CRÍTICAS
NACIONAL
‘Roméo et Juliette’ en el Real a la ‘parisién’
Madrid
Teatro Real
Gounod: ROMÉO ET JULIETTE (1867)
Nadine Sierra, Javier Camarena, Roberto Tagliavini, Benjamin Appl, Héloïse Mas, Laurent Naouri, Maciej Kwasnikowski, Sonia Ganassi, David Lagres, Tomeu Bibiloni, Josep-Ramón Olivé. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección de escena: Thomas Jolly. Dirección musical: Carlo Rizzi. 27 de mayo de 2026.
El Romeo y la Julieta de Charles Gounod no subían al escenario del Teatro Real desde hacía más de un siglo, aunque sí que aparecieron, en unas funciones memorables, en el Teatro de La Zarzuela en 1987, con Ana María González y Alfredo Kraus; al tenor canario, precisamente, le está dedicada esta puesta en escena que recuperaba la obra maestra del repertorio francés. Como a pesar de este largo silencio sigue siendo una ópera popular, llegaba rodeada de grandes expectativas, más aún con los parabienes que había recibido la dirección escénica de Thomas Jolly en París. El estreno madrileño cumplió con lo que se esperaba, pero a su modo, con bastante más controversia de lo que se esperaba (ver previa en este enlace).
Lo menos polémico de la noche fue, como era de esperar, el reparto, de auténticas campanillas, encabezado por dos cantantes muy queridos en el Real. Nadine Sierra abrió la velada con una fulgurante “Ah! Je veux vivre”, su famosa aria–vals en la que expresa con apasionamiento su deseo, recién descubierto, de gozar de la vida: y logró casi lo imposible, que es darle una cierta inocencia a esta vertiginosa serie de adornos y roulades; Sierra tiene un timbre carnoso, en ocasiones casi oscuro, una extraordinaria facilidad para el agudo y una naturalidad maravillosa en el fraseo. Así puede abordar una Juliette consciente de aquello a lo que se enfrentaba, trágica –como una tragédienne antigua en la gran escena de la poción– y nuevamente llena de delicadeza en el dúo final.
Por su parte, el tenor mexicano Javier Camarena lució su instrumento intrínsecamente musical y su gran técnica en cuanto a los reguladores, y aunque alcanzó de sobra los agudos y los sobreagudos de su primera y conocida intervención (“Ah! Lève-toi soleil”), le faltó el brillo y el mordiente de otras ocasiones. Buena caracterización, a pesar de todo, y bien conjuntada con la Juliette de Serra, en particular en el largo y último dúo, tan exigente.
Roberto Tagliavini impuso la rotundidad y la belleza de su voz, capaz de preciosos matices líricos, como Fray Laurent, llegando incluso a salvar la escena de la boda subidos todos en una barca. Fabuloso el Stéphano de la mezzo Héloïse Mas, de voz ágil, fresca, rotunda, fácil en los agudos y llena de intención, con una preciosa interpretación de la canción del acto III. Estupendos, y con gran personalidad, el Mercutio de Benjamin Appl –aunque su excelente Balada de la Reina Mab se perdió en el maremágnum de la escena– y el Tybalt del tenor Maciej Kwasnikowski. Un poco desconcertante, en cambio, el Capulet de Laurent Naouri, de voz hermosa, pero con dificultades, quizás también por la puesta en escena, para construir su papel. Muy convincente y de gran autoridad David Lagares como el duque de Verona. Estupendos todos los demás. Mención aparte merece la aparición de la gran Sonia Ganassi en el papel de Gertrude, al que otorgó, por voz y temperamento escénico, una relevancia inusual.
La puesta en escena de Thomas Jolly, director shakesperiano, más conocido por ser el responsable de la polémica inauguración de los Juegos Olímpicos de París, hace girar todo en torno a una reproducción espectacular de la escalera de la Opéra Garnier parisina, con habilidad para situar en los huecos y los laterales los diversos escenarios de la acción. La variedad procede de una ultrasofisticada iluminación, no del todo bien calibrada, que provocó los primeros problemas al deslumbrar a una parte del público, que se quejó. Luego vino el suntuosísimo despliegue de figurantes, galas y perifollos (Julieta vestida de Kardashian y el pobre Romeo en camiseta…) que no siempre facilitan el desarrollo dramático. Una mise-en-scène muy parisién, que se habría dicho hace algunos siglos, toda en ocurrencias –como la evocación de la barca del Fantasma de la ópera–, ironías y caprichos en segundo grado. Metacaprichos, se podría decir: por ejemplo, la escena de la pócima, cantada delante de un efectista y casi fetichista telón semoviente. Los bailarines se esforzaron por salvar una coreografía de plató de televisión, sincopada y al borde de la histeria, y recibieron su dosis de protestas al final.
Fabulosos la Orquesta y el Coro Titulares del Teatro, con una estupenda intervención primera de este último. Y eso que a la dirección de Carlo Rizzi, de gran empeño dramático y fuertes contrastes, un poco desabridos, le faltó esa punta de elegancia y lirismo que requiere una obra en la que lo más importante sigue siendo el canto a la francesa. Quizás por eso recibió, algo poco habitual, una sonora protesta antes de iniciar la segunda parte. Hubo más protestas cuando aparecieron, al final, el director de escena y su equipo, bien recibidos en cambio por otra parte del público. En muchos aspectos, una velada memorable. * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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