CRÍTICAS
NACIONAL
'La verbena de la paloma' o la esencia de lo propio
Málaga
Teatro Cervantes
Bretón: LA VERBENA DE LA PALOMA
Antoni Comas, Gerardo López, Borja Quiza, Carmen Romeu, Milagros Martín, Lara Sagastizabal, Sara Salado. Dirección de escena: Nuria Castejón. Dirección musical: José María Moreno. 27 de febrero de 2026.
El tercer título de la XXXVII Temporada Lírica del Teatro Cervantes de Málaga, reservado al género nacional, vivió este pasado viernes la première de sus tres funciones programadas con el cartel de «no hay billetes» (ver previa en este enlace). Un éxito que es resultado directo del esfuerzo que el coliseo malagueño viene realizando en su estacionalidad lírica. La obra de Tomás Bretón no solo resume una época y un tiempo pretéritos, sino que sumerge al público en las profundas raíces de una identidad común a través de un reparto que encarna los tipos del costumbrismo madrileño del siglo XIX, situados en los límites del sainete lírico que el autor supo plasmar magistralmente.
Con vestuario de Gabriela Salaverri e iluminación de Albert Faura, la dirección escénica de Nuria Castejón logró concentrar, en apenas dos horas de función, algo más que una fotografía costumbrista: una reclamación de identidad propia que nos vincula a un carácter común. En ella el público se reconoce a través de los autores que retrataron la apoteosis y el ocaso de esta forma de entretenimiento. Castejón —profunda conocedora del género— fue capaz de dar continuidad al prólogo Adiós, Apolo, firmado por Álvaro Tato, antes de abordar el título inmortal de Bretón en la que es la última producción del título del Teatro de La Zarzuela, estrenada hace dos temporadas.
Castejón mantuvo en todo momento la tensión dramática mediante un movimiento continuo entre figuración, coro y solistas; los constantes guiños al auditorio propiciaron la idea latente de teatro dentro del teatro, introduciendo al público en uno de los géneros más comprometidos como es la comedia. En este terreno, donde la exageración suele naufragar en el tópico, la propuesta mantuvo un equilibrio ideal entre los planos actoral y canoro.
Nuevamente, la Orquesta Filarmónica de Málaga, junto a su director titular, el maestro José María Moreno, brindó desde el foso una lectura por momentos chispeante y eléctrica. Si bien se percibió cierto exceso de emisión que propició la fragilidad de los concertantes, el conjunto funcionó bajo esa idea de concurrencia de recursos que Castejón concretó sin pecar de excesos, propiciando el juego actoral dentro de una escenografía ciertamente favorable. El Coro Intermezzo, al cuidado de Pablo Moras, jugó un papel destacado en la doble exigencia mencionada, aportando una concreción necesaria en el movimiento escénico ideado por la dirección. Sobresalió especialmente en la Seguidillas, uno de los momentos más esperados por el público, subrayando el tono amable que atraviesa esta pequeña joya del maestro salmantino.
Del apartado solista cabe destacar, en primer lugar, el equilibrio de voces para un elenco íntegramente nacional en el que sobresalió un talento actoral fluido y nada forzado. Este factor contribuyó decididamente a la credibilidad de la apuesta escénica, facilitando la alternancia orgánica entre el diálogo y la línea de canto. Antoni Comas —figura clave de esta producción por su flexibilidad vocal y capacidad actoral— encabezó el extenso reparto como un solvente Don Hilarión. A su lado, el barítono Borja Quiza exhibió un instrumento sólido y noble, como demostró en los dúos junto a Milagros Martín y, muy especialmente, con la Susana encarnada por Carmen Romeu. El trío de sopranos se completaba con la importante presencia de Lara Sagastizabal como una inolvidable Señá Rita. Esta coproducción también permitió el regreso a la temporada malagueña del tenor Gerardo López, quien aportó brillo, acertada proyección y un importante peso actoral. Mención aparte merece la intervención de la cantaora Sara Salado, protagonista de la escena más comprometida y plástica de la producción, localizada en el Café de Melilla.
La unanimidad del éxito de esta producción radica, en última instancia, en su capacidad para despojar al sainete de su pátina anquilosada y devolverle una vigencia con la que el público actual pueda identificarse. Más allá de la suma de talentos individuales, lo que prevaleció en las tablas del Teatro Cervantes fue la reivindicación de un género lírico hispano que trasciende el tipismo; una entrega artística que, lejos de la impostación, permitió que la obra de Bretón respirase con la naturalidad de lo cotidiano, validando una identidad cultural propia frente a los espejismos del tópico. * Alejandro FERNÁNDEZ, corresponsal en Málaga de ÓPERA ACTUAL
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