‘Saturraran’, la maravillosa aventura de crear una nueva ópera

La obra, con libreto de Kirmen Uribe y música de Juan Carlos Pérez, se estrenó el 20 de junio en el Teatro Arriaga

21 / 06 / 2024 - Nora FRANCO MADARIAGA - Tiempo de lectura: 4 min

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bilbao arriaga El estreno de la nueva ópera de Juan Carlos Pérez, 'Saturraran' © Teatro Arriaga / Enrique M. ESQUIBEL
bilbao arriaga El estreno de la nueva ópera de Juan Carlos Pérez, 'Saturraran' © Teatro Arriaga / Enrique M. ESQUIBEL

Los años de galeras de Verdi quedaron ya muy lejos, hace todo un siglo que lamentamos la muerte de Puccini y, aunque muchos autores han compuesto óperas después, la segunda mitad del siglo XX trajo consigo una clara reducción de novedades en el género. Y es que escribir una ópera es algo muy complicado, por no hablar de lo costoso que es producirla y lo arriesgado que es invertir en un montaje de estas características. En Bilbao, sin embargo, en un teatro de presupuesto municipal como es el Arriaga, en el último año se han producido dos estrenos absolutos y un estreno en España: Orgia, de Hèctor Parra sobre textos de Pier Paolo Pasolini, que subía a escena hace justo hace un año con enorme éxito; Die ersten Menschen, compuesta por Rudi Stephan y que se representaba por primera vez en España hace escasos dos meses; y Saturraran, que vio la luz este jueves 20, de mano del Teatro Arriaga y la Diputación Foral de Bizkaia.

De los dos últimos estrenos líricos en el Teatro Arriaga de Bilbao, tanto de Orgia (ver crítica en este enlace) como de Die ersten Menschen (ver crítica en este enlace), hablé en ÓPERA ACTUAL en su momento. Ahora bien, el tono y el carácter con el que hablaré de Saturraran (ver previa en este enlace) es muy distinto, porque he tenido la oportunidad de participar en su creación y puesta en escena, de poner mi granito de arena en lo que Calixto Bieito, director artístico del Arriaga, ha acertado en llamar «la maravillosa aventura que es crear una nueva ópera».

Es difícil abandonar el tono impersonal, aséptico y distanciado de las críticas para abordar esta narración tan distinta, cargada de emociones, impresiones y elementos subjetivos en primera persona, así que me camuflaré en el plural que me ha permitido vivir esta experiencia: la Sociedad Coral de Bilbao (SCB), una entidad a punto de cumplir 138 años de trayectoria, la cual, desde el amateurismo de sus componentes, es una pieza clave en el ámbito musical y cultural de Bilbao y Bizkaia –diría más, pero puede que aquí sí esté pecando de bilbainismo– y a la que me siento enormemente orgullosa de pertenecer. No tan nombrada como otros coros vascos de similares características, la Sociedad Coral tiene a su haber estrenos en España de obras sinfónico-corales tan conocidas como el Requiem de Verdi, el oratorio Elías de Mendelssohn, Un réquiem alemán de Brahms o los Carmina Burana de Orff, pero también estrenos absolutos de óperas como Gernika de Escudero o Medea de Theodorakis.

Así, Saturraran apareció de pronto un día en nuestro calendario de ensayos sin que supiéramos muy bien qué clase de proyecto era. Una ópera en el Teatro Arriaga, dijo alguien. Inmediatamente, la consiguiente pregunta: ¿escenificada? Y es que, si bien puede ser divertido salir del encorsetamiento de los conciertos corales, a todos nos hace temblar un poco eso de la escena, que nos saca de nuestra zona de confort y, sobre todo, añade un gran peso a nuestro ya de por sí severo régimen de ensayos, complicando –aún más– la conciliación con nuestras vidas laborales y familiares. No todos los coralistas pueden permitírselo y muchos tuvieron que renunciar al proyecto –algunos con cierto alivio, reconozcámoslo–, pero algo más de 40 personas pusimos nuestras voces, tiempo e ilusión a disposición de la SCB y de esta cosa que aún no conocíamos muy bien llamada Saturraran.

© Teatro Arriaga / Enrique M. ESQUIBEL

El estreno de la nueva ópera de Juan Carlos Pérez, 'Saturraran'

Saturraran

Saturraran –así, sin cursiva– es una playa preciosa, pequeña, de arena dorada, salvaje, recogida y con un mar Cantábrico duro y bravo, de los que imprimen carácter; perteneciente al municipio guipuzcoano de Mutriku, pero fronteriza con la localidad vizcaína de Ondárroa, esta playa es una especie de tierra de nadie que ha sido balneario, seminario y cárcel de mujeres a lo largo del tiempo; Saturraran, además, goza de unas formaciones geológicas muy peculiares llamadas flysch, con dos afiladas peñas que surgen del agua y que han dado pie a muchas leyendas, entre ellas la del malogrado amor de Satur y Aran, a quienes la sociedad no les permitió amarse y se ahogaron en el agua, donde estas dos grandes rocas habrían surgido para honrar su memoria. Todos estos datos seguramente no sean relevantes, pero era lo que nosotros conocíamos de Saturraran y lo que nos ha permitido entender mejor la partitura que pronto tendríamos entre manos.

