Puede que todo empezara a torcerse el día en que la ciencia se separó definitivamente de los saberes humanísticos y los nuevos científicos abdicaron de la figura clásica que combinaba poética, conocimiento técnico y sabiduría. Para los más jóvenes, ese aviso lo encarnó Hal, el robot rebelde de 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Para otros, la advertencia llegó en forma de la novela de una mujer, Mary Shelley, hace dos siglos.