'Wozzeck' y la valentía de empezar desde el abismo

Madrid

12 / 10 / 2025 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 3 min

madrid berg Martin Winkler como Wozzeck en el Auditorio Nacional © OCNE / Rafa MARTÍN

Orquesta y Coro Nacional de España (OCNE)

Berg: WOZZECK

En versión de concierto dramatizada

Martin Winkler, Lise Lindström, Rodrigo Garull, Tansel Akzeybek, Jürgen Sacher, Stephen Milling, Solgerd Isalv, Enrique Sánchez-Ramos, Diego Blázquez, Xavier Pascual y Jairo Somolinos. Dirección musical: David Afkham. Concepto escénico: Susana Gómez. Auditorio Nacional, 5 de octubre de 2025.

Probablemente haya inicios de temporada más sencillos pero difícilmente más pertinentes. La Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) decidieron abrir fuego con una propuesta operística, como ya han hecho otras veces —Fidelio, sin ir más lejos, la temporada pasada—, pero con la salvedad de que en esta ocasión la obra en sí es extremadamente incómoda. Se trataba de Wozzeck, una genialidad de Berg que explicita buena parte de las rupturas, tanto individuales como colectivas, que va a sufrir el mundo occidental durante el siglo XX. Basada en la premonitoria obra de Büchner, los estertores vitales del soldado Woycheck sitúan sobre el escenario el cuestionamiento crudo a todo un sistema de valores. La degradación del soldado se explica desde la pobreza y la incultura, e ideológicamente eleva la temperatura del pensamiento sansimonista original a otro nivel, no solo criticando a las élites sociales, sino explicando que los valores son un privilegio de clase (uno más), y que esa incultura es una forma de esclavitud. La obra es el reflejo privilegiado de la época de Berg, pero no por ello resulta menos impresionante vista hoy, cuando cumple un siglo. Y de hecho resulta un punto aterradora precisamente por ello, por lo que tiene de cercanía con realidades bien conocidas. A todo ello se suma la categoría de la partitura, que ensancha y desgarra a la vez el tejido musical y lleva los usos interpretativos hasta extremos impensables apenas una década antes. Es el certificado de defunción de todo un código de valores que se transmuta en alegato genial.

La valentía de arrancar temporada así no solo es por lo incómodo de la obra, sino por todo lo que la rodea. Con músicas más amables, la falta de escenografía directa a la que se ve sometida el Auditorio Nacional no es tan relevante, pero en Wozzeck, con una sonoridad tan llena de aristas, la ausencia de fondo puede resultar un lastre insalvable por falta de salvaguardas sonoros. Nada más lejos de la realidad. El concepto escénico que propuso Susana Gómez fue sobrio, elegante, mínimo en su atrezzo pero máximo en su sustancia. El escenario se amplió ligeramente en una especie de pasarela donde se situaba la silla de barbero en la que se inicia la acción y que acaba por convertirse en tótem de toda la obra, en el símbolo quintaesenciado del arrabal y la exclusión social. Más allá de eso, sabios movimientos de los personajes, vestuarios contextualizadores, gamas de colores puros y una mayor iluminación para la orquesta cuando el relato pasaba a los instrumentos, como es en el caso del ahogamiento de Wozzeck. Pero elegante no significa acomodaticio: Wozzeck le abre la garganta a Marie frente al público, no se tapa con su propio cuerpo y muere ahogado a los pies de la primera fila de butacas, quedando allí los últimos minutos de la obra, presente para quien quisiera verlo.

"Martin Winkler, el protagonista, basculó desde la desesperación de un hombre atrapado en un primer término los hasta momentos de terror escénico durante el asesinato"

Del nivel del sólido reparto y el coro poca queja puede haber, aunque todo queda en segundo plano frente a la actuación crispada y desgarradora de Martin Winkler, el protagonista, que basculó desde la desesperación de un hombre atrapado en un primer término los hasta momentos de terror escénico durante el asesinato. El manejo de su registro y el juego con las sonoridades guturales de su zona grave sumaron enteros a su caracterización dramática. La soprano Lise Lindström le dio la réplica con una Marie dramáticamente convincente y de gran nivel vocal, por cuanto supo aprovechar su volumen y cuerpo en la parte alta de su registro para sobreponerse a la selva orquestal.

Pero lo realmente destacable fue la excelencia orquestal en una partitura en la que no hay escondites practicables. David Afkham planificó las intensidades, protegió los ataques descubiertos, subrayó los contrastes tímbricos y organizó las dinámicas a largo plazo, ocupando escenas completas. Berg traslada la pobreza de la clase proletaria a la orquesta de muchas maneras, jugando con la tonalidad para hablar del dinero o quitando matices dinámicos cuando se impone la sinrazón. Por eso la orquesta sonaba ruda a veces, manifiestamente cuidada cuando el dinero hace acto de presencia o inocente cuando Marie lee pasajes bíblicos a su hijo. Si la orquesta es el subconsciente de los protagonistas, es difícil describirlo de forma más torturada y exacta. En resumen, una de las mejores noches de la OCNE en una de sus apuestas más arriesgadas.  * Mario MUÑOZ, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL

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