Desconcierto con ‘I Vespri’ de Bieito... ¿Dónde está Verdi?

Zúrich

01 / 07 / 2024 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 4 min

verdi zurich La nueva producción de 'I vespri siciliani' de Calixto Bieito © Oernhaus Zürich / Herwig PRAMMER
verdi zurich La nueva producción de 'I vespri siciliani' de Calixto Bieito © Oernhaus Zürich / Herwig PRAMMER
verdi zurich La nueva producción de 'I vespri siciliani' de Calixto Bieito © Oernhaus Zürich / Herwig PRAMMER

Opernhaus Zürich

Verdi: I VESPRI SICILIANI

Nueva producción

Maria Agresta, Irène Fridli, Quinn Kelsey, Patrick Guetti, Sergey Romanovsky, Jonas Jud, Bret Michael Smith, Raúl Gutiérrez, Omer Kobiljak, Stanislav Vorobyov, Maximilian Lawrie. Dirección musical: Ivan Repušić. Dirección de escena: Calixto Bieito. 28 de junio de 2024.

La nueva producción de I Vespri Siciliani en la Opernhaus Zürich, bajo la dirección de Calixto Bieito, fue un intento fallido de reinterpretación que dejó al público desconcertado y decepcionado. El regista español, conocido por su enfoque provocador, ofreció una puesta en escena que pareció más un ejercicio de autoindulgencia que una interpretación fiel y coherente de la obra de Verdi. Ya desde el inicio, la propuesta se caracterizó por una desconexión palpable entre la música y la escenografía. Bieito eligió ambientar la ópera en un entorno atemporal, lleno de contenedores, que no logró resonar ni contextualizar la trama histórica de la revuelta siciliana contra los franceses en 1282. Este enfoque, más centrado en las memorias personales del director (referencias a Pasolini, Fellini, Rosselini, Goya o Dalí) que en el libreto de Verdi, creó un vacío emocional que ni las actuaciones ni la música pudieron llenar. La obsesión de Bieito por la violencia contra las mujeres, presentada de manera gráfica y repetitiva, terminó por trivializar la narrativa, convirtiendo escenas clave en un espectáculo de horror más que en una denuncia significativa.

La escenografía de Aída-Leonor Guardia, con sus contenedores y el vestuario de Ingo Krügler, fallaron en proporcionar una atmósfera coherente que apoyara el discurso. Los contenedores, aunque inicialmente intrigantes –dejà vu en Lady Macbeth de Mtsenk—, rápidamente se volvieron repetitivos y carentes de significado claro, mientras que el vestuario despojó a la obra de su contexto histórico y emocional. Las proyecciones de video de Adrià Reixach, lejos de enriquecer la producción, añadieron una capa de distracción que raramente complementaba la acción en el escenario.

"Maria Agresta, en el papel de Elena, mostró una voz inicialmente prometedora que se fue apagando con el transcurso de la noche, especialmente en el exigente bolero del quinto acto"

Las interpretaciones vocales, aunque comprometidas, no lograron redimir la producción. Maria Agresta, en el papel de Elena, mostró una voz inicialmente prometedora que se fue apagando en el transcurso de la noche, especialmente en el exigente bolero del quinto acto. Su interpretación fue deslucida y en momentos cruciales su voz no alcanzó los registros necesarios. Quinn Kelsey, como Guido de Monforte, no pudo superar problemas vocales que afectaron la coherencia de su interpretación; como ya se ha apuntado varias veces, el barítono norteamericano goza de un instrumento privilegiado, ideal para este repertorio, pero carente de estilo, con problemas graves de afinación y fraseo deslucido, sin lograr construir un personaje coherente. Una verdadera lástima. Por su parte, Sergey Romanovsky, aunque poseedor de un instrumento de cierta belleza e interesante squillo, no es la voz para este repertorio: Arrigo le iba grande y, a pesar de su entrega y sensibilidad, no convenció en un rol exigente y dificilísimo que pide a gritos una voz verdiana de primera.

La sustitución de última hora de Patrick Guetti, quien tuvo que interpretar el papel de Procida desde un atril y en francés, añadió un elemento de improvisación que subrayó la falta de cohesión del montaje. Esta situación, manejada con profesionalismo por Guetti (de hecho fue el intérprete más interesante del elenco), no hizo sino aumentar la sensación de desorganización general. La incongruencia de idiomas en escena creó una barrera adicional para la inmersión del público, haciendo aún más difícil conectar con la narrativa de la ópera. Con todo, Guetti es un bajo a tener muy en cuenta, de voz cavernosa, registro amplio y, a pesar de la situación, de una gran implicación musical. ¡Bravo!

Ivan Repušić, dirigiendo la Philharmonia Zürich, optó por un estilo vigoroso que, lejos de resaltar las sutilezas de la partitura de Verdi, se convirtió en una sinfonía de sonidos excesivamente fuertes y descoordinados; su falta de delicadeza y matices contribuyó a que la ópera se sintiera pesada y sin vida, más una carga que una celebración de la música de Verdi. La orquesta, en lugar de complementar a los cantantes, a menudo los ahogaba, forzando a los intérpretes a competir con el volumen en lugar de encontrar un equilibrio armónico. Esta falta de equilibrio fue especialmente evidente en los momentos corales, donde el coro, generalmente una fortaleza en las producciones de Verdi, se vio reducido a una presencia ruidosa y poco matizada, amén de una falta total de imaginación en el movimiento escénico proyectado por Bieito.

Estas Vespri fueron un recordatorio doloroso de lo que sucede cuando la interpretación personal del director se impone sobre la integridad de la obra. Verdi, en su esencia, brilló por su ausencia en una noche donde el desconcierto tomó el protagonismo, dejando a la audiencia con más preguntas que aplausos. La producción, en su intento de ser innovadora, terminó siendo un testimonio de cómo no se debe tratar una obra maestra de Verdi.  * Albert GARRIGA, corresponsal en Zúrich de ÓPERA ACTUAL

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