CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Anna Netrebko, una Aida celestial en su regreso a la Arena
Verona
Arena di Verona
Verdi: AIDA
El público que abarrotaba la Arena di Verona (con entradas agotadas) acudía al llamado: Anna Netrebko cantaba Aida. Tras dos meses de ausencia de los escenarios, la diva rusa volvió a cosechar el éxito en un papel que le va como anillo al dedo y con el que en un par de semanas inaugurará la temporada del Liceu de Barcelona (ver reportaje En Portada, en este enlace). Se presentó en una forma física deslumbrante, pero, ya sea por la falta de ensayos o por el descanso prolongado, tardó en carburar; a pesar del generoso aplauso que recibió, su «Ritorna vincitor!» tuvo algunas oscilaciones, aunque mínimas, en la emisión. También en el segundo acto, durante toda la escena del enfrentamiento con Amneris —en la que Clémentine Margaine, por su parte, mostró algunas vacilaciones en la entonación—, se la vio aún en fase de adaptación, aunque su garra y su carisma son innegables. Por fin, y de una vez por todas, Netrebko estalló en todo su esplendor vocal y técnico-interpretativo, con un «Cieli azzurri» a la altura de su talento: emisión brillante, pianissimi sostenidos con suavidad en un auténtico tono celestial, un do agudo tomado en piano, reforzado y luego saboreado en un sonido etéreo y evanescente como nunca se había oído salvo en su voz. Tuvo algunos tropiezos en el dúo con Amonasro, junto a un Ludovic Tézier potente y sonoro, pero también con alguna imprecisión, y luego un final magistral junto al Radamès de su excompañero Yusif Eyvazov. Al final, quien ritorna vincitor ha sido, una vez más, ella.
De Margaine, cuya emisión fue al principio demasiado abierta, hay que decir que se redimió con una extraordinaria escena del juicio en el cuarto acto. Lo mismo ocurrió con Eyvazov, que tras una «Celeste Aida» entre algunas protestas aisladas, ofreció lo mejor de sí mismo en el tercer acto a dúo con Aida y luego, sobre todo, en la tumba bajo «la fatal pietra», donde ambos, tenor y soprano, alcanzaron la cúspide interpretativa.
Sólido fue el elenco que les acompañaba: los excelentes bajos Gianluca Buratto y Mariano Buccino en los papeles de Ramfis y Faraón, respectivamente; la siempre elogiada Francesca Maionchi en el papel de la Sacerdotisa; y Carlo Bosi, un Mensajero muy acertado. Impecable el coro bajo la dirección de Roberto Gabbiani y admirable Francesco Omassini por haber mantenido las riendas y llevado a buen puerto la velada con un escenario que, en algunos momentos, se mostraba rebelde. El espectáculo se ofreció en la histórica versión de Franco Zeffirelli, con vestuario de Anna Anni, iluminación de Paolo Mazzon y coreografía de Vladimir Vasilev. En pocas palabras: un placer para la vista. * Andrea MERLI, corresponsal en Verona de ÓPERA ACTUAL





