CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Calixto Bieto une las piezas del explosivo tríptico teatral de Carl Orff
Hamburgo
Hamburg Staatsoper
Orff: TRIONFI
Nueva producción
Nicole Chevalier, Sandra Hamaoui, Oleksiy Palchykov, Jake Arditti, Cody Quattlebaum. Dirección musical: Kent Nagano. Dirección de escena: Calixto Bieito. 5 de octubre de 2024.
La fama planetaria de la cantata profana Carmina burana ha eclipsado el resto de la producción lírica de Carl Orff, incluidas las dos piezas posteriores con las que el compositor alemán confeccionó el tríptico teatral Trionfi. Además, la primera pieza es más habitual escucharla en una sala de conciertos que en un teatro, pese a que se estrenó de forma escenificada en 1937, al igual que Catulli carmina en 1943 y, ya como parte del flamante tríptico, Trionfo di Afrodite en 1953 (Herbert von Karajan hizo los honores tanto musicales como escénicos en La Scala de Milán). La primera nueva producción de la temporada de la Staatsoper de Hamburgo tenía, por tanto, el aliciente de ser una propuesta inusual reforzada por la presencia de Calixto Bieito al frente del montaje.
Como en otras producciones del director español, la falta de constreñimientos argumentales específicos (factor aplicable también al espectador, junto con la ausencia de arraigadas tradiciones interpretativas) estimula su imaginación teatral. Poco sorprende que en el programa se advierta de la carga sexual de ciertas escenas y de la desnudez de algunos intérpretes, como tampoco sorprenden diversos elementos ya empleados por Bieito anteriormente: por ejemplo, la presencia de una figurante de corta estatura, Yasmin Saleh, como la Fortuna que sigue los acontecimientos de las tres partes, o la contraposición entre juventud y una vejez que no renuncia al placer. Y es que de placer, sensualidad, sexo, lujuria, pasión y deseo trata la pieza de Orff inspirada en textos de la antigüedad greco-latina y de la Edad Media y así bien lo refleja el director.
Dejando los Carmina burana para la segunda parte del espectáculo, Bieito se concentra en la primera mitad en una exploración sin ambages de las diferentes etapas de la relación erótico-afectiva de una pareja, identificados como el poeta Catulo y su amada Lesbia. El primero aparece arrastrando un piano de cuyo interior surge la segunda, una imagen que evoca automáticamente el universo de Carles Santos, pese a que el erotismo de este tenía un irreverente tono lúdico ausente en Bieito. Como un sismógrafo emocional, atracción y repulsión, ternura y rechazo, olvido y reconciliación se suceden de forma imparable en Catulli carmina. Pero si Catulo consigue rescatar a Lesbia del aluvión de cuerpos desnudos que la abruman, al final es la sociedad encarnada por el coro la que consigue la separación de los amantes. Trionfo di Afrodite supone un paso atrás en el tiempo, los inicios de la relación, con su timidez y sus gestos torpes, antes de llegar a la boda. Una unión tratada de forma irónica y no sin conflicto, con un hombre desnudo encerrado en una cámara transparente que acaba vestido de novia con el traje ensangrentado, mientras el coro deja el escenario lleno de la fruta de la tentación por excelencia, la manzana.
La escenografía de Rebecca Ringst ofrece un marco tan funcional como aséptico, ideal para proyectar los vídeos poco invasivos de Sarah Derendinger, situando la orquesta en plataformas elevadas al fondo del escenario, lo que permite un ágil cambio a vista entre los cuatro pianos y el arsenal de percusión de Catulli carmina y la formación más nutrida de Trionfo di Afrodite. En Carmina burana la historia, por decirlo de alguna manera, adopta un carácter más colectivo, una exploración del placer y el desenfreno, que empieza con el vino, una vendimia casi apocalíptica que acaba con una jocosa batalla campal que deja el suelo del escenario repleto de líquido rojo (por precaución, el teatro proporciona plásticos protectores a las dos primeras filas de platea), una escena bendecida por dos orondos figurantes ejerciendo de Baco y Dionisio. De la bebida se pasa a la comida, con tonos caníbales por la amenaza que se cierne sobre el contratenor Jake Arditti, brillante de voz e hilarante de prestancia escénica como el cisne asado a punto de ser devorado. En el tramo final, el montaje pierde algo de fuelle, recuperado en la potente imagen que baja el telón: tras el sensual “In trutina” y el luminoso “Dulcissime”, interpretados de forma impecable por Sandra Hamaoui, la fortuna, siempre caprichosa, se vuelve adversa para la soprano, atacada por el coro y, con una manzana en la boca, a punto de ser un nuevo manjar para devorar.
Una de las grandes virtudes de Bieito es conseguir de los cantantes una entrega física sin reservas. El lógico desgaste que se deriva puede tener alguna consecuencia, como la ligera fatiga evidente en algún momento de Cody Quattlebaum. Ello no restó un ápice a una prestación llena de energía en la que el bajo norteamericano no dudó en enseñarlo todo o a pasar en un instante de figura crística a cowboy o sacerdote lúbrico. De forma aún más admirable resolvió la ardua papeleta Oleksiy Palchykov: ni las posturas incómodas ni el agitado movimiento hicieron mella en el tenor ucraniano, poseedor de una voz de radiante belleza, cálida y envolvente, con un gran dominio de la voz mixta para los pasajes más agudos. Este Catulo de fraseo meticuloso tuvo buena respuesta por parte de la Lesbia incisiva y de movimientos ágiles de Nicole Chevalier; la soprano también resolvió con seguridad los arriesgados saltos interválicos de Trionfo di Afrodite.
Dando la espalda al escenario, Kent Nagano tuvo que contar con hasta tres asistentes (uno en la primera fila de platea, dos en sendos laterales del primer piso) para coordinar solistas y coro. En Carmina burana hubo pequeños desajustes que no llegaron al accidente y que, por otro lado, introducían un para nada inapropiado elemento de riesgo en un montaje centrado en la desmesura. Sin desmerecer la labor excelente en Carmina burana del coro del teatro y las voces infantiles, la poco más de veintena de cantantes de la Capilla Liatoshynski de Kiev dieron en la primera parte una lección de sonido compacto, afinación milimétrica, precisión rítmica y soltura escénica. El gesto claro y analítico de Kent Nagano buscó y encontró en la música de Orff una variedad de acentos y atmósferas que permitió que el espectáculo avanzara de forma implacable sin caer en efectismos hueros ni en un mecanicismo vacuo. * Xavier CESTER, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL
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