CRÍTICAS
INTERNACIONAL
La Scala cierra el 'Anillo' con un triunfo musical
Milán
Teatro alla Scala
Wagner: GOTTERDÄMMERUNG
Nueva producción
Klaus Florian Vogt, Günter Groissböck, Russell Braun, Johannes Martin Kränzle, Camilla Nylund, Olga Bezmertna, Szilvia Vörös, Nina Stemme, Lea-ann Dunbar, Svetlina Stoyanova, Virginie Verrez, Christa Mayer. Dirección musical: Alexander Soddy. Dirección de escena: David McVicar. 4 de febrero de 2026.
El Anillo del Teatro alla Scala concluyó con una emocionante versión musical de Götterdämmerung. El mérito principal recae en la magnífica interpretación orquestal —con una orquesta soberbia y un coro no menos talentoso, dirigido por Alberto Malazzi— bajo la batuta del maestro inglés Alexander Soddy, que se confirma como una auténtica batuta de punta, con una clara afinidad y una evidente felicidad wagneriana. Decir que El ocaso de los dioses, con sus más de cuatro horas de duración, pasó volando parece casi un oxímoron, pero lo cierto es que rara vez en el teatro se tiene la sensación de estar cautivado, involucrado y en suspenso, en un silencio casi religioso (salvo tres tímidos timbres de teléfono, inmediatamente silenciados), durante toda una ópera tan compleja.
Hubo pocas deserciones del público tras el primer acto (se trata, al fin y al cabo, del turno A de abono) y, en compensación, una prolongada ovación final con el público en pie para casi todos los intérpretes; excepción hecha de las dos excelentes Nornas —Christa Mayer, la primera, y Szilvia Vörös, la segunda— y, sobre todo, de la genial Nina Stemme en el cameo (relativo, ya que su intervención es en cualquier caso determinante) de Waltraute, aplaudidas y celebradas ante el telón al final del primer acto, donde concluyen sus respectivas partes.
Soddy, impetuoso y sinfónicamente arrebatador tanto durante el viaje de Sigfrido por el Rin como, más tarde, en la trágica marcha fúnebre, supo captar las distintas atmósferas del enorme fresco wagneriano: desde la pasión del segundo acto hasta el despertar de Brünnhilde, pasando por la ironía juguetona —y luego cruel— de las tres Hijas del Rin, dignas de elogio por su canto: Lea-Ann D’Cruz (Woglinde), Svetlina Stoyanova (Wellgunde) y Virginie Verrez (Flosshilde). Una interpretación sin fallos, ni siquiera en los momentos de extrema rarefacción sonora o en el encuentro nocturno entre Alberich —excelente Johannes Martin Kränzle, pese al reducido peso del personaje en esta ópera— y su hijo, el pérfido Hagen, interpretado con gran personalidad escénica y vocal por Günther Groissböck, salvo alguna ligera inseguridad en el registro agudo. Muy acertados también los dos desdichados hermanos Gibichungos: Günther, de Russell Braun, y, sobre todo, la excelente soprano Olga Bezsmertna, ya tercera Norna y luego sensible Gutrune.
Por último, la pareja protagonista. Del Siegfried de Klaus Florian Vogt no cabe esperar el timbre heroico tradicionalmente asociado al personaje, pero su experiencia, su indiscutible musicalidad y su gusto por la exposición de la frase —nunca estentórea, rica en inflexiones— hacen plenamente justicia al joven héroe, también gracias a una presencia escénica y una agilidad actoral que siguen resultando creíbles. Algo similar puede decirse de la muy apreciada Brünnhilde de la soprano Camilla Nylund, cuya voz no es torrencial, pero está muy bien administrada: apenas alguna oscilación en frío, para luego mostrarse precisa y enfocada en los agudos y, sobre todo, muy convincente como intérprete. Ambos fueron, con razón, largamente aplaudidos.
El espectáculo de David McVicar no sorprende a quienes ya han asistido a las otras jornadas de esta Tetralogía. Se busca un mundo fantástico que a veces deriva hacia El mago de Oz debido a los discutibles trajes de Emma Kingsbury, que oscilan entre lo grotesco (los gibichungos parecen salidos del imperio inca) y lo directamente trash: Siegfried con vaqueros rotos y chaqueta. En esencia, falta una idea coherente y, aunque no molesta o se han visto cosas peores, en el estreno no faltaron reacciones comprensibles por parte del público. Una oportunidad perdida para La Scala, aunque ya se presuponía. * Andrea MERLI, corresponsal en Milán de ÓPERA ACTUAL
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