CRÍTICAS
NACIONAL
‘Le nozze’ del Liceu, efímera y fantástica tarta nupcial
Barcelona
Gran Teatre del Liceu
Mozart: LE NOZZE DI FIGARO
Nueva producción
Luca Pisaroni, Sara Blanch, Adriana González, Andrè Schuen, Julia Lezhneva, Mireia Pintó, Roberto Scandiuzzi, Lucía García, Roger Padullés, Luis López Navarro, Moisés Marín. Dirección musical: Giovanni Antonini. Dirección de escena: Marta Pazos. 5 de junio de 2026.
Eran las expectativas vocales, auspiciadas por un cartel estelar, aquello que rondaba y alimentaba este estreno liceísta de esta nueva producción de Le nozze di Figaro (ver previa en este enlace), pero ya en el entreacto se palpaba en el ambiente que esta vez, por su espectacularidad, la puesta en escena iba a robar el protagonismo a la partida musical. Efectivamente, la regista gallega Marta Pazos (ver entrevista en este enlace) consiguió atraer la atención del público barcelonés con un montaje visualmente opulento, conceptualmente disparatado y ferozmente posmoderno en su conjunto y propósito.
Pazos basa su propuesta en una escenografía colorida y fantasiosa, de una plasticidad casi comestible presidida por un pastel de bodas colosal del cual emergen los personajes convertidos en productos de repostería de reconocidas marcas, merced a un diseño de vestuario de impecable factura, a buen seguro uno de los más extravagantes e imaginativos jamás vistos en el coliseo de la Rambla. Sobre esta idea se va hilando con más o menos fortuna este célebre embrollo teatral mediante recursos juguetones y aparentemente pueriles que evocan el estilo de Barrie Kosky, pero sin su soltura teatral. Acabada la obra, se constató en efecto que hay una parte de la propuesta que aguanta, y es exactamente aquella que conecta con el imaginario de Beaumarchais y su genial recreación del artificial, exagerado y rebuscado mundo de la corte francesa de su época, bien representado aquí por las pelucas de los protagonistas. Por el contrario, la producción de Pazos se revela desalentadoramente ineficaz a la hora de expresar todas las aristas de un libreto que es mucho más complejo de lo que ella defiende, tal vez por una falta de profundización que no le permite transmitir los matices de cada personaje ni ahondar en las múltiples capas de sustancia social de la trama.
Del mismo modo que el libreto, la música de Mozart acaba por resentirse a pesar de su genial ambigüedad, porque Le nozze di Figaro es una partitura que atesora muchas otras sensibilidades más allá de lo bufo y del vodevil. Al término de la función, aunque dividido, el público en su mayoría aplaudió la propuesta y pareció haberse divertido. Es razonable pensar, sin embargo, que esta puesta en escena pueda envejecer rápido y mal, porque lleva consigo el sello efímero y desechable característico del arte postmoderno.
Hubo dos elementos del elenco que supieron aprovechar lo bizarro y simpático de la producción para pasarlo en grande y contagiarlo al público: el más relevante de ellos fue el trabajo de la soprano catalana Sara Blanch, con su Susanna alegre y perspicaz, de agudo brillante y con un centro consolidado que, auspiciada por su habitual encanto interpretativo, irradió lirismo a raudales en todas sus intervenciones y no defraudó en la ansiada «Deh, vieni, non tardar» con que cerró su debut en un rol que podrá explorar y desarrollar con todo su potencial en futuras producciones. El otro elemento fue la soprano rusa Julia Lezhneva, que cumplió a la perfección aquello que la producción esperaba de ella, encarnando a la criatura más bien caracterizada de todas con un Cherubino genial, vocalmente virtuoso y de ademán barroco, como demostró —para sorpresa de todos— en las ornamentaciones de dos intervenciones solistas, muy al límite del estilo mozartiano. Por su parte, la soprano guatemalteca Adriana González resistió una producción que le era adversa, amparada en una gran clase interpretativa y unos medios técnicos impolutos para ligar, matizar y sostener una línea canora de verdadera aristócrata, en una versión de la Contessa d’Almaviva que pareció inspirarse en los referentes más exquisitos del papel.
En el apartado masculino, Luca Pisaroni asumió el rol titular con un Figaro experto: generoso en lo interpretativo, pero algo escuálido en lo vocal, con un instrumento deslustrado e irregular en la emisión, mancillada especialmente por un agudo engolado. El barítono Andrè Schuen fraseó con gran nobleza un Conde refinado y de inusitado terciopelo, a pesar de no terminar de hacerse suyo el papel. Los habituales Mireia Pintó (Marcellina) y Roger Padullés (Basilio) cumplieron con solvencia y una presencia vocal distinguida a pesar de suprimirse sus arias respectivas. La deliciosa y cándida Barbarina de Lucía García contrastó con el Bartolo crepuscular de Roberto Scandiuzzi. Unos teatrales y sólidos Luis López Navarro (Antonio) y Moisés Marín (Don Curzio) completaron el cartel.
Desde el podio, el maestro Giovanni Antonini primó una visión más preciosista que teatral, destacando por la claridad y el lirismo con que acompañó a los cantantes, mientras que se echó en falta cierto pulso dramático, con unos crescendi de final de acto especialmente amortiguados. Notable el Cor del Gran Teatre en sus breves intervenciones, en esta ocasión también desde el foso junto a una Orquestra Simfònica que lució maderas de excelencia. * Ferran VILA I RIERA, corresponsal en Barcelona de ÓPERA ACTUAL
CRÍTICAS RELACIONADAS





