CRÍTICAS
INTERNACIONAL
El renacimiento de 'Lohengrin'
Roma
Teatro dell'Opera
Wagner: LOHENGRIN
Nueva producción
Jennifer Holloway, Ekaterina Gubanova, Dmitry Korchak, Tómas Tómasson, Clive Bayley, Andrei Bondarenko. Dirección musical: Michele Mariotti. Dirección de escena: Damiano Michieletto. 27 de noviembre de 2025.
Lohengrin no se representaba en el Teatro dell’Opera de Roma desde hacía 50 años. Pero en los 100 anteriores se programaba cada cuatro o cinco cursos y, para interpretar al protagonista, se llamaba a los más célebres tenores italianos, como Beniamino Gigli o Aureliano Pertile, pero también al catalán Francesc Viñas. No fue, por tanto, casual que esta vez se escogiera como director musical, director escénico y protagonista a tres debutantes en Wagner: Michele Mariotti, Damiano Michieletto y Dmitry Korchak. La intención era liberar el Lohengrin de los pesados condicionamientos de la antigua tradición wagneriana, ya en crisis incluso en la propia Alemania, y devolverlo a sus orígenes, porque fue compuesto entre 1846 y 1848 y su primera ejecución tuvo lugar en 1850, cuando aún no existían las poderosas, estentóreas y rígidas voces que hoy se acostumbran asociar con Wagner, ni tampoco el “foso místico” del teatro de Bayreuth.
Podía parecer arriesgado confiar el papel de Lohengrin a Dmitry Korchak, conocido sobre todo como cantante rossiniano y que solo en los últimos años se ha aventurado esporádicamente en algunos roles de tenor lírico, como Werther, el Duque de Mantua y Alfredo Germont. La voluntad de otorgarle al héroe de esta ópera romántica un canto más medido y lleno de matices fue encomiable, pero en el primer acto Korchak mostró cierto esfuerzo; en cambio estuvo cómodo en el tercero, sobre todo en la gran escena de amor de la cámara nupcial, pero también en el momento de la despedida de Elsa, en el célebre “In fernem Land”: aquí puede reconocerse un último vestigio del bel canto, y por ello Korchak se encontró a gusto. Tal vez su paso a Wagner haya sido prematuro, pero aquí su desempeño se mostró sustancialmente positivo.
La soprano estadounidense Jennifer Holloway posee un notable currículum wagneriano, pero no es la típica de la vieja escuela, porque su voz es a ratos frágil y algo engolada; sin embargo, destacó en los momentos en que Elsa oscila entre sueño y realidad, entre felicidad y temor, entre amor y duda: es decir, en las grandes escenas con Ortrud en el segundo acto y con Lohengrin en el tercero.
La Ortrud de la rusa Ekaterina Gubanova resultó ser una figura negra, gélida, expresión de todas las fuerzas del mal: y la suya fue una interpretación superlativa. Su digno compañero fue el Telramund del islandés Tómas Tómasson; pueden tenerse reservas sobre su voz algo áspera y su línea vocal desordenada, sobre su afinación a veces precaria, pero no sobre su creación del personaje, en el que no se vislumbra ni un solo atisbo de humanidad. El barítono británico Clive Bayley es un cantante de clase, cuya voz, ya algo fatigada, se adaptó a la de un anciano noble y benévolo como el rey Heinrich. Excelente el Heraldo del ucraniano Andrei Bondarenko.
La dirección musical de Michele Mariotti liberó a la orquesta wagneriana de las nieblas nibelungas y la convirtió en transparente y luminosa; la expandió en amplias melodías líricas, la recogió en momentos de meditación, la encendió en los enfrentamientos entre los personajes y la exaltó en finales de gloriosa y sensual potencia. Pero lo que más admiración ha despertado es que la orquesta contribuyó siempre de manera determinante a mantener viva la dramaticidad de esta música, incluso en los momentos más estáticos, como en las largas narraciones tan típicas de Wagner.
Damiano Michieletto dejó esta vez casi totalmente de lado sus ideas más extravagantes y firmó una puesta en escena moderna pero lineal y esencial, que resalta la humanidad de los personajes y profundiza en su psicología, sus deseos, sus dudas, sus debilidades, sin borrar las atmósferas fabulosas del antiguo mito germánico evocado por Wagner. Al final el público se mostró entusiasta, con algún disenso aislado hacia Michieletto. * Mauro MARIANI, corresponsal en Roma de ÓPERA ACTUAL
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