Brett Dean ofrece una nueva versión de la batalla de reinas más célebre

Múnich

12 / 05 / 2026 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 min

El estreno absoluto de ‘One of Blood’, del compositor Brett Dean © Bayerische Staatsoper / Monike RITTERSHAUS
El estreno absoluto de ‘One of Blood’, del compositor Brett Dean © Bayerische Staatsoper / Monike RITTERSHAUS
El estreno absoluto de ‘One of Blood’, del compositor Brett Dean © Bayerische Staatsoper / Monike RITTERSHAUS

Bayerische Staatsoper

Dean: OF ONE BLOOD

Estreno absoluto

Johanni van Oostrum, Vera-Lotte Boecker, Freya Apffelstaedt, Liam Bonthrone, Andrew Hamilton, Mahan Esfahani. Dirección musical: Vladimir Jurowski. Dirección de escena: Claus Guth. Nationaltheater, 10 de mayo de 2026.

La pugna entre Elizabeth Tudor y Mary Stuart ha sido objeto de incontables ficciones en todo tipo de géneros, algunas con escasas conexiones con la realidad histórica, como el drama de Schiller que inspiró la ópera de Donizetti, con el enfrentamiento imposible entre dos reinas que nunca se vieron las caras. Para su tercera ópera, el compositor australiano Brett Dean, fascinado, tras su anterior Hamlet, por la lengua inglesa de la era isabelina, cuenta con un libreto de su propia esposa, la artista Heather Betts, que se sumerge en cartas y textos diversos de las protagonistas, así como otras fuentes del siglo XVI, para concentrar en dos actos la tragedia de dos mujeres gobernando en un mundo de hombres. El título, Of One Blood, procede de una carta de Mary a Elizabeth que destaca los lazos que las unen, lazos que, no obstante, no impidieron la ejecución de la soberana escocesa.

La Bayerische Staatsoper, en coproducción con la Santa Fe Opera, era un marco lógico para este estreno absoluto, no en balde Vladimir Jurowski, director musical del teatro muniqués, ya estrenó Hamlet en Glyndebourne en 2017, título que también programó en la capital bávara. Pese a la variedad de fuentes empleadas, Betts evita caer en el collage sin dramatismo que, por ejemplo, afecta algunos de los libretos que con la misma técnica ha realizado Peter Sellars para John Adams. Los dos actos están enmarcados por un prólogo y un epílogo situados en la capilla con los mausoleos de las dos reinas en la Abadía de Westminster. Si las primeras cuatro escenas, de estructura simétrica, alternan el protagonismo de las dos mujeres, con los violentos acontecimientos que llevarán a la detención de Mary, en las cuatro escenas del segundo acto, situado diecinueve años después, ambos destinos están entrelazados hasta el juicio y ejecución de la reina católica.

La partitura de Dean, densa y compacta, ofrece un trasfondo ominoso que arranca con un gesto determinante: ya que la relación entre las protagonistas fue exclusivamente epistolar, el sonido de una pluma escribiendo sobre papel será uno de los ejes del discurso musical posterior, en especial a través de un componente rítmico muy marcado (la orquesta cuenta con un amplio dispositivo de percusión). Junto con el uso de la electrónica y de sonidos pregrabados, que dan un carácter más incisivo a las inflexiones microtonales, otro elemento destacado del discurso musical es la citación y distorsión de piezas, sacras y profanas, del siglo XVI, contando con la aparición en escena de un clavicémbalo (todo un lujo, la presencia de Mahan Esfahani). La hiperactividad de la orquesta, incluso en los pasajes más recogidos, que caracteriza el primer acto se relaja en un segundo más discursivo hasta recuperar impulso en el trágico desenlace.

"La Mary de Vera-Lotte Boecker, de instrumento fresco, timbre radiante, canto emotivo y presencia escénica carismática"

A nivel vocal, Dean también juega con las simetrías, asignando los papeles protagonistas a sendas sopranos, lírica y aguda Mary, dramática y central Elizabeth, con una escritura que prima la declamación expresiva por delante de la efusión lírica. Las dos están acompañadas por sendos quintetos de voces, femeninas para la primera, masculinas para la segunda, mientras que el coro tiene su momento álgido en la escena de la ejecución, con una tensión bien graduada por Dean en lo que no deja de ser un gran concertante en versión siglo XXI, mientras que las voces de las reinas, flotando etéreamente en la plegaria que Mary entona al principio de la obra, pidiendo “alegría eterna”, cierra con delicadeza una ópera más que notable.

Múnich no escatimó esfuerzos en este estreno, empezando por la batuta, de una autoridad incontestable, de Jurowski, quien obtuvo un rendimiento tan cohesionado como enérgico de las magníficas fuerzas estables del teatro y mantuvo en todo momento el pulso implacable de la representación. Por su parte, el montaje de Claus Guth jugó la carta del distanciamiento en la reconstrucción histórica, situando dos elaboradas recreaciones de las tumbas de Mary y Elizabeth en el marco de un aséptico laboratorio (escenografía de Etienne Pluss). Científicos con trajes protectores introducen elementos como el trono de Elizabeth, así como los distintos personajes con vestuario del siglo XVI (diseños de una Ursula Kudrna que no resistió la tentación de evocar el tartán para la corte escocesa), un recurso que se hace cansino a medida que la función avanza. Ello no obsta para que Guth, con el añadido de los convulsos apuntes coreográficos de Sommer Ulrickson, narre con eficacia la trama.

Por su carácter de víctima, pese a todas las objeciones que su personalidad pueda generar, pero también por una escritura más brillante por parte de Dean, era casi inevitable no sentir mayor simpatía por la Mary de Vera-Lotte Boecker, de instrumento fresco, timbre radiante, canto emotivo y presencia escénica carismática. Todo ello no desmerece la notable Elizabeth de Johanni van Oostrum, aunque un registro central más carnoso hubiera sido ideal. No importa que las dos reinas nunca se encontraran, Dean escribe para ellas algunas páginas compartidas en las que ambas voces se compenetraron a la perfección. Del quinteto vocal femenino destacó la Jane Kennedy comprensiva de Freya Apffelstaedt, mientras que del grupo masculino el odioso Lord Darnley de Liam Bonthrone y el sufrido Rizzio de Andrew Hamilton fueron dignos de encomio. Cálidas ovaciones para todo el equipo artístico culminaron un estreno importante.  * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL

 

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