CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Reivindicación triunfal de la obra de Weinberg
Salzburgo
Festival de Salzburgo
Weinberg: EL IDIOTA
Nueva producción
Bogdan Volkov, Ausrine Stundyte, Vladislav Sulimsky, Iurii Samoilov, Clive Bailey, Margarita Nekrasova, Xenia Puskarz Thomas. Dirección musical: Mirga Gražinytė-Tyla. Dirección de escena: Krzysztof Warlikowski. Felsenreitschule, 15 de agosto de 2024.
¿Ha llegado por fin el momento de Mieczysław Weinberg? La apuesta por parte de un festival de la potencia del de Salzburgo puede suponer un impulso importante para el reconocimiento (o, para muchos, el descubrimiento) de un compositor de quien, poco a poco, se graba más música que, a su vez, se va introduciendo en las programaciones. La elección de Markus Hinterhäuser, intendente del Festival de Salzburgo, no estaba exenta de riesgos, porque en el cartel no se encontraba la primera ópera de Weinberg, La pasajera, un título que ya ha merecido un buen número de producciones, sino la última, El idiota, que conformaba, junto a El jugador de Prokófiev un díptico de óperas inspiradas en textos de Dostoyevski.
Estrenada en 1991, aun en vida del compositor soviético de origen polaco, en una adaptación para formación de cámara, la versión originalmente prevista por Weinberg no vio la luz hasta 2013, con un escaso recorrido posterior. Es posible que un músico perdió su familia en el Holocausto mientras que él, refugiado en la URSS, tuvo que afrontar la represión estalinista, encontrara cierto grado de identificación con el protagonista de la novela, el príncipe Myshkin, un joven idealista que cree en la bondad y la belleza, y que chocará de frente con una sociedad cruel. El libreto de Alexander Medvedev condensa bien la trama aun a riesgo de forzar la credibilidad de los vaivenes emocionales de Nastasya, objeto de todos los deseos.
En todo caso, la progresión dramática del texto hacia la trágica conclusión está bien conseguida, permitiendo a la vez a Weinberg desplegar un discurso musical denso, construido sobre diversos motivos conductores y con una línea de canto en la que, a excepción de puntuales pasajes asimilables a una aria (la lírica evocación de Myshkin de su tiempo pasado en Suiza), prima la fluidez y claridad del diálogo. La rica orquestación, con amplio despliegue de percusión en momentos climáticos como el ataque epiléptico del príncipe, amplifica las emociones de los personajes. Es inevitable no citar el nombre de Shostakovich, amigo y protector de un Weinberg que, pese a habitar un universo musical cercano (por ejemplo, en las irrupciones de elementos populares), manifiesta una personalidad expresiva propia.
Salzburgo no escatimó medios para una apuesta que hubiera sido incongruente realizar a medias, y los resultados avalan la jugada, con una producción que tiene todos los números para ser el montaje estrella de la presente edición del festival. Primer artífice del éxito, Mirga Gražinytė-Tyla, buena conocedora del lenguaje de Weinberg (ha dirigido La pasejera en el Teatro Real y grabado diversas partituras del compositor) que controló en todo momento una concentrada Filarmónica de Viena en una lectura que caracterizó con trazo firme cada escena, con sabias transiciones entre elementos en apariencia disparejos, y sin rehuir ni la contundencia dramática ni el refinamiento tímbrico. La directora lituana evidenció, además, un fino olfato teatral, con la atención necesaria a las necesidades de la escena.
La interpretación de Bogdan Volkov como príncipe Myshkin fue poco menos que un prodigio. Si su timbre luminoso de tenor lírico y un fraseo exquisito, rico en detalles, subrayaban el carácter bondadoso (en absoluto bobo) del protagonista, su mirada apocada y su gestualidad tímida desembocaron en un terrorífico ataque epiléptico en la quinta escena, con unas convulsiones duras de contemplar aún sabiendo que se trataba de una representación. El arco emocional del personaje, intentando mantener a duras penas la pureza de espíritu, culminó en una escena final devastadora. Ausrine Stundyte tradujo con la convicción dramática que la caracteriza los continuos cambios de opinión de Nastasya, descubriendo, tras las capas de sarcasmo y rabia, la desesperación profunda del personaje. El instrumento tardó un tiempo en calentarse, pero en la segunda parte del espectáculo la soprano lituana ofreció momentos de pura conmoción. Vladislav Sulimsky fue un Roghozin que, con un canto de gran amplitud, evolucionó de la bonhomía inicial a la obsesión por Nastasya hasta la furia homicida, recuperando una calma inquietante en el último encuentro con Myshkin.
En la ópera, el personaje de Lebedev es un comentarista de la acción con visos de manipulación algo turbios, una caracterización que la voz franca y el canto enérgico de Iurii Samoilov asumió con entusiasmo, pese a cierto histrionismo en sus contorsiones escénicas. Clive Bayley y Margarita Nekrasova fueron el sonoro matrimonio Yepanchin, entre cuyas hijas estaba la seductora y caprichosa Aglaya, rival de Nastasya por el afecto de Myshkin. La voz jugosa y el fraseo cargado de intención de la mezzosoprano Xenia Puskarz Thomas fueron apropiados para el personaje. Pese a lo episódico de su parte, Pavol Breslik fue un Ganya ardiente en su afecto por Nastasya y humillado en su derrota ante Rogozhin. En un reparto en conjunto sin puntos débiles cabe reseñar las penetrantes intervenciones de Alexander Kravets, un Afinador de cuchillos que aparece en dos momentos decisivos.
Krzysztof Warlikowski firma uno de sus mejores montajes de los últimos tiempos, su inconfundible estilo visual y dramático en plena sintonía con la historia de Dostoyevski y la lectura de Weinberg. El decorado de Malgorzata Szczęśniak (autora también del vestuario) ocupa la parte anterior de la Felsenreitschule y, aunque recuerda pasadas escenografías, es un marco con la flexibilidad necesaria para evocar los espacios diversos por los que se mueven los personajes, incluido un vagón de tren (la iluminación de Félicien Rops también ayuda a diferenciar las escenas). Warlikowski no esconde sus cartas, la imagen inicial es la de un cartel que reza: “Nastasya. 25 años. Ella lo abandonó. Él la mató”. Con una finísima capacidad para ahondar en las contradicciones y miserias de los personajes, el director polaco mueve los hilos con gran pericia, subrayando la distancia sideral entre Myshkin (su pureza tiene la imagen paralela de teoremas matemáticos) y el resto de personajes y la creciente desazón del príncipe en una sociedad que no le entiende, ni quiere entenderlo. El uso del vídeo, pertinente en el viaje en tren inicial, alcanza su zenit en la última escena, cierre implacable del círculo dramático. Como al inicio de la ópera, el príncipe tiene frío. La imagen zenital muestra un Myshkin en shock y un sereno Roghozin en la cama, cada uno a un lado del cuerpo inerte de Nastasya. La música se disuelve en un murmullo imperceptible para una imagen acongojante que quedará grabada en la memoria. * Xavier CESTER, critico de ÓPERA ACTUAL
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