Iphigénie en Mariúpol, Lupinacci gran sacerdotisa en el Maestranza

Sevilla

17 / 02 / 2025 - Ismael G. CABRAL - Tiempo de lectura: 4 min

gluck sevilla La producción de 'Iphigénie en Tauride' de Rafael R. Villalobos © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO
gluck sevilla La producción de 'Iphigénie en Tauride' de Rafael R. Villalobos © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO
gluck sevilla Raffaella Lupinacci como Iphigénie © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO

Teatro de La Maestranza

Gluck: IPHIGÉNIE EN TAURIDE

Nueva producción

Raffaella Lupinacci, Damián del Castillo, Edward Nelson, Sabrina Gárdez, Mireia Pintó, Andrés Merino, Julia Rey, Beatriz Arjona, Nacho Gómez. Coro del Teatro de la Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Dirección musical: Zoe Zeniodi. Dirección de escena: Rafael R. Villalobos. 13 de febrero de 2025. 

Mucho se viene hablando de depuración en el nuevo montaje escénico de Rafael Villalobos en el Teatro de La Maestranza, de esta coproducción de Iphigénie en Tauride (ver previa en este enlace). Es cierto que es la más lineal y hasta cierto punto aséptica de sus propuestas, pero no es menos verdad que el director de escena sevillano nunca ha querido —si se atiende a sus caudalosas declaraciones— epatar a burguesía alguna. Asido a la garra del teatro y a las necesidades de este, es verdad que su vía es la de la relectura y la actualización, pero no la de la provocación (al modo de las primeras y más radicales muestras del Regietheater alemán), al menos en este caso.

La masacre cometida en el teatro ucraniano de Mariúpol fue el acicate, el punto de partida conceptual para ambientar este relato atemporal de héroes y dioses en el interior de un teatro. Lo que luego sigue es un concienzudo trabajo que respeta la dramaturgia del libreto original y que denota nervio teatral y capacidad para mantener el pulso con unos pocos elementos escenográficos y, esto sí, una iluminación menos convincente y más pobre que en otras de sus realizaciones. En todo caso, un relato complejo como este (aún lo es más para los espectadores jóvenes) sí precisa de una conexión con el presente, como reivindica Villalobos. Confiar por sí solo en la universalidad de unas emociones y una dramaturgia con siglos a sus espaldas sería poner concienzudamente las cosas difíciles a quienes se acercan a la ópera desde nuevos perfiles sociológicos, educativos, generacionales, etc.

Aquella Grecia antigua que nos contó Eurípides estaba tan henchida de odios y batallas como el mundo que nos enseña diariamente los medios de comunicación. Todo esto encuentra un trasvase en la producción, también lo hace de manera más taimada en esta ocasión la reivindicación identitaria; Orestes y Pilades despliegan una fraternidad masculina que tantea sutilmente la homosexualidad, algo que acaece y se subraya con la aquiescencia del texto. También hace surgir con fuerza el regista las figuras de Agamenón y Clitemnestra, quienes dan pie a la tragedia con incrustaciones puramente teatrales que añaden aún más fuerza a la visualización global de la ópera.

"La Iphigénie de Raffaella Lupinacci fue un elogio al buen canto, al gusto en el fraseo y, sobre todo, a la exploración de unos sentimientos que hizo suyos"

La Iphigénie de Raffaella Lupinacci fue un elogio al buen canto, al gusto en el fraseo y, sobre todo, a la exploración de unos sentimientos que hizo suyos, transmutada efectivamente en la sacerdotisa condenada por padre. Cantó con gran temperamento y una voz centrada y carnosa «Ô malheureuse Iphigénie!» y todavía brilló más en el cuarto acto cuando atacó «Je t’implore et je tremble». Su voz de mezzo bien aposentada le hizo también conceder relevancia canora a los recitativos, bien articulados y henchidos de expresividad. Con una voz escolástica de barítono, Edward Nelson poseyó menos personalidad canora en su encarnación de Orestes, aunque esto no le restara valor a un canto atento a los afectos, redondeado con inflexiones dramáticas apreciables. El tenor Alasdair Kent (Pylade) fue arrastrado por la bravura durante toda la primera mitad de la ópera, con algunos tonos desabridos y emisiones incómodas y de resultado poco agraciado. Pero al fin, en el dúo con Orestes, brilló con agilidad y solventó con ligereza y gran canto un aria virtuosa y condenadamente difícil.

Damián del Castillo hizo un buen Thoas, aunque dramáticamente estuvo menos convincente. Y con corrección trabajaron sus roles Andrés Marino y Mireia Pintó. Sabrina Gárdez, como Diana y primera sacerdotisa, cantó con seguridad y una proyección rutilante, aunque barnizó con vibrato indeseado su aparición final. El Coro del Maestranza realizó algunas gozosas intervenciones en los pasajes homofónicos, con mayoría de números femeninos, que trazaron con empaste y cuidado por el estilo, sin querer imponer la masa, con delicadeza.

En el foso se pudo añorar a la Orquesta Barroca de Sevilla, pero la Sinfónica de Sevilla acabó sirviendo con holgura y buen hacer a la partitura de Gluck gracias a la dirección de Zoe Zeniodi. Podían haberse hecho aceleraciones más marcadas y haber apostado por una cuerda más aérea, pero la maestra dominó felizmente la ligereza y no hizo decaer el nervio en ninguno de los cuatro actos.  * Ismael G. CABRAL, corresponsal en Sevilla de ÓPERA ACTUAL

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