La nueva ‘Tetralogía’ de Castellucci empieza con buen pie

Bruselas

06 / 11 / 2023 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 3 min

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teatralogia wagner La nueva producción de 'Das Rheingold' de Romeo Castellucci © La Monnaie / Monika RITTERSHAUS
teatralogia wagner La nueva producción de 'Das Rheingold' de Romeo Castellucci © La Monnaie / Monika RITTERSHAUS
teatralogia wagner La nueva producción de 'Das Rheingold' de Romeo Castellucci © La Monnaie / Monika RITTERSHAUS

La Monnaie-De Munt

Wagner: DAS RHEINGOLD

Nueva producción

Gábor Bretz, Nicky Spence, Marie-Nicole Lemieux, Scott Hendricks, Peter Hoare, Ante Jerkunica. Dirección musical: Alain Altinoglu. Dirección de escena: Romeo Castellucci. 3 de noviembre de 2023.

Romeo Castellucci, uno de los grandes nombres del teatro europeo contemporáneo, debutó en el mundo de la ópera en 2011, con un Parsifal en Bruselas, tan subyugante como inclasificable. Desde entonces, el director italiano ha sido una presencia habitual en los escenarios líricos, con producciones que se han movido entre la fascinación y el desconcierto, fruto de unas opciones estéticas y filosóficas al margen de las convenciones habituales del género operístico. Castellucci vuelve a Wagner y a La Monnaie para un proyecto ambicioso, un nuevo montaje de Der Ring des Nibelungen que el teatro belga presentará, a razón de dos títulos por temporada, entre 2023 y 2025, en una coproducción con el Gran Teatre del Liceu de Barcelona. Vista la entrega inicial, y pese a que, sobre el papel, cada parte de la Tetralogía presentará una estética diferente, el resultado global es altamente prometedor.

En el principio está el fin y la primera imagen de esta propuesta es un gran anillo girando violentamente hasta detenerse. Desde la penumbra más absoluta surge entonces el célebre preludio de Das Rheingold mientras el espectador semi-intuye los movimientos ondulantes de unas figuras femeninas. Rehuyendo casi por completo cualquier atisbo de lectura sociopolítica, Castellucci (responsable de vestuario, escenografía e iluminación) sitúa al espectador en el terreno del mito, del símbolo y la alegoría, fuente de verdades más profundas sobre el alma humana. La oscuridad primigenia de las profundidades del Rin, rota por el rayo luminoso del oro y la transgresión de Alberich, da paso al entorno blanquecino del Walhalla, un espacio repleto de estatuas y relieves de un marcado sincretismo religioso y cultural, morada de unos dioses de poder inestable, caminando inseguros sobre un mar de cuerpos semidesnudos. La irrupción de los gigantes aumenta la inestabilidad de estos seres superiores que rehúyen enfrentarse directamente a sus oponentes (los dioses de verdad no se muestran a criaturas inferiores y se esconden tras dobles). El envejecimiento y la muerte son elementos recurrentes en los montajes de Castellucci, aquí evidenciados con los ancianos que ocupan el lugar de los dioses tras el rapto de Freia (uno de los escasos recursos obvios que utiliza el director) mientras Wotan y Loge parten a la búsqueda del oro en un Nibelheim de tenebroso ambiente industrial y movimientos mecánicos.

"Cierto es que no todas las sugerencias que lanza Castellucci son claras y que la fuerza de la imagen predomina sobre la narración teatral, pero su lectura es un estímulo continuo"

El regreso al Walhalla muestra un espacio aún más depurado, con los dioses cambiando sus vestidos negros anteriores por túnicas blancas que no desentonarían en una secta. Encadenado al anillo que está a punto de perder, Alberich es cubierto de oro negro y brutalmente torturado por Wotan y Loge ante los ojos de sus lacayos. Con su túnica ennegrecida y el rostro manchado, el padre de los dioses no es tan diferente a su antagonista, y solo cede el anillo ante las admoniciones de una Erda que aparece de forma más bien anti-climática. Cierto es que no todas las sugerencias que lanza Castellucci son claras (los cocodrilos colgantes que acompañan a los gigantes en su duelo fratricida) y que la fuerza de la imagen predomina sobre la narración teatral, pero la lectura es, en conjunto, un estímulo continuo que concluye con una escena sorprendente (atención, spoiler): en lugar de ascender al Walhalla, los dioses se lanzan —¿o más bien se inmolan?– en un gran agujero negro. Solo queda Loge, comentando irónicamente la jugada, consciente del destino que les espera, mientras se aleja bailoteando.

En un contraste saludable, en este caso con un resultado más complementario que no contradictorio, la dirección musical de Alain Altinoglu poseyó toda la fuerza narrativa de la cual el teatro de Castellucci conscientemente rehúye. El titular de La Monnaie-De Munt ha afianzado en los últimos años el nivel de una orquesta que sonó compacta, atenta a la miríada de inflexiones que indicaba el director francés. Los múltiples motivos fueron expuestos con el peso sonoro necesario, las transiciones fueron resueltas con perfecta fluidez y los pasajes descriptivos, caracterizados con precisión, en un discurso que, desde un preludio generativo, delineado con máxima nitidez, avanzó de forma ineluctable hasta la brillante conclusión.

El reparto reunía cantantes que, en su mayoría, debutaban en sus respectivos papeles y que irán repitiendo en las siguientes jornadas del ciclo. El nivel global medio fue más que notable, en una partitura que exige como pocas un perfecto trabajo de equipo, lo cual no obsta a que algunas individualidades descollaran. Fue el caso de Gábor Bretz, Wotan más bajo que barítono, de fraseo de noble contención, mientras que Scott Hendricks fue un Alberich que aunó un canto incisivo con una impactante capacidad histriónica. Loge es uno de los ejes de Das Rheingold, rol que asumió sin problema Nicky Spence; su timbre lírico le aleja de las sequedades de muchos tenores de carácter y, en buena sintonía con la propuesta escénica, su fina ironía subrayaba el distanciamiento con el destino de los dioses.

Andrew Foster-Williams aportó la necesaria rudeza a Donner, en acertada contraposición al melifluo Froh de Julian Hubbard, mientras que Marie-Nicole Lemieux fue una Fricka de voz suculenta, Anett Fritsch una Freia refulgente y Nora Gubisch una Erda consistente. Impecable el Mime de Peter Hoare, mientras que Fasolt y Fafner (que el montaje hacía parecer que cantaban con una sola voz) eran encarnados por un Ante Jerkunica más contundente que un, pese a todo, correcto Wilhelm Schwinghammer. Eleonore Marguerre (Woglinde), Jelena Kordić (Wellgunde) y Christel Loetzsch (Flosshilde), un carnoso trío de hijas del Rin, cerraban el reparto junto a docenas de bailarines y figurantes de todo tipo.

Con las entradas agotadas y esperanzados aspirantes con carteles buscando en la puerta del teatro alguna localidad disponible, la nueva Tetralogía de La Monnaie-De Munt ha empezado con buen pie. Por suerte, y más importante aún, también a nivel artístico.  * Xavier CESTER, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL