CRÍTICAS
NACIONAL
Marina Rebeka y Gustavo Dudamel despidieron en el Liceu el ciclo BCN Clàssic
Barcelona
BCN Clàssics
Pablo MELÉNDEZ-HADDAD
Clausura de la temporada BCN Clàssics
Obras de Maurice Ravel y Richard Struass. Marina Rebeka, soprano. London Symphony Orchestra. Dirección: Gustavo Dudamel. Gran Teatre del Liceu, 10 de mayo de 2025.
Contar con la London Symphony Orchestra (LSO), el maestro Gustavo Dudamel y la soprano Marina Rebeka para despedir temporada, más todavía como un concierto extraordinario en el Liceu, ha sido una demostración de madurez y poderío del ciclo BCN Clàssics, promotora privada que en casi todas sus actividades agota las localidades. Para este encuentro de colosos (al día siguiente, maestro y orquesta ofrecían un segundo concierto en Barcelona, esta vez en el Palau de la Música Catalana) se incluyeron obras de Richard Strauss y Maurice Ravel, este último, homenajeado en el 150º aniversario de su nacimiento.
Tras el poema sinfónico straussiano de juventud, Don Juan, Op. 20, teatral y brillante, la soprano letona Marina Rebeka, que regresaba al Liceu después de haber cantado una intensa y aplaudida protagonista de la Norma belliniana en la temporada liceísta 2021-22 (ver crítica en este enlace) –escenario al que regresará para la gala del Gran Teatre anunciada para el 6 de junio– interpretó una acertada versión del ciclo de mélodies de Ravel Shéhérazade, sobre textos del poeta Tristan Klingsor conformado por “Asie”, “La flûte enchantée” y “L’indifférent”. En las tres canciones, Marina Rebeka volvió a imponerse por fraseo, control del aire y sobre todo un registro agudo maravilloso. El maestro venezolano Gustavo Dudamel, experto comunicador –en toda la velada, por supuesto, sin partituras–, profundizó en ese mar sonoro raveliano que parece venirle tan bien a su extroversión, tanto como el de Strauss. El concertino de la LSO, el solista de flauta (sobre todo, cómo no, en “La flûte enchantée”, maravillosamente matizado) emocionaron por su entrega a pesar del pertinente ataque de tos de la señora de turno, por supuesto, en el momento cumbre de lirismo y delicadeza (los de los estornudos estruendosos son los señores). La cantante estuvo siempre espléndida, pero quizás el maduro y enigmático enfoque brindado a “L’indifférent”, esa canción plagada de misterio sobre un poema tan hermoso como ambiguo, acabó siendo la más bien conseguida de las tres.
Mas allá de su impecable cuerda, siempre empastada y de soberbio sonido, la London Symphony demostró una vez más su tremenda flexibilidad en repertorios que no le son tan afines: impresionante su Rapsodie espagnole de Ravel, aclamada por el público, con una maderas de lujo, aplicando crótalos en la “Malagueña” y con unas trompas de ensueño en la “Habanera”.
Pero así como el punto álgido de la primera parte llegó con Ravel y Marina Rebeka, en la segunda el protagonismo se focalizó en Richard Strauss y la suite de su ópera Der Rosenkavalier, realizada, con aprobación del autor, por Artur Rodziński. Los solistas de oboe, trompa, clarinete y fagot, a cargo de las líneas vocales de los protagonistas, emocionaron en sus partes, cantando maravillosamente las melodías de los protagonistas. Dudamel se lo pasó en grande dando vida a este coloso del sinfonismo que sabe llegar a la esencia de una de las obras maestras absolutas de la lírica del siglo XX. El maestro de Venezuela matizó, contrastó y cargó tintas, pero dejó espacio para la transparencia y para brillar en cromatismos y armonías, consiguiendo un éxito incontestable. * Pablo MELÉNDEZ-HADDAD, jefe de Redacción de ÓPERA ACTUAL
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