Opinión
Editorial 283: Nuevas épocas, públicos, estilos y costumbres en la ópera
Abonados, precios, programas de mano, uso de móviles y vestimenta en la temporada lírica española
El inicio de una nueva temporada es el momento oportuno para reflexionar sobre los nuevos usos y costumbres del mundo operístico y de música clásica en los coliseos, auditorios y festivales españoles. Tras la pandemia los programadores líricos se lanzaron a la búsqueda de un público que de nuevo llenara espectáculos y conciertos. Por suerte, a pesar de vivir en un mundo cada vez más tecnológico y virtual, el público está volviendo apostar por la música en vivo y en directo y por las temporadas de ópera con unos índices de ocupación muy altos. Los espectadores han ido rebajando la media de edad, pero imponiendo nuevas costumbres: cada vez se abonan menos o a menos títulos, mientras aumenta el consumidor de óperas y conciertos que acude solo a lo que más le interesa, comprando las entradas a pocas semanas, días u horas antes del estreno, con lo que ello conlleva para la planificación de
las temporadas. Esto ha obligado a algunos programadores españoles a abrirse a una política de precios variable, en función de la demanda, con precios que van aumentando a medida que se acerca la fecha del espectáculo y crece en interés.
En España los coliseos más importantes mantienen una política de precios en lo más alto de las tarifas europeas. Ello se debe a que reciben menos financiación pública y por ello son los espectadores quienes pagan la diferencia, unos compradores cuya renta per cápita no es precisamente la de la media europea, por lo que la ópera, en los coliseos más importantes del país, se ofrece a precios realmente elevados.
Veamos una comparativa del precio de una entrada del inicio de la temporada en el rango más alto y más bajo (seguramente sin visibilidad) que va de 300 libras a 15 en la Royal Ballet and Opera de Londres, de 300€ a 10€ en La Scala de Milán, de 285 francos suizos (CHF) a 34 (CHF) en la Ópera de Zúrich, de 175€ a 15€ en la Opera National de Paris o de 100€ a 10€ en la Staatsoper de Berlín. En España el Teatro Real de Madrid se mueve entre los 336€ y 18€; el Liceu de Barcelona entre los 299€ y los 15€; de 291€ a 28€ en ABAO Bilbao Opera; de 150€ a 10€ en el Palau de Les Arts de Valencia, de 150€ a 30€ en el Maestranza de Sevilla o de los 50€ a los 5€ en La Zarzuela de Madrid, al estar más subvencionado.
Otra nueva práctica establecida en España desde la pandemia es la de suprimir o reducir los programas de mano. Ello supone minimizar el impacto ecológico (y económico) al limitarlos a una hoja informativa –con el reparto y un breve resumen– o eliminándolos en papel y ofreciéndolos en formato digital, gratuitamente, desde la web o mediante un código QR el propio día de la función, como es el caso, por ejemplo, del Liceu de Barcelona. Otros teatros siguen ofreciendo el programa en papel, habitualmente en un formato más reducido, que puede ser gratuito como en el Teatro Real o a un precio de 5€ como el Teatro de La Zarzuela, que apuesta por un librito muy completo, incluyendo el libreto, un estudio de la obra, del compositor o del histórico de las producciones.
En cuanto al uso y abuso de los móviles en las salas, cada vez son más recurrentes los avisos para que se pongan en silencio; el público se ha acostumbrado a hacerlo, pero siempre, entre los cientos o miles de espectadores, hay algún despistado que puede arruinar un momento de la velada. La utilización de inhibidores o de alguna otra tecnología que elimine estas incómodas interrupciones sería ideal, aunque de momento habrá que esperar ya que legalmente no están permitidas. Se han dado casos intolerables, como en Valencia, cuando a un espectador le sonó el teléfono cuatro veces durante un mismo acto. También son recurrentes las quejas por el uso de pantallas –o de linternas– durante las funciones para consultar el programa de mano –o lo que sea–, algo que debería evitarse si no se controla la luminosidad para no molestar a otros asistentes.
Sobre el tema de la vestimenta adecuada para asistir a la ópera –a raíz de la polémica que se vivió en La Scala en julio–, personalmente estoy a favor de la máxima libertad en un teatro público. Entiendo que los asistentes son libres de ir vestidos como prefieran –por supuesto, sin chanclas ni bañador–; con ello cada uno demuestra su estilo, y no creo que sea un problema que los espectadores acudan a la ópera igual a como van al teatro o al cine, a no ser que exista una norma especial de etiqueta en algún coliseo.
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