Beczala, Rucinski y Rebeka salvan un 'Trovatore' agotado

Madrid

30 / 06 / 2026 - David SANTANA CAÑAS - Tiempo de lectura: 4 min

Artur Ruciński como el Conde de Luna © Teatro Real / Javier DEL REAL
Piotr Beczala (Manrico) y Ksenia Dudnikova (Azucena) © Teatro Real / Javier DEL REAL
Marina Rebeka como Leonora © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Verdi: IL TROVATORE

Artur Rucinski, Marina Rebeka, Ksenia Dudnikova, Piotr Beczala, Krystof Baczyk, Rocío Faus, Fabián Lara y Moisés Marín. Dirección musical: Nicola Luisotti. Dirección de escena: Francisco Negrín. 29 de junio del 2026.

Siete años después, el montaje de Il Trovatore de Francisco Negrín vuelve a cerrar una temporada del Teatro Real (ver previa en este enlace). No convenció en aquel momento y, en esta reposición, sin el impacto de la novedad, ha resultado aún más decepcionante si cabe. La revisión de la obra, tan habitual en la producción del maestro Verdi, increíblemente crítico incluso con sus obras maestras, no tiene lugar en la visión de Negrín, quien, o bien no ha leído o ha ignorado las críticas recibidas tanto por la prensa como por el público. Sabiendo que el público no se agolparía en las taquillas atraído por la puesta en escena, el Real decidió apostarlo todo a las voces. Piotr Beczala fue, sin duda alguna, la estrella de la noche del estreno, maravillando con su potente registro agudo, con ese chorro de voz constante y perfectamente apoyado y proyectado, con unos matices metálicos que resonaron claros y con fuerza incluso en los números fuera de escena, como en el célebre Miserere del que Beczala y su Leonora, Marina Rebeka, brindaron una interpretación memorable.

El tenor polaco derrochó tanta energía en un profundamente dramático «Ah! sì, ben mio, coll’essere» que casi pareció imprudente de cara al exigente «Di quella pira» inmediatamente posterior: de hecho es su cabaletta. El inagotable torrente de voz de Beczala no presentó problema alguno para llegar a un sobreagudo redondo que, aunque opcional según la partitura, con su divino timbre en el sobreagudo era la única resolución posible para esta escena heroica y martirial, cuya importancia Negrín demuestra ser incapaz de comprender despojándola de cualquier viso trascendental.

"Piotr Beczala fue, sin duda alguna, la estrella de la noche. Maravilló su potente registro agudo, un chorro de voz constante y perfectamente apoyado y proyectado"

Su rival, el Conde de Luna del barítono Artur Rucinski, también realizó una interpretación memorable: su timbre ligeramente oscuro y bien cubierto tiene el suficiente peso, pero también la agilidad necesaria para arias complejas en cuanto a la tesitura como es el caso de «Il balen del suo sorriso» que resolvió con notable éxito. Subió al agudo con facilidad y funcionó muy bien con la orquesta en los dúos con Leonora del cuarto acto, aunque le falló un poco la proyección del registro grave en algunos instantes del tercero. La representación polaca, fundamental en este reparto, la cerró el bajo Krysztof Baczyk, encarnando en Ferrando el papel de narrador de la historia: su timbre profundo pero ligero le otorgó un fraseo muy dramático y extraordinariamente adecuado para el papel.

La soprano letona Marina Rebeka (Ver En portada) contruyó una Leonora rica en armónicos especialmente en un registro medio tan extraordinariamente delicioso que enriquecía su voz con tintes dramáticos; solventó con naturalidad los ornamentos en el agudo y fue ingeniosa, presentando algunos detalles muy interesantes, por ejemplo, en el «Tacea la notte placida». Detalles que un Nicola Luisotti excepcionalmente estricto despreció desde el foso; no tuvo su mejor noche el maestro italiano, que presentó dificultades para imbricar los distintos mimbres de la ópera. Fue rítmicamente terco, con márgenes de flexibilidad muy ajustados para los cantantes y con propuestas de tempi quizás algo agresivas que no terminaron de funcionar.

La mezzo Ksenia Dudnikova brilló más en los números de conjunto que como solista; el fundamental personaje de Azucena es sumamente complejo, humilde pero profundamente atormentado —algo que sí supo Negrín escenificar, quizás con cierto ensañamiento—, vocalmente requiere forzar cierta naturalidad que no es difícil lograr y en el «Stride la vampa» aquejó algunos agudos algo forzados y un pasaje que aún podría ser más homogéneo. Cerró el elenco Rocío Faus, muy correcta y con un timbre muy adecuado al personaje de Inés.

El coro del Real aportó una labor excelente, especialmente las cuerdas masculinas, que fueron teatralmente menospreciadas en su gran momento, el coro de los gitanos con yunque, apartándoles ante un aquelarre inexplicable desde el punto de vista dramatúrgico. Tampoco tuvieron apenas presencia en el «All’armi!»

Cuesta saber qué ha llevado al coliseo madrileño a reponer esta puesta en escena de crudo brutalismo soviético tras reafirmar el Romanticismo inherente de Il Trovatore en las notas al programa. Sus razones tendrá.  * David SANTANA CAÑAS, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL

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