CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Ottavio Dantone abre una nueva era con un César desconocido
Innsbruck
Festwochen der Alten Musik
Giacomelli: CESARE IN EGITTO
Nueva producción
Arianna Venditelli, Emőke Baráth, Valerio Contaldo, Margherita Maria Sala, Federico Fiorio, Filippo Mineccia. Dirección musical: Ottavio Dantone. Dirección de escena: Leo Muscato. Tiroler Landestheater, 11 de agosto de 2024.
El Festival de Música Antigua de Innsbruck inaugura una nueva etapa tras los trece años de mandato de Alessandro De Marchi. Otro director italiano, Ottavio Dantone, asumirá la responsabilidad musical durante cinco ediciones en colaboración con la directora artística Eva-Maria Sens en un festival que tiene como una de sus señas de identidad la exploración de los rincones más inesperados del repertorio operístico barroco. La primera nueva producción de Dantone cumple con creces con esta premisa, ya que si Cesare in Egitto plantea una trama de sobras conocida, el compositor Geminiano Giacomelli (1692- 1740) es hoy en día poco más que una nota al pie de página, pese a contar en su catálogo con una veintena de títulos operísticos, algunos de los cuales, incluido el presentado en el festival tirolés, con notable repercusión.
Antes de continuar, dos aclaraciones importantes: primera, Cesare in Egitto no es una obra maestra que revolucione el conocimiento de la ópera en la primera mitad del siglo XVIII, y, segunda, es recomendable no compararla con la célebre obra de Händel, estrenada una década antes. El título de Giacomelli vio la luz en Venecia en 1735, tras una primera versión presentada en Milán, según el programa de mano, con notables diferencias. El libreto para la ciudad de los canales contó con la participación de un Carlo Goldoni antes de convertirse en una de las figuras clave del teatro dieciochesco. La historia sigue la llegada de Cesare a Egipto tras los pasos del vencido Pompeo, la pugna entre los hermanos Tolomeo y Cleopatra, y el inicio de la relación entre el general romano y la reina egipcia. Como novedad, Cornelia, la viuda de Pompeo, muestra un carácter más agresivo y vengador; Sesto, su hijo, es una presencia muda; un nuevo personaje, Lepido, duda entre el amor a Cornelia y la fidelidad a Cesare; y Cleopatra muestra mayores trazos de manipuladora maquiavélica. La ópera bien podría titularse La clemenza di Cesare porque, tras un giro de guion tan abrupto como inverosímil, el protagonista perdona a todos sus enemigos.
La partitura de Giacomelli no se mueve ni un ápice del marco de la opera seria de la época: largos recitativos secos (el público veneciano sí que los podía entender, no como el de Londres), desarrolladas arias da capo, en su inmensa mayoría en modo mayor, y ningún número de conjunto a excepción del preceptivo coro final. A reseñar que la obra reparte de forma bastante equilibrada el número de arias entre los seis personajes, unas arias a las que no hay que pedir caracterización psicológica, pero quizá sí una mayor variedad de afectos (algunas parecen mero relleno). En todo caso, Giacomelli se presenta como un compositor, ya que no genial, sí habilidoso, que supo explotar a fondo las formidables habilidades técnicas de los cantantes que tuvo a su disposición, ofreciendo un auténtico festival de fuegos de artificio vocales apoyado en una brillante escritura orquestal con un notable impulso rítmico y giros melódicos y armónicos que evocaban por momentos a Vivaldi.
La anterior aseveración se debe en parte a la prestación fantástica de l’Accademia Bizantina, la formación que dirige Ottavio Dantone que acompañará a su titular como orquesta residente en el festival en los cinco años de aventura tirolesa. Un sonido tan generoso como dúctil y una gran precisión rítmica fueron algunas de las armas que permitieron a Dantone, responsable junto a Bernardo Ticci de la edición crítica de la partitura, mantener en todo momento el pulso de la representación, incluyendo la tensión bien sostenida en los recitativos, y caracterizando con trazo preciso cada número, a la vez que dejaba espacio a los cantantes para introducir en los da capo ornamentaciones brillantes sin desfigurar el conjunto.
Un reparto homogéneo, con un puñado de premiados en el concurso Cesti que se celebra en la capital del Tirol, supo estar a la altura en términos generales a las exigencias técnicas de la partitura de Giacomelli. Dos sopranos brillaron como protagonistas: Arianna Venditelli, como un Giulio Cesare de indudable autoridad, que supo también mostrarse flexible en los pasajes más amorosos, con una voz que presentaba un bienvenido contraste con el timbre más claro de la Cleopatra fraseada con elegancia y buenas dosis de seducción por Emőke Baráth. El tenor Valerio Contaldo lució un canto vertiginoso en el aria en la que Tolomeo celebra su aparente triunfo sobre Cesare, la más espectacular de la obra, mientras que el sopranista Federico Fiorio, sin desmerecer en términos de canto de coloratura, destacó por la luminosidad de timbre que se adecuaba a los insatisfechos anhelos amorosos de Lepido. El objeto de sus afectos, Cornelia, fue la contralto Margherita Maria Sala, cuyos rotundos graves lucieron más en unos penetrantes recitativos que en unas arias donde los registros aparecían más desiguales. El contratenor Filippo Mineccia tradujo con acentos apropiados el carácter entre sumiso e intrigante de Achilla.
El apartado escénico no estuvo al mismo nivel, con una actualización perezosa por parte del director Leo Muscato que no fue mucho más allá de los uniformes militares (vestuario de Giovanna Fiorentini) y las metralletas de los soldados, dejando un poco a su suerte a los cantantes. El decorado de Andrea Belli estaba presidido por cinco altas estructuras metálicas revestidas como guerreros antiguos (más griegos que romanos) mientras que una plataforma giratoria permitía a los protagonistas evolucionar por diversos espacios de inspiración egipcia, sin evitar, por ello, algún momento risible, sobre todo en las escenas de acción. Por suerte, Ottavio Dantone sí que creía en la ópera de Giacomelli. * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL
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