CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Una 'Salome' traumática en el Met
Nueva York
The Metropolitan Opera House
Strauss: SALOME
Nueva producción
Elza van den Heever, Peter Mattei, Gerhard Siegel, Piotr Bszewski. Dirección musical: Yannick Nézet-Séguin. Dirección de escena: Claus Guth. 24 de mayo de 2025.
Original del Teatro Bolshói de Moscú, donde se estrenó en 2021, esta nueva producción de Salome en la Metropolitan Opera House de Nueva York dirigida por Claus Guth, no solo revive el polémico drama de Richard Strauss con una audaz propuesta visual, sino que lo reinterpreta con una crudeza emocional pocas veces vista en el repertorio operístico. Alejándose del enfoque bíblico tradicional, Guth traslada la acción a principios del siglo XX, época cercana a la composición de la obra, y transforma el palacio de Herodes en una mansión victoriana, un escenario donde el deseo, la represión y el abuso se entrelazan de manera perturbadora.
Desde la subida del telón, incluso antes del inicio musical, la propuesta es inquietante: en el escenario, una niña pequeña juega en silencio con una muñeca a la que arranca los brazos antes de destrozarla por completo. Ese gesto brutal y simbólico funciona como una premonición de lo que está por desarrollarse. La historia de Salome es, aquí, la historia de un trauma sexual infantil no superado, de una niñez rota y de cómo la violencia infantil genera déficit en el desarrollo personal.
La escenografía es un personaje más: una mansión opresiva, sombría y laberíntica, en la que cada rincón parece esconder un secreto sucio. La iluminación de Olaf Freese acentúa la sensación de encierro psicológico. En un rincón del sótano donde Jochanaan está encadenado, una Salomé-niña se balancea en un caballito de juguete; en otro, otra permanece sentada en silencio. Es un mundo donde la infancia no ha tenido espacio para ser vivida, y donde el deseo se mezcla con el dolor y la culpa.
Guth acompaña a la protagonista con seis dobles de la protagonista de distintas edades que aparecen y desaparecen a lo largo del espectáculo, vestidas igual que ella, como sombras del pasado que la persiguen. Lo que podría parecer una simple ocurrencia escénica se vuelve escalofriante conforme avanza la obra. Esta Salome no es simplemente caprichosa o inmoral; ha sido víctima de años de abuso dentro de su propia familia. El punto de inflexión emocional llega con la Danza de los Siete Velos, que en esta versión abandona por completo el formato de striptease. En su lugar, hay una danza ritual y devastadora: cada una de las niñas-Salome aparece con un velo negro, que le es quitado por la Salome adulta mientras baila para un Herodes que, con cabeza de carnero y látigo en mano, las manosea una a una. La escena es claramente una representación coreográfica del abuso.
En un momento en que la ópera busca formas de conectar con el público actual, esta producción no es solo una nueva interpretación; es una crítica directa a la sociedad. Claus Guth no suaviza ni el texto de Wilde ni la música de Strauss, sino que los lleva al límite, quitándoles cualquier metáfora innecesaria. En lugar de sugerir, muestra verdades incómodas. Y lo hace con una valentía artística que impacta y que, sin duda, será uno de los momentos más importantes de la temporada.
Musicalmente, Salome es una ópera intensa, provocadora y cargada de erotismo. Aunque fue compuesta en 1905, sigue resultando atrevida incluso hoy: la música es poderosa, a ratos sensual y a ratos violenta, y refleja perfectamente la tensión psicológica de la historia. La Orquesta del Met, bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin se convierte en una fuerza imparable y, desde los momentos más delicados hasta los más desgarradores, el director saca todo el dramatismo y la oscuridad que esconde la partitura.
Elza van den Heever, como Salome ofreció una interpretación compleja, cruda y profundamente humana: la soprano sudafricana se entregó de manera excepcionalmente comprometida y desgarradora a su rol, aportando una intensidad emocional palpable desde el primer momento. Vocalmente deslumbró con una voz brillante, bien proyectada y siempre controlada; su timbre, cálido, pero sin caer en lo empalagoso, logró mantener una expresividad constante, incluso en los pasajes más extremos sin perder nunca el equilibrio ni volverse estridente. La soprano transita con naturalidad entre las distintas facetas de Salome: la niña herida, la mujer seductora, la víctima y la agresora, logrando una interpretación que, sin esfuerzo, daba vida a la contradicción interna del personaje.
Peter Mattei ofreció una interpretación majestuosa del papel de Jochanaan: su timbre distintivo, combinado con un control excepcional de su rango vocal y una imponente presencia escénica, resultó perfecto para las severas proclamaciones y maldiciones del personaje. Mattei logró transmitir con fuerza la intensidad dramática de la obra, aportando una profundidad única a su interpretación. El Herodes de Gerhard Siegel resultó especialmente impactante: a pesar de la naturaleza vil y perturbadora del personaje, su canto es sólido y no cayó en la exageración, lo que lo convirtió en un personaje particularmente efectivo y monstruosamente convincente, impresionante, precisamente por la sinceridad y la autenticidad con la que aborda un papel tan complejo y repulsivo.
Piotr Buszewski fue un Narraboth intenso y emotivo: su canto se escuchó controlado y bien proyectado, destacando la desesperación y vulnerabilidad del personaje, sobre todo en la inquietante escena con Salome; aunque su papel es breve, su presencia contribuyó significativamente a la tensión dramática de la obra. * Rebeca BLANCO PRIM, corresponsal en Nueva York de ÓPERA ACTUAL
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