Romeo Castellucci inunda ‘Don Giovanni’ de imágenes

Salzburgo

16 / 08 / 2024 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 min

mozart salzburgo La producción de 'Don Giovanni' de Romeo Castellucci © SF / Monika RITTERSHAUS
mozart salzburgo La producción de 'Don Giovanni' de Romeo Castellucci © SF / Monika RITTERSHAUS
mozart salzburgo La producción de 'Don Giovanni' de Romeo Castellucci © SF / Monika RITTERSHAUS

Festival de Salzburgo

Mozart: DON GIOVANNI

Nueva producción

Davide Luciano, Dmitry Ulyanov, Nadezhda Pavlova, Julian Prégardien, Federica Lombardi, Kyle Ketelsen, Ruben Drole, Anna El-Khashem. Dirección musical: Teodor Currentzis. Dirección de escena: Romeo Castellucci. Grosses Festspielhaus, 14 de agosto de 2024.

El mito de Don Giovanni plasmado en la ópera de Mozart ha generado (y generará) multitud de interpretaciones, pero será difícil que alguna supere la cantidad de imágenes, símbolos, referencias, estímulos e ideas que lanza sobre el escenario Romeo Castellucci en una producción que, estrenada en el Festival de Salzburgo en 2021, el festival ha tenido a bien reponer. Enumerar todos los elementos que aparecen, ya no discernir su sentido profundo, es tarea baladí para un espectador anonado. Más recomendable es dejarse llevar por el torrente teatral del director italiano, llenar los intersticios que deja abiertos y seguir los caminos que apunta para intentar dar un sentido al conjunto (que será diferente según la sensibilidad de cada espectador) para acabar reconociendo que se ha asistido a un espectáculo total.

Don Giovanni aparece como la encarnación de un impulso vital, más que no solo sensual y/o erótico, un ser en perpetuo movimiento, una criatura solitaria y cruel que solo puede ser liquidada por sus demonios internos. La suma de la puesta en escena, los largos silencios y los tiempos musicales moderados confieren al montaje un carácter profundamente melancólico, que subraya la tristeza del personaje ante la consciencia ineludible que, por mucho que se haya vivido intensamente un momento, este siempre se escapa como un suspiro.

Responsable de la escenografía, el vestuario y la iluminación, Castellucci puede ser un esteta, pero también es un hombre de teatro que sabe comenzar un espectáculo con un golpe de efecto. Antes que arranque la música, vemos cómo un ejército de operarios se llevan las imágenes, las obras de arte y los bancos de una iglesia. Solo quedan los muros blancos (el color dominante de la producción) de un gran espacio en el que, para que quede más evidente que ha quedado desacralizado, se pasea una cabra. El primer acto está presidido por una lluvia continua de objetos, desde un piano hasta un coche y una calesa, pasando por multitud de pelotas, como si la seducción sin fin fuera la continuación de un juego (¿o un trauma?) infantil. Algunas escenas son de una potencia dramática inusitada: un niño aparece en la llegada de Donna Elvira, ante el cual Don Giovanni se escapa, no queriendo saber nada de los lazos sociales convencionales, como la paternidad. En el aria del catálogo ver dos fotocopiadoras, una suspendida sobre la otra, es una manera brillante de evocar la repetición continua de las conquistas del protagonista, pero es de gran dureza asistir a la despiadada humillación de una Donna Elvira que acaba calva. Brillante también es como Castellucci muestra el abismo entre Don Giovanni y los campesinos en la boda entre Masetto y Zerlina, conscientes del peligro, de la otredad que este representa.

En el segundo acto Castellucci muestra la otra cara de la moneda: las consecuencias de los actos de Don Giovanni, no solo con la profusión de zapatos femeninos, sino sobre todo por los movimientos de un coro silencioso de un centenar de mujeres de Salzburg, de todas las edades y tipologías, actuando tanto como ménades furiosas (descuartizan a Masetto) como espíritus de movimientos envolventes, una masa de seducidas que reclaman su espacio. La tenebrosidad de la escena del cementerio es el punto de inflexión hacia el final, en el que Don Giovanni no sucumbe ante un invitado de piedra sino ante su propia voz interior, en un ataque de convulsiones en el que acaba desnudo y cubierto de blanco. Sin su presencia, sin su energía, el resto de personajes son meras cáscaras, figuras petrificadas como las víctimas del Vesubio, con lo que se justifica que la fuga conclusiva la cante el coro desde el foso.

"Davide Luciano protagonizó una progresión remarcable, encarnando un Don Giovanni de gran agilidad escénica combinada con un fraseo seductor y una voz firme"

Salzburg sigue confiando en Teodor Currentzis pese a que algunos medios (The New York Times volvió al ataque hace unas semanas) siguen cuestionando sus lazos con la Rusia de Putin y su silencio ante la invasión de Ucrania. Seguramente para reducir suspicacias, el director griego ha vuelto a este Don Giovanni no con sus conjuntos rusos sino con Utopia, una orquesta y coro con integrantes de múltiples países. Más allá de la coyuntura política, de justicia es de reconocer que Currentzis es uno de los directores más estimulantes de la actualidad y su lectura de la obra maestra mozartiana lo volvió a confirmar. Algún tempo agitado (sin caer, no obstante, en contrastes gratuitos) no desmintió una lectura globalmente mesurada, más dramma que giocoso, como el montaje, de texturas meticulosamente iluminadas y acentos incisivos. Junto a la magnífica labor del coro y la orquesta (con momento de gloria incluido cuando el foso se eleva durante “Fin ch’han dal vino”), cabe subrayar las elaboradas intervenciones de Maria Shabashova al fortepiano.

Si la memoria no falla, era Gerard Mortier, desaparecido director del festival, quien afirmaba que el Grosses Festspielhaus no era un teatro apropiado para Mozart, pero que no podía renunciar al taquillaje que proporcionaban sus óperas más populares. A este factor se puede añadir la evolución de la praxis interpretativa que ha llevado a que este repertorio lo defiendan cantantes una o dos tallas más pequeñas que hace unos lustros, y el resultado es que en algunos momentos el apartado vocal se perdía en la inmensidad del escenario y de la sala. Esa fue la sensación inicial con Davide Luciano quien, no obstante, protagonizó una progresión remarcable, encarnando un Don Giovanni de gran agilidad escénica combinada con un fraseo seductor y una voz firme que estuvo a la altura del dramático final.

Otro de los grandes aciertos del montaje es convertir Leporello en un auténtico complemento, por no decir réplica, de su señor, lo que no impidió al magnífico Kyle Ketelsen afirmar su personalidad y autoridad vocales en todo momento. Nadezdha Pavlova fue una Donna Anna de voz ligera y fácil ascensión al sobreagudo (Currentzis permitió vistosas ornamentaciones), con una intensa línea de canto solo lastrada una excesiva tendencia hacia los sonidos fijos. Julian Prégardien tuvo que lidiar con continuos cambios de vestuario, algunos llamativos (un clown cara blanca), para un Don Ottavio de refinada nobleza, mejor parado en un “Dalla sua pace” etéreo que en un “Il mio tesoro” trémulo. Federica Lombardi fue una consistente Donna Elvira, segura e incisiva en todo momento, mientras que Dmitry Ulyanov era un Commendatore amenazador. El excesivamente rudo Masetto de Ruben Drole contrastaba con la delicada (y poco audible) Zerlina de Anna El-Khashem.  * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL

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