CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Thalheimer y Elder firman un 'Tannhäuser' de poderosa atmósfera y voces wagnerianas
Ginebra
Grand Théâtre de Genève
Wagner: TANNHÄUSER
Nueva producción. Inauguración de temporada
Daniel Johansson, Jennifer Davis, Victoria Karkacheva, Stéphane Degout, Franz-Josef Selig, Julien Henric, Mark Kurmanbayev, Jason Bridges, Raphaël Hardmeyer, Charlotte Bozzi. Dirección musical: Mark Elder. Dirección de escena: Michael Thalheimer. 26 de septiembre de 2025.
El Grand Théâtre de Genève abrió su temporada 2025-26 con un Tannhäuser de altísimo nivel, fruto de la coproducción con la Deutsche Oper Berlin —a la que pronto se incorporará Aviel Cahn— y heredero del Tristan und Isolde presentado el pasado año con el mismo equipo escénico. La dirección de escena, inicialmente confiada a Tatjana Gürbaca, recayó finalmente en Michael Thalheimer tras la retirada de la directora por motivos de salud. Thalheimer asumió el concepto original —escenografía de Henrik Ahr y vestuario de Barbara Drosihn— y lo convirtió en un espectáculo de gran coherencia y notable fuerza dramática.
La puesta en escena de Michael Thalheimer sedujo por su sensualidad hipnótica y un lenguaje visual de gran fuerza. Desde la obertura se adivinan los “distintos yo” de Tannhäuser —un ángel caído, una figura infantil, el propio poeta aislado en un haz de luz— mientras el gran círculo metálico de Henrik Ahr, de lenta rotación y aire de maquinaria abstracta, se erige en un Venusberg simbólico donde placer y culpa se confunden. En el torneo de canto, la tensión crece hasta un clímax de extraordinaria fuerza dramática: cuando Tannhäuser confirma ante todos su estancia en el Venusberg, se cubre de una cascada de rojo encendido, sangre y culpa a la vez, que sella en su cuerpo la huella de un deseo maldito, mientras Elisabeth, lejos de apartarse, le limpia el rostro en un gesto de compasión que convierte la escena en un juicio colectivo. El último acto se abre en expectativa y recogimiento, con Elisabeth en plegaria y la gran estructura circular insinuándose ahora como un rosetón apenas iluminado, marco de la espera y del regreso final del protagonista, antes de una catarsis conclusiva de intensa carga simbólica, sin concesiones a la espectacularidad fácil.
Musicalmente, la velada fue de alto vuelo wagneriano. La gran revelación llegó de la mano de Jennifer Davis y Victoria Karkacheva, dos jóvenes cantantes que debutaban sus respectivos roles y sorprendieron por madurez y presencia escénica; Davis, con un instrumento amplio, de esmalte radiante y gran homogeneidad, dibujó una Elisabeth de nobleza natural, capaz de sostener un canto de gran proyección en su entrada “Dich, teure Halle” y de conmover en una plegaria final de intensa espiritualidad, siempre con fraseo flexible y musicalidad cautivadora. Karkacheva, por su parte, encarnó una Venus de voz carnosa y voluptuosa, con vibrato cálido y timbre de oscuro atractivo, imponiendo una seducción poderosa pero nunca burda; su dominio del Venusberg y la capacidad para convertir la sensualidad en amenaza real dejaron una impresión indeleble.
Entre las confirmaciones, Stéphane Degout rubricó un Wolfram de referencia, de línea impecable y timbre sedoso, coronando su actuación con una “O du, mein holder Abendstern” de belleza arrebatadora. Franz-Josef Selig, wagneriano de larga trayectoria, aportó un Landgrave Hermann de grave autoridad, con su timbre oscuro y perfectamente asentado y un fraseo siempre elegante, que dotó de auténtico peso y nobleza a cada una de sus intervenciones. El cuarteto de Minnesänger —Julien Henric (Walther), Mark Kurmanbayev (Biterolf), Jason Bridges (Heinrich der Schreiber) y Raphaël Hardmeyer (Reinmar)— se mostró irreprochable, con mención especial para el juvenil y delicado Pastor de Charlotte Bozzi.
En el rol titular, el tenor sueco Daniel Johansson exhibió un timbre bello y plenamente wagneriano, con entrega incuestionable: su Relato de Roma fue de gran intensidad; en algunos pasajes pudo echarse en falta un punto de sutileza, pero su implicación y resistencia en un papel de exigencia titánica resultaron admirables.
El verdadero pilar de la noche fue Mark Elder al frente de la Orchestre de la Suisse Romande. Su dirección, sutil y refinada, combinó atención minuciosa al detalle con una tensión subterránea de poder hipnótico. Cada sección emergió con nitidez —especialmente maderas y violonchelos— sin perder la amplitud wagneriana. Elder equilibró con maestría foso y escena, construyendo un gran arco dramático que mantuvo la emoción viva durante más de cuatro horas. El Coro del Grand Théâtre, preparado por Mark Biggins, completó el éxito con una prestación de impecable cohesión y potencia. * Albert GARRIGA, corresponsal en Ginebra de ÓPERA ACTUAL
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