CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Un oscuro 'Ballo' verdiano en el Colón
Buenos Aires
Teatro Colón
Verdi: UN BALLO IN MASCHERA
Nueva producción
Ramón Vargas, Alessandra Di Giorgio, Germán Alcántara, Guadalupe Barrientos, Oriana Favaro, Fernando Radó, Lucas Devebec Mayer. Orquesta Estable del Teatro Colón, Coro Estable del Teatro Colón. Dirección musical: Beatrice Venezi, Dirección de escena: Rita Cosentino. 28 de noviembre de 2024.
Para despedir la temporada 2024, el Teatro Colón propuso un nuevo montaje de Un ballo in maschera verdiano. Descollaron esta vez el coro, muy bien preparado, y la orquesta de la casa a cargo de la maestra Beatrice Venezi, cuya batuta enérgica, minuciosa, matizada y muy considerada con las necesidades de los solistas, se impuso con autoridad y sensibilidad a lo largo de toda la función. La escenografía, tal vez demasiado simple de Enrique Bordolini, consistía de varias puertas y paneles que se desplazaban mecánicamente y que se veían en todas las escenas, incluso en aquella del «Orrido campo». Como no eran de estilo arquitectónico alguno, podrían ser útiles para el montaje de cualquier título.
La dirección escénica de Rita Cosentino sigue la moda, a veces bastante irritante, de coreografiar el preludio, aquí con figurantes que se contorsionan, un niño/angelito (¿metáfora del hijo de Renato y Amelia?) y hacia el final, la presencia del conde Ricardo, gobernador de Boston, quien permanece en escena y, por lo tanto, hace gratuito el anuncio de su llegada por parte del paje Oscar: «S’avvanza il conte». Cuando la acción transcurre en Boston durante la época colonial, la bandera estadounidense, con todas sus estrellas, no tiene sentido. Cosentino hubiese debido también ayudar en la actuación prácticamente inexistente de por lo menos dos de los protagonistas (tenor y soprano), en especial durante el dúo de amor, que resultó anodino, carente de pasión. Con todo, hubo cuadros escénicos muy acertados, como los del antro de Ulrica y la escena final.
El Teatro Colón de Buenos Aires presentó una nueva producción de Un ballo en maschera de Giuseppe Verdi dirigida por Rita Cosentino ante un aforo completamente agotado. Con la escenografía de Enrique Bordolini y el vestuario de diseño contemporáneo perfectamente coordinado con buen gusto de Stella Maris Müller, el drama sobre Riccardo, Amelia y Renato se desarrolló con una dirección de personajes intensiva y específica, así como con una coherencia convincente. En la primera imagen se puede ver un “Muerte” escrito en grandes letras negras en el portal de la elegante sala de conferencias de Riccardo, pero esto se borra rápidamente y manifiesta inmediatamente la sombra fatal que se extiende sobre toda la pieza. También se puede ver la bandera estadounidense, que caracteriza a Riccardo como gobernador de Boston.
Desde el principio, la iluminación de José Luis Fioruccio muestra un escenario oscuro, que consta de paredes altas y clásicas que se desplazan a lo largo de los tres actos. Predominan los tonos de azul y gris, incluido un rojo intenso, de modo que el tema oscuro que finalmente conduce al asesinato de Riccardo está siempre presente visualmente. Especialmente imaginativos fueron el vestuario y la versátil coreografía del baile de máscaras del final, con asociaciones del mundo animal y fantástico. El escenario del triunvirato formado por Renato, Samuel y Tom, además de Amelia, que se unió a ellos en la investigación del asesino de Riccardo, era tenso.
La buena técnica que asimiló Ramón Vargas durante sus estudios y primeros años de carrera como tenor belcantista le han permitido aventurarse en otro tipo de repertorio, con resultados variables. Riccardo (Gustavo) no es un rol adecuado para él, ni por el volumen insuficiente de su instrumento, ni por el registro medio, que no ha engrosado con los años y que, por consiguiente, debe forzar. Hay que reconocer que su «Forze la soglia attinse» y la conclusión de «Si, rivederti Amelia» estuvieron muy bien cantadas pero, al mismo tiempo, hacia el final tuvo una notoria bajada de tono. También tuvieron problemas de proyección Alessandra DiGiorgio (Amelia) y Oriana Favaro (Oscar); la primera parecía más preocupada de emitir sonidos bellos, lo que logró perfectamente, pero ello iba en desmedro del dramatismo y la expresividad: solo en la súplica «Morrò, ma prima in grazia» hubo un dejo de la requerida tristeza. Por su parte, la intérprete de Oscar lograba de vez en cuando brindar cierta potencia a su voz, muy bien educada, por lo demás, pero su personaje, sin demasiada vivacidad juvenil, no despertó la debida simpatía.
Germán Alcántara posee una hermosa voz de barítono lírico y un talento natural como actor; habría que escucharlo en roles más livianos, ya que Renato todavía le queda un poco pesado. La Ulrica de Guadalupe Barrientos fue vocal e histriónicamente la intérprete con volumen, canto y actuación más satisfactorios y, en consecuencia, la única que generó el entusiasmo del público, quien la premió merecidamente con un aplauso largo y estrepitoso. Cumplieron debidamente Fernando Radó (Samuel), Lucas Devebec Mayer (Tom), Cristian de Marco (Silvano), Juan González Cueto (Juez) y Diego Bento (Sirviente). * Mario HAMLET-METZ, crítico de ÓPERA ACTUAL
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