CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Una manzana mítica celebra los 50 años del Festival de Innsbruck
Innsbruck
Innsbrucker Festwochen der Alten Musik
Cesti: IL POMO D'ORO
Nueva producción
Sophie Rennert, Jone Martínez, Shira Patchornik, Mathilde Ortscheidt, Rémy Brès-Feuillet, Alberto Allegrezza, Mauro Borgioni. Dirección musical: Ottavio Dantone. Dirección de escena: Fabio Ceresa. Tiroler Landestheater, 11 y 12 de agosto de 2026.
Los blockbusters (o superproducciones, para no caer en anglicismos) no son un invento de Hollywood y ahora que la conversación cultural en medio mundo gira alrededor de The Odissey de Christopher Nolan, es oportuno ir a los orígenes de la historia a través de una de las óperas más fastuosas del barroco, Il pomo d’oro de Pietro Antonio Cesti. Escrita para la boda en 1666 del emperador Leopoldo I de Austria con la infanta Margarita de España (ambos Habsburgos) pero por circunstancias diversas estrenada dos años más tarde en un teatro de Viena construido exprofeso, la obra reunía una cincuentena de personajes actuando, durante un prólogo y cinco actos, en 23 decorados distintos en un espectáculo de más de ocho horas de duración divididas en dos jornadas.
Las Innsbrucker Festwochen der Alten Musik han querido celebrar sus 50 años de existencia con este título mítico, no en balde tanto Cesti como el libretista Francesco Sbarra desarrollaron parte de su carrera en la capital del Tirol. Intentar emular el lujo de un espectáculo que también era un acto de propaganda del poderío del imperio era una misión fútil, y el festival ha acertado de lleno en su apuesta por un montaje ágil, ingenioso y entretenido (también dividido en dos días) con una brillante lectura musical.
Dos ejes principales centran la trama: la disputa de las diosas Venere, Pallade y Giunone por la manzana de oro, y la búsqueda de Helena por parte de un Paride que abandona a la ninfa Ennone. Alrededor, múltiples escenas de dioses, mortales y criaturas varias hasta que Giove corta por lo sano con los embrollos entregando la manzana a una mujer que reúne las virtudes de las tres diosas (la emperatriz, por supuesto, si bien en Innsbruck fue Miss Europa). Bebiendo de la tradición de la ópera veneciana del siglo XVII, el humor se entromete una y otra vez en medio del drama a través de la típica nodriza en travesti, Filaura, y un dios filósofo, Momo, cuya moralina nadie hace caso.
Convirtiendo la reunión de los territorios Habsburgo del prólogo en un concurso hortera de misses, Fabio Ceresa mostró desde el principio que su dirección se basaría en un humor sin manías, de brocha gorda en ocasiones, y terriblemente efectivo gracias a un ritmo teatral que no decayó durante las dos jornadas. La escenografía de Nikolaus Webern homenajeaba el teatro barroco, con sus telones pintados y sus máquinas voladoras (el equipo técnico del Tiroler Landestheater contribuyendo a la sucesión fluida de escenas), mientras que el vestuario de Giuseppe Palella contrastaba los colores brillantes de los dioses con las tonalidades en blanco y negro de los mortales. El director italiano desplegó una incesante inventiva de soluciones escénicas (incluso introdujo un gag futbolístico con Donald Trump) hasta la festiva conclusión recibida con alborozo por el público.
Ottavio Dantone se ha encargado de la reconstrucción de la música perdida de los actos tercero y quinto. La partitura de Cesti, con profusión de arias y diversos coros, además de números instrumentales, no siempre llega al nivel, ya no de un Monteverdi, tampoco del mejor Cavalli, pero, después de un primer acto algo árido, remonta el vuelo con resultados estimulantes. Por supuesto, Dantone y su magnífica Accademia Bizantina fueron los mejores abogados, con un continuo dúctil y unos tutti de envolvente amplitud. No fue poco mérito del director artístico del festival mantener en todo momento el pulso de las dos representaciones.
Innsbruck reunió un destacable reparto con veinte solistas vocales, la mayoría con doble o triple cometido. Destacaron la Giunone temperamental de Sophie Rennert, la seductora Venere de Jone Martínez, la brillante Pallade de Shira Patchornik, el timbre sedoso y el canto doliente de Mathilde Ortscheidt como Ennone, la no menos lastimera Alceste de Margherita Maria Sala, el dulce Aurindo de Rémy Brès-Feuillet, el desopilante Alberto Allegrezza (auténtico robaescenas) como Filaura, el seductor Paride de Mauro Borgioni (impecable en el cinismo con el que miente a Ennone), el firme Giacomo Nanni como Giove, el cavernoso José Coca Loza como Plutone y Caronte o el desenvuelto Momo de Rocco Cavalluzzi. Una celebración óptima para el medio siglo de un festival de referencia en la música antigua. * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL
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