CRÍTICAS
NACIONAL
Catriona Morison y el acaramelamiento británico en el ciclo de ‘Lied’
Madrid
Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM)
Recital de CATRIONA MORISON
XXXII Ciclo de 'Lied'
Obras de Johannes Brahms, Josephine Lang, Gustav Mahler, Ralph Vaughan Williams, Herbert Norman Howells, Bertha Frensel Wegener-Koopman, Ivor Gurney, Edward Elgar y canciones tradicionales escocesas. Malcolm Martineau, piano. Teatro de La Zarzuela, 22 de junio de 2026.
Volvió la mezzo Catriona Morison al Ciclo de Lied el Teatro de La Zarzuela y del CNDM, esta vez en solitario y con un programa muy distinto al de su última aparición en este escenario. Es conocida la belleza de la voz de la cantante escocesa, sus tonalidades oscuras y la sutileza de un cierto sfumato que envuelve en una muy pura evocación lírica, sin la menor cursilería ni afectación, la emisión a media voz y los pianissimi largamente mantenidos. Son facultades perfectas para interpretar las cinco canciones de Brahms que abrieron el recital, desde aquella en la que el poeta, y el músico, se contemplan en el azul de los ojos de la amada hasta aquel otro que describe la naturaleza del amor –llena de evocaciones casi pastorales– en tonos verdes: finura, cambios sutiles de color, elegancia de la dicción y sobre todo, una naturalidad extraordinaria en el fraseo, que le permite cantar como se habla, sin forzar nunca la expresión.
Vinieron después cuatro canciones de Josephine Lange, compositora alemana que Morison defiende con ahínco, y con razón: composiciones llenas de evocación poética, pero también dramáticas cundo hace falta, como en el “Lamento de Mignon”, entonada con expresividad y algún acento patético. Otras cuatro canciones de Mahler, procedentes del Cuerno mágico del muchacho introdujeron una nueva variedad de registros. Morison cantó una encantadora “Rheinlegendchen” (“Leyenda del Rin”), haciendo suya sin segundas intenciones la ingenuidad de una balada más o menos popular. Luego desplegó una intensidad dramática convincente en la muy histriónica y un poco grotesca “Das irdische Leben” (“La vida terrenal”), de la que rescató lo poco que se puede rescatar.
Todo este magnífico despliegue de medios y matices, a cargo de un instrumento rico y suntuoso, se enfrentó en la segunda parte a una serie de melodías inglesas y escocesas que describen, una tras otra, sin compasión, los efectos sedantes y ensoñadores, por así decirlo, del amor y la naturaleza. El momento más peligroso llegó con “Sleep”, de Ivor Gurney, en el que el teatro entero pareció a punto de sumergirse en una dulce somnolencia de la que no le sacarían ni las nostálgicas y acarameladas canciones tradicionales escocesas, ni el empeño por describir el silencio de una canción de Vaughan Williams, ni tampoco las evocaciones del canto florido del ruiseñor en “King David”, de Herbert Norman Howells. A veces los tópicos son realidad, y esta segunda parte tuvo toda la animación de un té con sándwiches de pepino servido en una vajilla Wedgwood… La apoteosis visionaria final de Elgar, en su “Sabbath Morning at Sea”, no cambió mucho las cosas: nunca la mística se le ha dado bien a los ingleses y la visión gloriosa apenas se alzó una o dos pulgadas del suelo. Bien es verdad que Morison demostró con ella su capacidad para cantar a plena voz, con un timbre radiante y luminoso.
Estupendo el gran e inconmensurable Malcom Martineau al piano, quien evidentemente conoce a la perfección este repertorio, y cuyo acompañamiento fue en ocasiones incluso más entretenido que la línea vocal. Gran éxito, en cualquier caso, con dos propinas: una encantadora miniatura de Brahms y Madrid, una canción de Pauline Viardot-García entonada con intención y virtuosismo, como una ráfaga de aire fresco. * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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