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Tristán e Isolda hurgan en el pasado para inaugurar el Festival
Bayreuth
Festival de Bayreuth
Wagner: TRISTAN UND ISOLDE
Nueva producción. Velada inaugural
Andreas Schager, Camilla Nylund, Günther Groissböck, Ólafur Sigurdarson, Christa Mayer, Birger Radde. Dirección de escena: Thorleifur Örn Arnarsson. Dirección musical: Semyon Bychkov. 25 de julio de 2024.
El Festival de Bayreuth 2024 empezó anoche con el estreno de una nueva producción de Tristan und Isolde, solo dos años después de que viera la luz la última (en la que el recientemente fallecido Stephen Gould cantó su último Tristan, y que marcó el inicio de la recuperación pospandémica en la Verde Colina). El experimentado director ruso-americano Semyon Bychkov, muy apreciado en Bayreuth, y el regista islandés Thorleifur Örn Arnarsson, al lado de su dramaturgo Andri Hardmeier, lideraban este nuevo intento de dar sentido escénico a las aventuras psicodélicas de Tristan e Isolde. No sin razón decía Patrice Chéreau, a quien intentaron convencer una y otra vez para que escenificara la ópera, que la escasez de acción teatral del Tristan la convierte en una obra para ser escuchada, y no para ser llevada a las tablas…
En efecto, los personajes de ese drama wagneriano no emprenden demasiado, sino que mayormente cuentan aquello que les ha sucedido en tiempos anteriores, procurando comprender tanto sus estados mentales presentes como las visiones de una suerte futura que parecen visitarles incesantemente. La propuesta de Arnarsson y Hardmeier explota esa idea, llenando la escena de referencias al recuerdo y a la narración: un vestido sobredimensionado en el que Isolde escribe y lee continuamente durante el primer acto; una bodega de barco en la cual, a modo de desván, se amontonan todo tipo de objetos del pasado, como el vestido de Isolde, en el segundo acto, y los restos del naufragio de este mismo barco, en el tercero.
Con una sólida dramaturgia, la producción brilla más por su fineza visual –la iluminación de Sascha Zauner es especialmente delicada– que por la dirección actoral, por lo general bastante inocua. Una vez más, Bayreuth se rinde al foso cubierto: la dirección de Bychkov es sabia y moderada, dedicada sobre todo al detalle dinámico y tímbrico de la partitura. La minuciosidad de su batuta aplicada al talento de la orquesta del Festival hace maravillas; el Vorspiel y el Liebestod resultaron deliciosos, llenos de pianísimos y transparencias instrumentales imposibles. Cabe destacar también la perfecta adecuación del sonido orquestal a las voces, con una reserva, y es que un enfoque eminentemente lírico del Tristan, como el de Bychkov, tiende a olvidar el papel dramatúrgico de la orquesta, tan importante en toda la obra de Wagner. Esto produjo momentos más bien planos, especialmente en el primer acto, allí donde las tensiones estructurales del flujo orquestal tendrían que gobernar las voces, y no al revés.
Cabe decir que es difícil escoger un enfoque que no sea el lírico cuando se cuenta con un elenco como el de Bayreuth 2024. La Isolde de Camilla Nylund no pasará a la historia por ser la más potente, pero sí que demuestra, como ya quedó claro en Dresde en invierno, que es posible trasladar al personaje a un registro de soprano casi ligera sin pasar desapercibida; quizás se deba a la acústica milagrosa de la Festspielhaus, que privilegia como ninguna otra sala el despliegue de la voz, pero el caso es que Nylund salió indemne hasta de las etapas más duras del dúo del segundo acto, y eso que aquí su contraparte no era el ligero Klaus Florian Vogt, como en Dresde, sino un portentoso Andreas Schager. El tenor fue, sin duda, la voz masculina de la velada, ya que el Kurwenal de Ólafur Sigurdarson convenció, más allá de la poca comprensibilidad, pero Günther Groissböck fue un flojísimo Rey Marke. La acaparadora interpretación de Tristan del tenor austríaco orbita alrededor del tercer acto, cuando se produce una interesante yuxtaposición entre la extenuación del personaje y la de la voz. Schager canta este papel por undécima vez, y esto se hace notar; como es habitual en él, y en perfecta coherencia con el ataque neurótico que sufre su personaje en el tercer acto de la ópera, no renuncia a ningún registro ni efecto vocal, tampoco a un sonido cercano al grito ni al carraspeo. La grandeza de su lectura radica, sin embargo, en que, siempre a contracorriente de una técnica vocal de Heldentenor puro, con ataques muy violentos e irregularidades en la afinación, Schager no se olvida de la ligereza y la flexibilidad. Tanto en el dúo del segundo acto como en el pasaje “Auf wonniger Blumen / lichten Wogen” del tercero, su voz consigue convertir la locura de Tristan en un auténtico homenaje a la lírica. * Lluc SOLÉS, corresponsal en Bayreuth de ÓPERA ACTUAL
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