El libreto

Escrito en euskera por el poeta, ensayista y escritor ondarrutarra Kirmen Uribe –Premio Nacional de Narrativa 2009, entre otros muchos galardones–, el libreto parte de esa leyenda de amores prohibidos y la recrea en la Ondárroa de los años 80, donde Ane, hija de un pescador de altura, y Luna, una joven andaluza que llegó en una furgoneta, se enamoran; un amor que la cerrada sociedad de un pueblo pesquero de esa época no estaba dispuesta a aceptar. Asfixiadas por la persecución social, el declive del sector pesquero y la trampa mortal de la heroína se ven empujadas a un trágico final.

Amor, desamor, realismo, crudeza, fantasías psicotrópicas, tragedia, algún pequeño guiño de humor e incluso un espacio para la reflexión y la esperanza, la historia –a la que no le falta un perejil– tiene tal fuerza que atrapa desde el primer instante y, aun estando muy lejos de ser costumbrista, traslada al espectador a una época, una sociedad y una forma de vivir que algunos aún conservamos en la memoria.

Con un estilo vivo, ágil y una exquisita riqueza léxica, el libreto de Uribe es una verdadera joya literaria que, como confesaba el propio autor tras un ensayo, a diferencia de cualquiera de sus otras obras, había seguido evolucionando después de dejar sus manos, con la música y la escena, y el reencuentro con su obra en el teatro le había emocionado profundamente.

La partitura

Juan Carlos Pérez es conocido por ser cantante, guitarrista y autor de las canciones del grupo de rock vasco Itoiz, pero su trayectoria más allá de la disolución del grupo en 1988 le acercó al mundo de la música clásica y, más concretamente, a la búsqueda de nuevas formas de expresión a través de la llamada música contemporánea.

"De gran dificultad tanto para la orquesta, como los solistas y el coro, el compositor ha asistido a muchos de los ensayos para contemplar y disfrutar de la construcción de una obra que le ha costado tres años terminar"

Nacido en Mutriku, conoce bien, como Kirmen Uribe, esa playa de Saturraran y ha sabido construir un lenguaje que refleje la angulosidad de las rocas, la fiereza del Cantábrico y la complejidad de las relaciones humanas. De gran dificultad tanto para la orquesta, como los solistas y el coro, el compositor ha asistido a muchos de los ensayos para, discretamente, contemplar y disfrutar de la construcción –a veces lenta y trabajosa– de una obra que le ha costado tres años terminar. Esta música, parca en melodías y rica en contrastes rítmicos, ha supuesto un exigente ejercicio de ajuste y memorización para el coro, pero también un desafío que hemos aceptado gustosos, gracias en gran parte a la inestimable ayuda, preparación y confianza de nuestro director, Enrique Azurza, y del director musical de la ópera, Jon Malaxetxebarria.

También ha sido un fuerte acicate para nosotros la calidad y profesionalidad del reparto de solistas; verlos trabajar construyendo desde cero personajes con profundidad e historia, con intachable desempeño vocal e inquebrantable buen humor a pesar de las dificultades musicales y escénicas y las largas horas de ensayo, nos ha empujado a superarnos y dar lo mejor de nosotros mismos. Formaron parte de esta aventura junto a la SCB, la Bilbao Orkestra Sinfonikoa y un elenco integrado por Andrea Jiménez, Marifé Nogales, Elías Arranz, José Manuel Díaz, Botond Ódor, Aitor Garitano e Itxaro Mentxaka.

La puesta en escena

La creación de Lucía Astigarraga tiene, como dice ella misma, «una estética abstracta que resalta la belleza de lo sencillo y contribuye a poner el foco en lo onírico» y, si bien no hay ninguna novedad escénica identificativamente propia, tiene el carácter enérgico, profundo, versátil y simbólico de su creadora.

Sin duda, la parte escénica es la que más ha ido evolucionando y adaptándose a través de cada ensayo hasta llegar al estreno. No es lo mismo idear una escena más para La Bohème que plantear, plasmar y construir algo que no se ha hecho nunca sobre un papel en blanco; conseguir que 40 personas hagan y transmitan algo que hasta el momento solo es un pensamiento seguramente no es nada fácil y por eso en cada ensayo encontrábamos nuevas indicaciones, amoldándonos nosotros al concepto de la directora de escena y acomodando ella su idea a lo que nuestra realidad permite.

Para unos coralistas más acostumbrados a cantar quietos y semiescondidos tras una partitura, esta ha sido, sin duda, la parte más complicada, que además añade pequeños hándicaps musicales como la distribución del coro en diferentes alturas que dificultan el empaste, movimientos que nos distraen o posiciones que complican la atenta mirada al director musical, pero la paciencia y el tesón son dos armas infalibles para superar este tipo de inconvenientes.

La escenografía de Philip Rubner con velos translúcidos, elementos móviles multifuncionales, plataformas giratorias… No sería nada sin la iluminación de Alberto Rodríguez Vega, que tiene un papel primordial para dar contexto y vida a la acción. Lástima que el coro no llega a disfrutarla desde dentro. Además de los nervios y de las ganas de hacerlo perfecto, si algo hay que destacar es la consciencia y responsabilidad de saber que, a partir de esta representación, de alguna manera hemos pasado a formar una pequeña parte de la historia de la música y que Saturraran va a quedar para siempre en nuestras vidas, mucho más allá de fotos y anécdotas divertidas. * Nora FRANCO MADARIAGA, corresponsal en Bilbao de ÓPERA ACTUAL