustaría seguir haciendo crecer. Y, mirando un poco más hacia el futuro, hay papeles que uno tiene ahí como grandes deseos, como Andrea Chénier o incluso atreverse algún día con Otello. Me hacen ilusión porque son músicas increíbles, roles que todo tenor quiere cantar alguna vez en su vida y, sobre todo, por la maravilla que son esas obras. Pero todo eso tiene que llegar con cabeza, en el momento adecuado y con la voz preparada para poder defenderlo bien.– ÓA
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