Las fuerzas antidemocráticas asaltan el Capitolio de Tito

Salzburgo

15 / 08 / 2024 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 min

mozart salzburgo La producción de 'La clemenza di Tito' de Robert Carsen © SF / Marco BORRELLI
mozart salzburgo La producción de 'La clemenza di Tito' de Robert Carsen © SF / Marco BORRELLI
mozart salzburgo Cecilia Bartoli (Sesto)y Anna Tetruashvili en 'La clemenza di Tito' © SF / Marco BORRELLI

Festival de Salzburgo

Mozart: LA CLEMENZA DI TITO

Nueva producción

Daniel Behle, Alexandra Marcellier, Cecilia Bartoli, Mélissa Petit, Anna Tetruashvili, Ildebrando d’Arcangelo. Dirección musical: Gianluca Capuano. Dirección de escena: Robert Carsen. Haus für Mozart, 13 de agosto de 2024.

La regular colaboración entre las ediciones de Pentecostés, liderada por Cecilia Bartoli, y de verano del Festival de Salzburgo se ha materializado este año en la última ópera de Mozart, la ya no más infravalorada La clemenza di Tito. La producción viene firmada por el tan veterano como prolífico Robert Carsen, de doble presencia en la ciudad del Salzach porque también suyo es el nuevo montaje de Jedermann, la pieza teatral de Hugo von Hofmannsthal que se representa delante de la catedral y que es una de las piedras fundacionales del festival.

El director canadiense plantea el título mozartiano como una reflexión sobre el poder, sus límites y qué se está dispuesto a realizar para obtenerlo. Un tema intemporal como pocos que en la época actual, de democracias en convulsión, gana mayor relevancia, no en balde la doble amenaza de la extrema derecha y del autoritarismo postdemocrático, sobre el cual advierte desde hace años el filósofo Josep Ramoneda, es bien cercana. Es lógico, por tanto, que Carsen sitúe la ópera en la Roma actual, en un espacio de marcado color gris, una sala en un edificio parlamentario o gubernamental, poblado también por políticos y funcionarios vestidos de forma anónima (Gideon Davey firma escenografía y vestuario). Director hábil como pocos, Carsen muestra con detalle los entresijos del poder, la soledad de Tito (¿demasiado benévolo y/o ingenuo?) y las maquinaciones de una Vitellia que recuerda sospechosamente a Giorgia Meloni, la ultraderechista primera ministra de Italia, para conseguir llegar a lo más alto, utilizando, entre otras armas, su encanto personal.

Si el mensaje de Carsen no era suficientemente explícito, en el asalto al Capitolio romano que cierra el primer acto se proyectan imágenes del asalto al Capitolio de Washington, en 2021, por parte de las hordas trumpistas. La clemencia es un acto inútil ante quien no tiene el más mínimo escrúpulo, y, al final, Vitellia acaba con Tito a través de su turba amotinada, subyuga con violencia al resto de personajes con la complicidad de Publio y se hace con el poder. El cáncer que puede acabar con la democracia anida en su propio interior.       

"Daniel Behle fue un Tito de timbre sedoso y canto de gran nobleza que supo asumir la complejidad de uno de los epicentros morales de la trama"

En los últimos años, Gianluca Capuano se ha convertido en el director de cabecera de Cecilia Bartoli, poniéndose al frente de Les Musiciens du Prince – Monaco, la orquesta de instrumentos antiguos fundada por la cantante (en esta ocasión colaborando con Il Canto d’Orfeo, la formación coral creada por el mismo Capuano). Su lectura de la partitura mozartiana genera multitud de epítetos, algunos contradictorios: enérgica, letárgica, detallista, brutal, sorprendente, caprichosa, apasionante y, en un balance final, irritante. Llevando la flexibilidad de tiempos a extremos exagerados, Capuano abarca desde la velocidad más vertiginosa (mejor asumida por los instrumentos que por las voces) hasta el estatismo más inmovilista (en “Deh, per questo istante solo” puso a dura prueba el fiato de Bartoli), con fluctuaciones continuas dentro de un mismo número. La sonoridad rugosa de la orquesta se presta a los acentos brutales que en ocasiones impone la batuta, lo que no es obstáculo para que se luzca una madera envolvente, con mención especial para los solos de clarinete y corno di bassetto de Francesco Spendolini. Otro tipo de mención, menos elogiosa, merece la coexistencia, no solo en los recitativos, de las intervenciones fantasiosas de un clavicémbalo y un fortepiano, la guinda que corona un pastel más vistoso que revelador.

Uno de los aciertos de Bartoli es saber dar oportunidades en sus producciones a jóvenes intérpretes, en esta ocasión con resultados desiguales. El timbre un punto ácido de Alexandra Marcellier no desentona en un personaje ambicioso como Vitellia y la soprano puso el ímpetu necesario, pero la consistencia limitada del centro y la flaqueza del grave, así como un fraseo poco variado (“Non più di fiori” pasó sin pena ni gloria), fueron en detrimento de un papel (cierto, de alta dificultad) que tiene que demostrar un dominio absoluto. Daniel Behle fue un Tito de timbre sedoso y canto de gran nobleza que supo asumir la complejidad de uno de los epicentros morales de la trama.

La actualización de Carsen conllevó convertir a Sesto y Annio en personajes femeninos (aunque las dos vestidas con pantalones), con la consiguiente obertura a relaciones homosexuales o bisexuales (Vitellia seduce a todo bicho viviente). Una decisión bien razonable que no esconde otra razón más práctica: Bartoli siempre ha sido reacia a encarnar en escena papeles en travesti y, a estas alturas de su ilustre carrera, aún más. El desgaste vocal, tan lógico como perceptible, y el refugio en tonos confidenciales no restan ni un ápice al poder de convicción de la mezzosoprano italiana. Su agilidad impecable, su dicción siempre cargada de sentido, su fraseo apto para innumerables modulaciones convirtieron las dudas agónicas de Sesto en otro de los epicentros morales de la ópera. Ildebrando D’Arcangelo fue todo un lujo para un papel de escaso lucimiento como Publio, Mélissa Petit aportó buenas dosis de dulzura vocal a Servilia y Anna Tetruashvili, pese a que en ocasiones la escritura de Annio era algo grave para sus recursos, mostró una progresión ascendente a lo largo de la representación.  * Xavier CESTER, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL

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