De la fantasía rusa a la consulta del psicólogo

Madrid

01 / 05 / 2025 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 4 min

zar Saltan Teatro Real 'El cuento del zar Saltan' en el Teatro Real © Teatro Real / Javier DEL REAL
zar Saltan Teatro Real 'El cuento del zar Saltan' en el Teatro Real © Teatro Real / Javier DEL REAL
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Teatro Real

Rimsky-Kórsakov: EL CUENTO DEL ZAR SALTAN

Estreno en Madrid

Bogdan Volkov, Nina Minasyan, Ante Jerkunica, Svetlana Aksenova, Bernarda Bobro, Stine Marie Fischer, Carole Wilson, Evgeny Akimov, Alexander Vassiliev, Alejandro del Cerro, Alexander Kravets. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Dirección musical: Ouri Bronchti. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov. 30 de abril de 2025

El Teatro Real estrenó, en coproducción con el Théâtre de La Monnaie-De Munt de Bruselas, El cuento del zar Saltan, una obra de madurez de Rimsky-Kórsakov nunca vista en Madrid hasta ahora y que sí había subido al escenario del Liceu barcelonés en siete temporadas diferentes entre 1924 y 1952 (ver En Portada de ÓPERA ACTUAL 280). Basada en un célebre cuento de Pushkin, que a su vez retomó elementos de tradiciones populares rusas, orientales y europeas, la obra permitió al compositor lucir su extraordinario talento para la orquestación.

Así lo hizo desde el seco y casi disonante arranque, hasta los largos –a veces larguísimos– interludios orquestales como el que recrea un accidentado viaje marítimo, con recuerdos de Sheherezade, o el famosísimo “Vuelo del moscardón” –o del abejorro: las tradiciones cambian– , una variación muy moderna, en modo de ruido, sobre un motivo cromático en perpetuum mobile. Se entiende así la importancia que tiene aquí, como en tantas obras de Rimsky-Kórsakov, la orquestación: riquísima, sutil, como en la evocación del mundo de la ardilla a partir de una canción infantil, o el nocturno del principio del cuarto acto, con el solo de violín para evocar la atmósfera de la ciudad maravillosa de la isla de Buyán. La dirección de Ouri Bronchti destacó por el cuidado que puso en resaltar los matices de la obra, sin por ello perder el rumbo sinfónico, hasta llegar a momentos de altísima intensidad sonora, perfectamente bien expresados todos por la Orqueta Titular, que ejerció de forma soberana, y sin posible discusión, su papel protagonista. Lo mismo cabe decir del Coro, espléndido, empastado, homogéneo y expresivo.

"En el papel del Príncipe Guidón, Bogdan Volkov puso en juego su registro de tenor lírico, sin problemas para subir al agudo, con un fraseo impecable y un timbre lleno de dulzura y, por momentos, desgarrador"

En el papel protagonista del Príncipe Guidón, Bogdan Volkov puso en juego su registro de tenor lírico, sin problemas para subir al agudo, con un fraseo impecable y un timbre lleno de dulzura y, por momentos, desgarrador, en particular por el sesgo que el director de escena le dio al personaje. Su novia, la Princesa Cisne, estuvo a cargo de Nina Minasyan, de voz bien colocada y cristalina y con buenas coloraturas, como es propio de los personajes femeninos sobrenaturales del compositor; quizás le faltó un poco de autoridad, tanto en su papel de cisne como en el más humano de princesa enamorada, pero eso quizás se debió a los conceptos de la regia. Algo parecido le ocurrió a Svetlana Arksenova, aunque en este caso se trataba más bien de una cierta falta de variedad en el color y la emisión: preciosa interpretación, en cualquier caso, también en lo escénico.

Magnífico el Zar Saltan del bajo Ante Jerkunica, de voz cálida y atractiva, homogénea en todo el registro y creíble incluso en el último cuadro. Estupendas, matizadas y bien individualizadas, además de divertidas, Carole Wilson, Bernarda Bobro y Stine Marie Fischer como las tres malvadas del cuento, justamente castigadas por el moscardón en una graciosa escena de animación. Y muy bien Evgeny Akimov, Alexander Vassiliev y Alexander Kravets, con mención especial para Alejandro del Cerro en su magnífica y potente encarnación del Mensajero.

La puesta en escena de Dimitri Tcherniakov es algo más respetuosa con la ópera que otras producciones suyas, aunque el director no resiste la tentación de cambiar el sentido, y muy en particular el final de la historia que contaban Pushkin, Bielski (libretista) y Rimsky-Kórsakov. El heroico y sensible Príncipe Guidón queda convertido en un joven con serios problemas psicológicos, un autista, aunque no se sabe que el autismo se caracterice por los temblores y los brincos que Bogdan Volkov se ve obligado a desplegar durante toda la función. Su madre, la zarina, es una especie de existencialista fumadora, madre soltera condenada a sufrir muchísimo con la crianza y la educación de tan inquieto vástago. Y como suele ocurrir, del tono lacrimógeno, ajeno a los cuentos populares, se pasa a la denuncia social cuando, en la última escena, en lugar de celebrar el amor y la reconciliación, todo el mundo, vestido con trajes modernos, se burla del tonto del pueblo, que tal parece el desdichado Príncipe. Final, en cualquier caso, muy bien acogido por un público entusiasmado. * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL

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